Éxito medioambiental

Un bucólico manto verde doma el monstruo del vertedero del Garraf

Quince años después de que el último camión volcara su carga, la naturaleza se abre paso sobre 26 millones de toneladas de basura

El antiguo Vall d’en Joan, hoy más bien una meseta con cumbres de 100 metros de basura, 15 años después de que fuera clausurado el vertedero.

El antiguo Vall d’en Joan, hoy más bien una meseta con cumbres de 100 metros de basura, 15 años después de que fuera clausurado el vertedero. / FERRAN NADEU

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Excursión a la Vall d’en Joan, macizo del Garraf. Conserva el calificativo de valle, pero dejó de serlo en un momento indeterminado entre 1974 y 2006, pues ahí se vertieron las basuras (en el más amplio espectro de esa palabra, o sea, sin reciclajes previos) de los barceloneses y de gran parte del vecindario metropolitano durante 32 años. Con 26 millones de toneladas no solo se puede hacer desaparecer un valle, como ha sido el caso, sino que se pueden incluso alzar cumbres de más de 100 metros de altura de inmundicias. Las hay. La excursión, sin embargo, no es un viaje al infierno, con aquí quien esto firma y quien se encarga de las fotos, Ferran Nadeu, cual Dante y Virgilio camino del inframundo tras cruzar en la barca de Caronte un río de nauseabundos lixiviados, sino todo lo contrario, es una puesta de largo, una fiesta, pues 15 años han pasado ya desde que aquel lugar renació. Quince años después de que dejaran de llegar camiones a diario a vomitar basuras, en lo que antaño fue la Vall d’en Joan las águilas perdiceras cazan conejos y las mamás jabalí pasean a su prole por un paisaje totalmente restaurado.

Una visita como esta se puede encarar desde distintas perspectivas. Hay una, antes de proseguir con el verdadero propósito de la excursión, que no se puede menospreciar sin más. Bajo ese manto de tierra y vegetación que le confiere al lugar un aspecto de ruralidad impostada hay un impermeable de 470.000 metros cuadrados, no sea que el agua de la lluvia se filtre y supure por el lugar más imprevisto fuentes tóxicas, y debajo de esa colosal capelina hay, según se mire, un poco de cada barcelonés mayor de 15 años, cientos de miles de calcetines desparejados, el esqueleto de un dominical pollos a l’ast, latas de refresco, pañales no precisamente limpios, el contenido de la bolsa del aspirador, platos rotos en un descuido o en una pelea, cáscaras de pipas salivadas…, vamos, una recopilación tan exhaustiva de basuras que, he aquí lo inquietante, poco o mucho contiene trazas de adn de quienes tiraron la bolsa al contenedor en Barcelona desde 1974 y hasta 2006, algo así como una suerte de Atapuerca contemporánea.

El propósito de la visita organizada por el Àrea Metropolitana de Barcelona, o sea, la administración que en su día aceptó el reto de poner fin a aquel monumental disparate medioambiental, no es invitar al excursionista a esas alocadas reflexiones, claro, sino mostrar como aquella gran y supurante herida geográfica ha cicatrizado por fin tras una inyección final de 32,5 millones aportados por la Agència de Residus de Catalunya y, además, más rápido de lo imaginado, pues la naturaleza ha tomado ya las riendas en aquel lugar. No ha sucedido esta vez, y es una lástima, pero semanas atrás, en una visita preparatoria de esta puesta de largo, la comitiva de técnicos y políticos fue recibida en el aparcamiento por un zorro, lo cual puede ser tomado, con manga ancha, como un bioindicador de que las cosas se han hecho bien. Los zorros han sido durante siglos los robagallinas por excelencia, es decir, han rondado los entornos rurales, y este ejemplar en concreto, que hasta se dejó fotografiar asomando el hocico entre dos coches, puede que aquí no robe gallinas, pero sí que cace conejos, que los hay en abundancia para gran alegría también de las aves rapaces, pero en honor a la verdad parece que alguna vez ha sido obsequiado con algún bocado por los vigilantes del vertedero y eso es algo que un zorro jamás olvida.

El confiado zorro del antiguo vertedero del Garraf curiosea entre dos vehículos del aparcamiento.

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No ha habido zorro en esta ocasión, pero sí que durante las pormenorizadas explicaciones que ha proporcionado Joan Miquel Trullols, directivo de la AMB al frente de este (perdón, pero es lo más adecuado para el caso) ‘marrón’, un halcón ha volado majestuosamente sobre las cabezas de los presentes. El propio Trullols ha sugerido un porqué de esa bucólica escena. La gran cubierta de tierra que corona el antiguo vertedero tiene más el aspecto de un gran campo de golf mal cuidado que no de la vegetación que es más propia del parque natural del Garraf, pinos y arbustos. Eso es así premeditadamente. En ausencia de refugios, los conejos, que ya se sabe como proliferan a la que se deja que les dominen sus instintos, son un bocado que atrae a las rapaces. Vamos, que la naturaleza se ha abierto paso con algún que otro empujón desde los despachos de la AMB.

Vista parcial del vertedero, en 2006.

/ JORDI BARRERAS

La Vall d’en Joan es hoy más bien una meseta levemente inclinada, pero también es un prodigio de la tecnología que mantiene bajo control un leviatán de 26 millones de toneladas de detritus. La ingeniería que se esconde bajo las 64 hectáreas del vertedero es, de hecho, lo crucial de aquel lugar. Por una parte está la red de canalizaciones que drenan cada día unos 200.000 litros de lixiviados, dicho más llanamente, agua inmunda. El propio peso de los residuos exprime desde hace años las montañas de basura como si fueran un limón de miasmas, un auténtico horror medioambiental que ha sido domesticado de tal modo que una planta de tratamiento separa el trigo de la cizaña y por un lado sale agua apta para el riego y, por la otra, material a tratar en una planta adecuada para ello.

El vertedero del Garraf se cubre de verde y aprovecha el biogás. / Ferran Nadeu

Aquellas aguas nauseabundas se filtraban hasta ahora por el subsuelo y ocasionalmente llegaban al mar. Cuando las autoridades de 1974 tuvieron que elegir un lugar para el vertedero seleccionaron la peor localización de todas las posibles, una montaña que por su composición geológica es un gigantesco gruyere. A partir de ahora, con el vertedero sellado, comienza una etapa de vigilancia y control y, con el tiempo, eso esperan, incluso de recuperación de la calidad de las aguas que bañan el Garraf.

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La otra filigrana tecnológica tiene que ver con la respiración de ese monstruo, esas emanaciones de biogás. A pequeña escala, lo que sucede en el Garraf a diario es lo que ocurrió hace millones de años en la Tierra y que con el tiempo dio pie a los grandes yacimientos de gas con el que hoy en día se calientan los hogares del primer mundo. Entonces, la descomposición de materia orgánica acumuló en el subsuelo bolsas gigantes de combustible. El vertedero es, desde este punto de vista, toda una lección de química que bien podría mostrarse a los estudiantes de bachillerato. El vertedero no solo exhala biogás, sino que esa respiración, una vez reconducida a una pequeña central, produjo en 2020 un total de 19.250 megawatios por hora y está previsto que este 2021 se bata la plusmarca y se alcancen a final de año los 25.000 megawatios, traducido al lenguaje de las comparaciones, el equivalente a lo que consumen unos 3.218 hogares durante un año, y, además, con energía verde.

Esta es una excursión, en resumen, que no deja indiferente y que, ya de paso, como apunta el vicepresidente de la AMB, Eloi Badia, es todo un alegato a favor del ser responsable a la hora de separar las basuras en casa. Lo orgánico, por ejemplo, jamás debería acabar en un logar como este, como sucedió durante 32, porque bajo ese manto verde con aspecto de ‘misión cumplida’ todavía ocurren cosas terribles. La materia orgánica fermenta y, entre la presión y otras causas, puede entrar en combustión. Así está sucediendo, de hecho, justo en estos instantes. Hay como mínimo una bolsa incandescente de residuos en el corazón de la Vall d’en Joan, ante la que lo único que se puede hacer es impedir que le alcancen bocanadas de oxígeno del exterior. A su manera, se puede decir que el antiguo vertedero del Garraf está vivo. ¿Hasta cuándo? No hay respuesta.