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La ventana gatuna del Masnou

Esta es una fuente de los deseos en versión felina. Una ventana a pie de calle con buzón y miradas que te desarman a lo gato de 'Shrek'

Raquel Expósito, en La ventana gatuna del Masnou. entre Matana y Fina, dos de sus cinco gatas exhibicionistas.

Raquel Expósito, en La ventana gatuna del Masnou. entre Matana y Fina, dos de sus cinco gatas exhibicionistas. / Jordi Otix

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Ana Sánchez
Ana Sánchez

Periodista

Especialista en Barcelona. Busca historias increíbles y coordina las páginas de ocio de ‘On Barcelona’.

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Fina te mira de reojo con cara de tener una agenda tan ocupada como la de Toni Cantó en la Oficina del Español. Es imposible no pararse en seco. Esta es una ventana a pie de calle con buzón, carteles dialogantes y miradas que te desarman a lo gato de Shrek. Entre las rejas, cuelga una ristra de “pegatinas gatunas” que invita a llevarse una. “Son GRATIS”, lees dos veces por si acaso mientras buscas una cámara oculta. Sí, aquí hay gato encerrado. Exactamente, cinco. 

La ventana gatuna del Masnou”. Así se ha bautizado en Instagram. Parece el escaparate de un cat café: se ve una casita de madera, césped de pega, estantes a prueba de siete vidas y cinco gatos que vienen y van con parsimonia de Garfield. Se ha convertido en una fuente de los deseos en versión felina. Hay transeúntes que hasta tiran monedas. “Pasar cada día por delante –les escriben- me alegra mucho”. Dejan cartas, dibujos, juguetes, libros, latas de comida. Disney te hace una película con menos.

Fina posa entre las últimas cartas recogidas de la ventana.

/ Jordi Otix

“Te hace creer -asegura Raquel emocionada-. Hay gente muy buena”, se le empañan los ojos. Y te enseña el puñado de cartas que han dejado esta semana en su ventana. Raquel Expósito, 41 años. “Lucky”, se lee en su antebrazo. “Porque soy afortunada”, sonríe ella. También lleva tatuada una Nikon, un felino, los labios de su hija. ¿Y esa golondrina? “Solo tienen un amor en su vida –se encoge de hombros-. Soy una Disney realista”.

Su vida haría caerse de culo a Jorge Javier Vázquez. “Soy un poco intensa”, se ríe. Hay que tomarse una biodramina para escuchar su historia. Ha vivido en EEUU, Turquía, Dubái, Italia, Croacia. Volvió a Barcelona hace 5 años. Es fotógrafa. En su vecindario la conocen como “la chica de los gatos”. Convive en la calle Pere Grau del Masnou con Sadé, su hija de 9 años, y 5 felinos.

La que se deja acariciar como un perro es Fina. Raquel la rescató de las calles de Turquía. A ella y a su sobrina, Matana. Las gatas negras son Mía y Lyli, dos hermanas que vinieron de la protectora de Cabrils. Leah es la más pequeña del clan del ventanal. Es la que te mira como Silvestre a Piolín. Maúlla con acento sevillano. Raquel la adoptó vía Facebook.

Una vecina se para a jugar con Fina en la ventana gatuna.


/ Jordi Otix

Ironías de la vida, todo empezó por curiosidad, esa que en los refranes mata a los gatos. Los de Raquel empezaron a asomarse a la ventana a cotillear y se aficionaron a tomar el fresco. Así que la dueña fue gato-aclimatando el ventanal callejero: puso casita, estantes, césped. Acabó colgando en la reja las ahora famosas pegatinas gatunas. “Pensé: ‘Voy a sembrar el amor por los gatos a todos los niños’”, recuerda. Y añadió un cartelito invitando a todos los transeúntes: “Únicamente recuerda coger solo una –se lee- y así más gente podrá obtener su pegatina gatuna”.  

Una fuente de los deseos

Un día Raquel se encontró en la ventana… ¿eso es un euro? “Esta gente es muy honrada”, se ríe al recordarlo. Y la ventana se convirtió de golpe en una fuente de los deseos

Raquel agradeció el gesto anónimo con una carta. La dejó sujeta con una pinza en la rejilla de la ventana y añadió al lado una notita y un boli colgando con hilo de pescar. “Has recogido la carta: Sí o No”, con dos cuadraditos al lado. Al día siguiente, la carta no estaba. Habían marcado el “Sí”.  

Otro día apareció Matana con pose de 'influencer' rodeada de juguetes. “De una gente que había perdido a su gatito –detalla Raquel-. Hay muchas cartas de esas. Pierden el gatito y pasan mucho por aquí porque así pueden estar en contacto con los gatos. Los pueden tocar por la rejilla”. 

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Las sorpresas empezaron a convertirse en rutina. Aparecieron en la ventana latas de comida, chuches, más monedas de euro, ilustraciones… “Esto es una pasada –pensaba Raquel cada día-. Esto lo tengo que hacer más pulidito”. Y compró un pequeño buzón donde dejar y recoger las notitas. “¡En menos de una semana os contestamos!”, prometen Raquel, Sadé y también Xavi, la pareja de la fotógrafa. Da fe el arsenal de papelería gatuna que hay desplegada en la cocina. Hasta sellan las cartas con huellas felinas de cera.

Buzón instalado en La ventana gatuna del Masnou para dejar y recoger cartas.

/ Jordi Otix

“¡Escucha!”. Desde la cocina se oyen cuchicheos de niños. “Siempre pican, siempre pican –se ríe Raquel-. Ya han cogido una pegatina”. 

La ventana gatuna ha acabado abriéndose también en Instagram (@laventanagatunadelmasnou). “Así los niños saben cuándo les hemos dejado una carta”, justifica Raquel. Lo que más “les ha flipado”, le comentan los padres, es “escribir cartas de papel”. 

Detalle de algunos dibujos felinos de las cartas.

/ Jordi Otix

Muchos de los sobres que aparecen en el buzón son del centro médico de al lado. Casualmente, portal con portal, trabaja un logopeda para niños. “Hay muchos con dislexia”, le dijeron. Desde que lo descubrió Raquel, sus cartas añaden preguntas. “Y siempre les decimos una curiosidad sobre los gatos –apunta-: ‘¿Tú sabías que los que tienen tres colores son siempre féminas?”. 

El efecto gatuno 

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“¿Y tú cómo te llamas?”. Hay quien se lo pregunta directamente a la gata que esté en la ventana. Ojo, que a veces resuena “¡Matanaaa!”. Lo ha soltado Raquel alguna vez a través de la cámara. Instaló una en la ventana por miedo a que le hicieran algo a las gatas. “Pero también para ver cómo recogía la gente las cartas”. Eso, dice, “lo paga todo”. ¿El objetivo de todo esto? “Que la gente ame a los animales”.

En su calle –Raquel saca pecho- ya han empezado a montar más ventanas gatunas. “Comunidad”, dice. “Creo que podría ser algo que lo engloba todo: esto hace comunidad”, insiste. “Al final es todo una cadena: el efecto mariposa”. Efecto gatuno, en este caso. ¿La moraleja? “La vida a veces –recalca- tiene finales Disney”.