muertes de personas sin hogar

Calzado maltrecho: la lápida de los sin nombre en Barcelona

  • La fundació Arrels recuerda a las 69 personas sin hogar que murieron en 2020 en Barcelona, 17 de ellos vivían en la calle

  • La edad media de las personas fallecidas es de 55 años, mientras que la media de la ciudad es de 82 años

El recuerdo de la fundación Arrels a las 69 personas sin hogar que han muerto en Barcelona desde octubre de 2020, esta tarde frente a la catedral de Barcelona.

El recuerdo de la fundación Arrels a las 69 personas sin hogar que han muerto en Barcelona desde octubre de 2020, esta tarde frente a la catedral de Barcelona. / Jordi Otix

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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"Tenía unos ojos verdes preciosos y una sonrisa infalible que jamás flaqueó, a pesar de toda su frustración". Así es como Josep Maria Anguera, educador de la Fundació Arrels, recuerda a Vicente Herrera, un hombre cubano que malvivió durante años en las calles de Barcelona. Murió solo el pasado diciembre en un hospital y ahora descansa en una lápida sin nombre, como las otras 68 personas sin hogar que fallecieron el último año en Barcelona. Este miércoles, la fundación Arrels ha querido recordar sus nombres, y sus historias, colocando pares de zapatos frente a la catedral de Barcelona, como si fueran las lápidas que jamás podrán tener. "Es importante que la gente sepa que esto pasa en la Barcelona del siglo XXI", insiste Anguera.

Vicente Herrera nació en Cuba en 1964. Poco antes de cumplir los 30 años, tuvo que abandonar el país. Abiertamente contrario al régimen comunista de Fidel Castro consiguió refugio en Madrid a mediados de los 90. Pero los papeles caducaron, acabó en situación irregular y malvivía en la calle. En 2006 probó suerte en Barcelona. "Lo conocí en la plaza dels Àngels, dormía con un grupo de hombres frente al Macba", recuerda Anguera. Después de ese encuentro, cada jueves Herrera se presentaba en la sede de Arrels, el único lugar donde se podía duchar, comer y conseguir ropa de abrigo. "Era todo un relaciones públicas, todos le conocían y siempre tenía una sonrisa para todos", rememora el educador.

Una vida hecha añicos

Pero vivir en la calle no es fácil. El frío, la lluvia, el miedo, la indiferencia hacen mella. "Vicente optó por la bebida, no era consciente que era alcohólico, lo hacía para no pensar", dice Anguera. Arrels le permitió entrar en un alojamiento para personas sin hogar en el Poble Sec. "Se puso tan contento el día que se lo dijimos...", recuerda Anguera. Poco a poco, la indignidad de la calle acabó afectándole psicológicamente. Un brote psicótico, que terminó con un diagnosis de esquizofrenia, acabó de cortarle las alas. "Tuvo muchos problemas de conducta, le costaba mucho integrarse y al final pasaba más horas en la calle que en el piso", explica Anguera. "La calle le rompió en pedazos", añade.

"Piensa que era una persona sin papeles, no podía acceder a ninguna prestación, a ninguna ayuda", insiste. En sus últimos años, los ánimos de Herrera iban decayendo poco a poco. "Siempre repetía que no tenía futuro, que no podría hacer nada en la vida", dice el educador. De camino a las visitas médicas, Herrera le sinceró que tenía un hijo en Cuba del que ya no sabía nada. "No quería contactar con él por vergüenza: no sabía que estaba en la calle ni sabía que decirle".

Recuperar al hijo

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A mediados de noviembre, Herrera ingresó en un hospital de Barcelona por problemas de hígado. "Fue horroroso porque apenas le podíamos ir a visitar. No tenía familia y el hospital nos lo puso muy difícil", cuenta Anguera. Fue entonces, mientras estaba en el hospital, cuando su hijo Harry descubrió al que podría ser su padre en una foto de Facebook de Arrels. "Hablaron por videollamada en el hospital, Vicente fue tan feliz de poderle decir que le quería...", recuerda Anguera. Pocos días después, a los 56 años, falleció. Anguera caminó hasta el Macba, donde dormían sus amigos, para anunciarles la trágica noticia. "No sé cómo, pero ya lo sabían, Vicente siempre estaba conectado con todo el mundo", dice con media sonrisa. Hoy, un par de zapatos blancos le recordaban en la plaza Nueva, frente a la Catedral de Barcelona. Porque los zapatos son, con toda probabilidad, la prenda que más usan y gastan las personas de la calle.

La de Vicente es una de las 69 historias de las personas sinhogar que murieron en las calles de Barcelona desde octubre del 2020. El dato lo aportan varias entidades sociales que les atendieron. De estos, 17 vivían en el asfalto. Tres de ellos murieron de frío. Entre ellos, las historias de dos jóvenes, Amine y Mohamed. Otro murió en una pelea por un navajazo. La mayoría descansan en lápidas sin nombre, pagadas por el servicio de beneficencia del Ayuntamiento de Barcelona. "El problema es que como la mayoría de ellos no tienen familiares no podemos saber de qué han muerto. Además, a muchos no les hacen ni autopsias", se queja el director de la Fundación Arrels, Ferran Busquets. Busquets insiste en que la edad media de la muerte de las personas en la calle es de 55 años, 27 menos que la media de la ciudad. "Es evidente que vivir en la calle acorta la vida", lamenta Busquets. Como cada año, la entidad les recuerda en una ceremonia en la calle. Algunas veces aparecen familiares que no conocían que los muertos en el asfalto eran sus hijos, nietos o vecinos.