La metrópoli del siglo XXII

Barcelona celebrará cada mayo una 'Mercè' de la arquitectura

La celebración de la capitalidad mundial de este oficio en 2026 irá precedida de un 'crescendo' de actividades en un momento en que la ciudad redefine su urbanismo

 La Casa de las Alturas, rarera neomudéjar de Barcelona, el pasado fin de semana, durante la celebración del exitoso Open House.

 La Casa de las Alturas, rarera neomudéjar de Barcelona, el pasado fin de semana, durante la celebración del exitoso Open House. / Manu Mitru

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Primero, unos instantes para la reflexión, por no decir directamente para la ironía. El Eixample, caídas las murallas de Barcelona, lo concibió Ildefons Cerdà como una solución higienista a la insalubridad endémica de la ciudad. Que durante los últimos 50 años ese distrito haya sido una miasma diaria de gases incompatibles con la salud subraya hasta qué punto se apartó de su propósito inicial aquel magnífico proyecto urbanístico y, de paso, invita a corregir el tiro. Por metas como esta y muchas más fue a finales del pasado julio un gran notición que Barcelona fuera elegida Capital Mundial de la Arquitectura del 2026, una cita mayúscula que comenzará a calentar motores el próximo mayo, cuando, como aperitivo, se celebrará una suerte de fiesta mayor de la arquitectura en la que, como si fuera la Mercè, habrá incluso una ciudad invitada.

La designación de Barcelona como Capital Mundial de la Arquitectura fue anunciada el 28 de julio de una forma muy extraña. La ciudad acababa de vencer a la todopoderosa Pekín en la votación final de la Unión Internacional de Arquitectos y la alegría se comunicó con un tuit y poco más. La fecha impidió descorchar la botella como corresponde, así que este lunes, en el mejor escenario posible, el pabellón Mies van der Rohe, las tres administraciones implicadas, el Ayuntamiento de Barcelona (que fue el que impulsó inicialmente la candidatura), la Generalitat y el Gobierno central, han querido subrayar su absoluta sintonía e implicación con la cita de 2026, que traerá de la mano, como es tradición, un congreso internacional de este gremio, o sea, actividad para la ciudad. Este tipo de consensos son tan escasos de un tiempo a esta parte que hasta esa podría ser la principal noticia del día.

Lo que han anunciado es que la semana dedicada a la arquitectura que cada año se celebra en mayo servirá en 2022 de cimiento de un Festival de Arquitectura de Barcelona, una iniciativa más que oportuna, imprescindible, incluso, vistas las acaloradas discusiones que está generando el rediseño en curso de la ciudad, llevado a cabo, entre otras razones, para devolver a lugares como el Eixample el propósito de entorno saludable con que fue concebido hace 17 décadas. En este sentido, no deja de llamar la atención que los pasos que está dando Barcelona en esa dirección causan en la ciudad un enojo inversamente proporcional a la admiración que provocan en otra urbes que encaran el mismo reto. Que ‘The New York Times’ titulara una crónica “Lo que Nueva York Puede aprender de las supermanzanas de Barcelona” ayuda, por ejemplo, a contextualizar.

En el acto de presentación, la alcaldesa Ada Colau ha explicado que no es tiempo ya de modelar la ciudad con alguna de las tres fuerzas motrices con las que se ha terminado por definir la Barcelona actual. Son sobradamente conocidas. Una es la celebración de un gran acontecimiento (una expo internacional , unos Juegos Olímpicos, un congreso eucarístico…), otra es coleccionar, como un niños con sus cromos, edificios de celebridades de la arquitectura (a eso se le llama aún el ‘efecto Guggenheim’) y la tercera, a su manera, más que una fuerza es un freno, consiste en resistirse al cambio, es decir, sostener que lo que hay ya está bien aunque lo nuevo pretenda mejorar la situación. Esas tres fuerzas han cincelado la Barcelona de hoy, para bien y para mal.

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Que el acto se celebrara en esa réplica perfecta de lo que un día fue el Pabellón Alemán de la Exposición Internacional de 1929, un edificio con la firma de Ludwig Mies van der Rohe, resume, paradójicamente, esa historia arquitectónica de la ciudad resumida por Colau. Se levantó con motivo de un gran acontecimiento, es probablemente el ‘cromo’ más valioso que atesora Barcelona y, sobre todo, su reconstrucción desde la nada en los años 80 es una muestra llevada al extremo de querer que la ciudad sea siempre como fue. Es, como mínimo, algo curioso.

Lo incierto ahora es el futuro, coincidieron en afirmar en el acto de presentación de la decana del Col·legi Oficial d’Arquitectes de Catalunya (COAC) y Lluís Comerón, presidente del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España. A su manera, vinieron ambos a decir, el reto que plantea el cambio climático es tan ambicioso como lo pudo ser en su día la caída de las murallas medievales y la planificación, en consecuencia, de una nueva ciudad. Pudo hacerse de modos muy distintos, como la ciudad radial que propuso Antoni Rovira Trias y que tanto gustaba a las autoridades locales. La forma de vivir Barcelona habría sido sin duda distinta. Ahora, del desarrollo de las ‘superilles’ y otros proyectos dependerá cómo se habitará la ciudad en las próximas décadas, y de eso, más que menos, se debatirá de aquí al 2026.

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