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La Capilla Sixtina de la Bonanova

Tras la singular fachada color ladrillo de la capilla en el 130 de la calle de Ganduxer, el centro cívico Pere Pruna. El edificio original, de Sagnier, ardió durante la guerra. Las Madres Reparadoras lo reconstruyeron tras ella y encargaron sus impresionante frescos al famoso pintor Pere Pruna, cuyos murales lograron salvar el edificio, finalmente municipalizado, de la piqueta

La Capilla Sixtina de la Bonanova

Zowy Voeten

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Helena López
Helena López

Redactora

Especialista en movimientos sociales y vecinales

Escribe desde Barcelona

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Que el lugar reciba su nombre no es casual. Un homenaje más que merecido. No solo porque fue su obra -y en concreto la reivindicación de esta por parte de los vecinos- la que permitió que el edificio siga en pie y no se convirtiera en un bloque de edificios más, como los del resto de los terrenos de la calle, sino porque Pere Pruna dedicó literalmente dos años de su vida a pintar estos impresionantes murales, llegando a instalar durante ese tiempo su taller en el interior del propio templo. Una iglesia hoy desacralizada a la que sus feligreses no acuden a misa, sino, cargando esterillas para hacer yoga o meditación tras extenderlas sobre el parqué de lo que en su día fuera el coro de esta singular capilla. Un taller de relajación como en cualquier otro centro cívico de la ciudad, que es lo que hoy es, aunque, en su caso, un poquito más cerca de los cielos por lo alto de sus techos.

Lo que a primera vista, desde la calle, es una iglesia granate en el 130 de la calle de Ganduxer, es desde hace más de 20 años el centro cívico Pere Pruna, equipamiento que podría ser -y es- un centro cívico más de la red de la ciudad, con su programación regular de talleres, conciertos y exposiciones, pero cuenta con una particular historia casi de película. Es literalmente, un centro cívico dentro de una capilla. Una capilla, además, con unos característicos murales de un azul intenso firmados por el célebre pintor de la época, amigo íntimo de Picasso, con quien coincidió en París. La Capilla Sixtina de la Bonanova.

Las Reparadoras de Ganduxer

Entre las usuarias más veteranas todavía se refieren al espacio como las Reparadoras, nombre de la congregación que ocupaba el espacio antes de convertirlo en un equipamiento público aconfesional, pese a su aspecto y pasado. "Todavía hay mujeres que nos explican que se casaron y las bautizaron aquí. Tenemos incluso como usuaria a la nieta del artista que hizo las vidrieras junto a Pere Pruna, siempre que pasa por aquí nos lo recuerda", señala Inma Casas, directora del centro cívico, especializado en música clásica por la característica y celestial acústica de la capilla, perfecto para ese tipo de conciertos pero bastante desaconsejable para otros. Programan estos días, del 14 de octubre al 25 de noviembre, el ciclo de Música de Cámara, que incluye desde un "viaje musical por el barroco a través del clavicémbalo" (el 12 de noviembre a las ocho de la tarde) hasta un curso a distancia sobre los grandes compositores de la música de cámara.

Las características vidrieras de la capilla del centro cívico Pere Pruna.

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Sobre el original de Sagnier

El edifico fue salvado por las pinturas de Pruna, sobra decir que originales, aunque el edificio no es el original, de Enric Sagnier i Vilavecchia (Barcelona, 1858 – 1931) celebre y prolífico arquitecto, padre de construcciones como el templo del Tibidabo o el Palau de la Justícia, sino una reconstrucción. En 1936, la capilla fue quemada durante la Guerra Civil. Una vez terminada la guerra, las Madres Reparadoras regresaron a una iglesia derruida y, junto al mecenas Ferran Rubió i Tudurí (1900-1994) encargaron la reconstrucción de la capilla y las pinturas y toda la decoración interior a Pruna, a quien Rubió i Tudurí conocía de su etapa en París.

El Pere Pruna es un lugar de contrastes por muchas cosas. Hasta el día 29 de octubre expone la exposición itinerante 'Different shades of blue', incluida en el circuito 'Temporals' del ICUB, que muestra la dureza de las políticas migratorias y el trato inhumano recibido en las fronteras por las personas que intentan migrar.  

Más de 20 años de historia

Tras catalogar las pinturas y salvar el edificio de la piqueta tras la alerta vecinal, este fue adquirido por el consistorio para convertirlo primero, en el 2000, en un espacio cultural -"los 204 metros cuadrados de la capilla la convierten en el centro expositivo más grande del distrito", reivindica su directora- y, en el 2013, con la creación de la red de centros cívicos de Barcelona, en un centro cívico más de la ciudad donde, además de la música clásica -su gran apuesta-, están especializados en historia del arte.

Característica fachada del centro cívico Pere Pruna.

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Es miércoles a primera hora de la mañana y la inmensa sala está ocupada por un grupo de alumnos de una escuela cercana. El curso pasado, con el pacto municipal para equipamientos municipales a los colegios para reabrir con la máxima seguridad durante la pandemia les cedieron el espacio para realizar una clase de educación física. Funcionó tan bien que este curso han repetido. Pese a la majestuosidad del espacio, esto es un centro cívico y está para eso, para estar al servicio de las necesidades del barrio.

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"Aunque la sala principal es muy grande somos un centro cívico pequeño. Solo tenemos dos dos salas que además están abiertas y conectadas y no podemos usarlas a la vez", concluye la directora del espléndido espacio.

La gran obra del amigo íntimo de Picasso

Pere Pruna nació en 1904 en la calle de la Palla, en el barcelonés barrio del Raval. Viajó a París donde coincidió con Picasso, quien le introdujo en los círculos artísticos e intelectuales de la capital francesa. Se hicieron tan amigos que el malagueño fue su padrino de bodas. En 1936 recibió el premio Isidre Nonell y en 1938 fue designado por Eugeni d’Ors organizador de la delegación española en la Biennal de Venecia. En 1944 trasladó su vivienda y su taller a la plaza Reial, en el Gòtic, donde logró una gran popularidad.