Debate sobre la limpieza en la ciudad

Gràcia y el difícil equilibrio entre la convivencia y el uso intensivo de la calle

Riera de Sant Miquel pasó de ser una pequeña autopista a (casi) remanso de paz, pero ahora, con menos coches, tiene más gente por todas partes. Y eso es sinónimo de más suciedad

Plan para la limpieza de Barcelona: Gràcia

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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La pacificación de la calle de la Riera de Sant Miquel se acordó en 2009, pero al ser un afluente de la Diagonal, la cosa se fue demorando por temor a cómo afectaría al lateral de la avenida. En mayo de 2013, vecinos y comerciantes reunieron más de mil firmas para reivindicar lo pactado y que esta vía dejara de ser un atajo para ir de Jardinets de Gràcia a Gal·la Placídia. Era, se acordarán los que pasaban por aquí, no digamos ya los vecinos, un sinvivir de automóviles y motos que la utilizaban para ahorrarse tres o cuatro semáforos del eje Diagonal-Via Augusta. La reforma llegó finalmente a finales de 2013, y esto ya nada tiene que ver con aquella arteria de dos carriles y aceras esmirriadas. Se modificó el sentido de circulación, se subió la calzada para crear plataforma única y se limitó la velocidad a 10 kilómetros por hora. Se quitaron un peso de encima, y un montón de coches también, pero con el tiempo aparecería otro problema: la suciedad.

Riera de Sant Miquel y su entorno están entre los 10 puntos de intervención inmediata incluidos en el plan de limpieza presentado hace unos días por el consistorio. Estamos en el distrito de Gràcia, y cualquiera habría apostado antes por las plazas más conocidas y concurridas del lugar: Diamant, Virreina, Sol, Vila de Gràcia, Raspall o Revolució. Pero no, hay mucha más vida en el barrio. Un vecino de la calle, extranjero y sin ganas de protagonismo, dice que se han quejado en repetidas ocasiones sobre la suciedad. Se ofrece incluso a mostrar los correos electrónicos enviados al consistorio.

Al de la limpieza le ves pasar arrastrando la escoba y mirando el teléfono. Siempre igual"

Asegura que el trato con el ayuntamiento "ha sido siempre impecable". No tanto -irónico, porque dependen del mismo ente público- con el personal municipal de limpieza. "Le ves pasar arrastrando la escoba y mirando el teléfono. Siempre igual". Lo que más le molesta son las cacas y la orina de perro. Un negocio cercano, cuenta, colgó un cartel advirtiendo de que las cámaras del local grababan a los canes infractores. Y a los seres humanos que van con ellos, que al fin y al cabo son los culpables de que la boñiga se quede en la acera. Lo acabaron quitando porque no servía de nada.

Zapatos abandonados junto a unos contenedores de Jardinets de Gràcia, quizás a les espera de nueva dueña

/ Elisenda Pons

La elección de Riera de Sant Miquel parece responder a una mezcla de densidad de población y distintas maneras de vivir la calle. Un portavoz del ayuntamiento señala que la Vila de Gràcia es un "barrio con un espacio limitado en el que hay que repartir multitud de usos y servicios". "Es una zona -prosigue- en la que la buena convivencia entre las personas y los distintos elementos del espacio público es muy importante". Aquí, de hecho, puesto que el plan se presentó hace ya dos semanas, ya se ha empezado a actuar. Se ha hecho lo propio, porque la intervención trasciende a la calle y alcanza a su área de influencia, en Gal·la Placidia y la zona del Mercat de la Llibertat.

"Imagen de dejadez"

"Este es un lugar con muchas escuelas (En el terreno de la Josep Maria Jujol hubo un cementerio hasta 1820, por cierto) y, por lo tanto, con una alta afluencia de gente que se suma a la propia movilidad cuotidiana: vida comercial, bares, restaurantes, oficinas...", detalla. También han detectado un "mal uso de los contenedores", lo que se traduce en abandonos de bolsas que, en un espacio tan denso, "generan una imagen de dejadez". Es curioso cómo el portavoz del ayuntamiento evita emplear la palabra 'incivismo' y recurre a la expresión, menos hiriente, de 'mal uso'. Por último, advierte de la presencia de excrementos de pájaro, detalle que no aparece durante la charla con una decena de residentes en la calle. Si, en cambio, hay rincones en la placita de Sant Miquel (no confundir con la plaza de Sant Miquel, sita junto a Sant Jaume) o en la calle del Pou de la Riera, en los el que olor a orina es a ratos intenso y tira un poco de espaldas. En localidades como Mataró ya es obligatorio, so pena de multa, lanzar agua sobre el pis de la mascota. Aquí, no.

Basura abandonada en un banco de los Jardinets de Gràcia

/ Elisenda Pons

Un veterano trabajador de la limpieza que faena por Riera de Sant Miquel dice que está harto de sacar bolsas de la basura de dentro de las papeleras, una acción, por cierto, que Girona perseguirá con policías de paisano, según ha anunciado este viernes el ayuntamiento. Está acostumbrado "a encontrar cosas impensables" por la calle y sostiene que la ciudad "está más sucia que nunca". "Está todo más guarro, pero también tengo claro que los responsables somos todos, porque el papel o el cigarro no se caen nunca solos. Hay más incivismo, quizás porque ahora hacemos más vida en la calle, no lo sé...".

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Dos trabajadores del bar Roble, uno de los míticos del lugar, en la esquina de Riera con Antúnez, se miran extrañados antes de responder. No tenían la sensación de estar trabajando en una 'zona cero' de la porquería barcelonesa. Una de ellos es vecina del barrio y se sorprende que se haya elegido este enclave y no cualquier de las plazas de Gràcia. "Como mucho te diría que las hojas de los árboles, que las sacan y al rato vuelve a estar el suelo lleno. O el tema de los perros; pero nada más", aporta su compañero, que no se queja de la suciedad pero sí de que solo les dejen poner dos mesitas en la terraza.

Sobre las doce y media del mediodía, los niños del cole que van a comer a casa salen a la calle. Tres niñas de unos ocho años, mientras sus madres hablan de sus cosas, juegan al escondite en la placita. Detrás de la fuente, del banco o tapadas por el tronco de un cinamomo. Sí, huele un poco a pis, pero no pasa muy a menudo que los niños jueguen sin miedo en una calle de Barcelona.