Un feliz aniversario

CosmoCaixa, un cuarentón interesante

El artista de Barcelona antes conocido como Museu de la Ciència cumple 40 años y sopla las velas, entre otras novedades, con una proyección en el planetario, nunca tan bien dicho, estelar

El cráneo del triceratops que CosmoCaixa adquirió en 1999, una de las joyas fósiles del museo.

El cráneo del triceratops que CosmoCaixa adquirió en 1999, una de las joyas fósiles del museo. / Zowy Voeten

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Antes de glosar los 40 años de vida, e incluso, como se verá, los nueve meses de embarazo de CosmoCaixa, una confesión por parte de quien esto escribe. El libro de estilo del diario se supone que prohíbe este tuteo con el lector, pero, perdón por ello, es irrefrenable el deseo de compartir lo que desde el pasado 9 de octubre acontece a diario en el planetario del museo de la ciencia de Barcelona. Se proyecta allí, bajo el título ‘Postales de otros mundos’, un recorrido por los distintos paisajes del sistema solar gracias a que desde 2015 se considera que han sido suficientemente cartografiados todos los planetas vecinos y sus satélites por las decenas de sondas exploratorios que han partido de la Tierra. Es, y he aquí la confesión personal, media hora intensamente emocionante. Visitar Barcelona, esa ciudad tan denostada ahora por algunos, merecería la pena aunque solo fuera por esa media hora en el espacio. CosmoCaixa, lo dicho, cumple 40 años. Es un cuarentón muy interesante.

Nació el 18 de octubre de 1981. Entonces su nombre era más ortodoxo, Museu de la Ciència. Ocupaba solo 5.600 metros cuadrados a los pies del Tibidabo, en un edificio modernista de Josep Domènech Estapà, nada que ver con los 50.000 actuales, pero fue ya desde el primer momento, como corresponde por su género, muy magnético. Fue todo un acontecimiento en la ciudad. Inspirado en el Exploratorium de San Francisco y en el Museo de la Ciencia de Toronto, en aquel primer recinto se experimentaba con las manos. Se puso fin al ‘no tocar’ tan común en los museos de todo clase y condición. Enamoró. Algunas de las piezas originales de entonces, como si fueran un gran reserva, aún se exhiben y manipulan en el actual CosmoCaixa. También ha sobrevivido de aquella primera etapa un icono, el péndulo de Foucault que da la bienvenida a los visitantes y que, ¡oh, maravilla!, en realidad no gira a pesar de que lo parece, sino que lo hace la Tierra.

Un niño, sentado en un cochecito, intuye algo familiar en esa reproducción de un humano de las cavernas en el espacio dedicado a la evolución.

/ Zowy Voeten

Lo que tal vez ha caído en el olvido ahora que CosmoCaixa cumple 40 vueltas al Sol es que el primer Museu de la Ciència tuvo un embarazo de nueve meses. Fue el tiempo que se tomaron sus primeros responsables para someterlo a un periodo de pruebas con público real, para corregir errores o para cosechar opiniones, que en el fondo es lo mismo. Más de 100.000 personas participaron en aquel ensayo. A ellas hay que agradecerles, en parte, el éxito posterior, el del primer Museu de la Ciència, por supuesto, y, también, el de su metamorfosis posterior, la de 2004, en que renació como CosmoCaixa y con unas dimensiones mastodónticas, algo muy oportuno por si algún día a la fundación de La Caixa que gestiona este y otros recinto culturales le da por comprar en una subasta el esqueleto completo de un triceratop, porque de momento solo tienen la imponente cabeza, algo excusable si se tiene en cuenta que aún no ha sido hallado en el mundo ningún puzle óseo completo de este gran cornudo del cretácico.

Unos 20 millones de personas han pasado durante estos 40 años de vida por el museo, una cifra que a los taquilleros de la Sagrada Família seguro que les parecerá menor, de acuerdo, pero una cosa es vender entradas para expiar pecados (esa es, sobre el papel, la función del templo de Antoni Gaudí) y otra mucho más audaz es relatar con rigor, no con parábolas, la historia del universo desde el ‘big bang’ hasta la actualidad.

L mastodóntica sala principal de CosmoCaixa, en la que quizá cabría entero el original Museu de la Ciència de Barcelona.

/ Zowy Voeten

El caso es que en un cuadragésimo aniversario se pueden ya rememorar suficientes momentos de la vida pasada, lo que en términos humanos es una trayectoria vital, y en este sentido puede sostenerse que el Museu de la Ciència, en especial por sus exposiciones temporales, ha estado casi siempre a la altura de las circunstancias. Antes incluso de la inauguración oficial, se organizó en su nombre una primera muestra dedicada al décimo aniversario de la llegada del hombre a la Luna, que no fue, aunque a veces se olvida, la última. Sobre el calendario, fue en diciembre de 1972 la última ocasión en que pisadas humanas dejaron huella sobre la superficie lunar y, no solo eso, sino que fue entonces la primera y única ocasión en que uno de los astronautas, Eugene Cernan, un tipo protagonista de rechiflantes momentos de la carrera espacial, hizo aquello tan propio de los terrícolas como es dejar una inscripción grabada a mano sobre la superficie del planeta. Escribió las iniciales de su hija, y ahí seguirá durante miles de años ese grafiti por la ausencia de atmósfera en el satélite. Culpa de Colau, aún será capaz de decir alguien.

Más momentos. En 1985 se exploró en el Museu de la Ciència el cerebro humano. En 1988 se brindó a los visitantes un exhaustivo repaso a la historia, causas y consecuencias de los terremotos y volcanes. Debería ser ahora desempolvada aquella muestra. Cinco veces han visitado los dinosaurios CosmoCaixa, la última, en 2017, nada menos que con un Tyrannosaurus rex de esqueleto presente.

En 1999, otro ochomil, el museo no faltó a la cita de lo que se consideró el eclipse de Sol más fascinantes del siglo XX, con permiso del en 1946 salvó a Tintín, Haddock y Tornasol de morir en una hoguera inca. Pero de aquel espectáculo de danza astronómica de hace 22 años en que el la estrella, el planeta y su satélite forman una perfecta línea recta solo fue visible en España la pedrea, así que cabe suponer que cara al 12 de agosto de 2026, próxima ocasión en que el Sol se apagará sobre nuestras cabezas, está vez, sí, de forma total sobre la península, CosmoCaixa organizará otra exposición tan memorable como oportuna.

El caso es que, como las especies, CosmoCaixa evoluciona. Ya no es aquel coquetón museo de 1981 ni tampoco el algo desnortado centro cultural que era antes de su última reforma de hace tres años. Ahora, por ejemplo, tiene entre manos construir un nuevo hogar más moderno para su gran familia de hormigas Atta, desde el punto de vista amerindio, el caviar de Suramérica (salteadas con mantequilla, sal y limón dicen que están estupendas, y también se pueden cocinar servidas en toritas de maíz), pero desde el punto de vista entomológico una maravilla si lo que se pretende es gozar del gran espectáculo de sus nidos. Son hormigas de gran tamaño y, sobre todo, cortadoras, con lo que garantizan la visión de esas procesiones de hojas verdes que parecen caminar como si fueran el bosque de Birnam.

Nikola Tesla, alrededor del año 1900, en su laboratorio de Colorado Springs, hecho un Zeus bajo los rayos de su célebre bobina.

/ Dickenson V. Alley

A finales de este mes, en ese no parar tan propio de CosmoCaixa, está prevista la inauguración de una exposición temporal sobre Nikola Tesla en la que no faltará una réplica real y en funcionamiento de su acongojante bobina. Parece que será posible incluso fotografiarse como hizo Tesla alrededor de 1900 bajo un haz de rayos, cual Zeus, sin que entrañe ningún peligro. Pero como de un aniversario se trata, nada mejor subraya la madurez de este museo cuarentón que lo elogiado al principio, ese viaje en postales al sistema solar, una producción propia de CosmoCaixa que es un aluvión de emociones. No dejen de leer aquí. Lo que viene no pueden considerarse ‘spoilers’.

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Tal vez haya leído ‘Mirando al sol’, novela de Julian Barnes. Comienza con un pilotos que sobrevuela el Canal de la Mancha durante la Segunda Guerra Mundial. Tiene ante sus ojos un deslumbrante amanecer, pero, de repente, tiene que descender 3.000 pies, así que minutos más tarde vuelve a gozar en un mismo día de un segundo amanecer. Así sucede en Mercurio cotidianamente como consecuencia de su loco orbitar. Es un espectáculo tan sorprendente como los géiseres salados de Encelado, luna de Saturno, las parsimoniosas lluvias de metano de Titán, otro de sus hermanos de órbita, o los kilométricos acantilados de Miranda, el más pequeño de los cinco principales satélites de Urano gentilmente bautizados con nombres de personajes de Shakespeare. Es este solo un breve apunte de lo que se ofrece al público en el planetario y, ya puestos, una forma estupenda de celebrar los 40 años del museo.

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