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Arai 3, decadencia y caída de Barcelona

Una intimista exposición del Pati Llimona se revela como un estupendo compendio del último siglo y medio de historia de esta ciudad

Uno de los pisos de Arai, 3, ajado por la edad, pero que conserva aún parte de la gran belleza que le distinguió de joven.

Uno de los pisos de Arai, 3, ajado por la edad, pero que conserva aún parte de la gran belleza que le distinguió de joven. / Hugo Keizer (Hugo Keizer)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Está abierta al público hasta el próximo 16 de octubre en el Pati Llimona una preciosa exposición que parecerá diminuta y que, a la que se tira del hilo, resulta ser un compendio del último siglo y medio de historia de Barcelona. Ahí es nada. ‘Arai 3’. Ese es su título. Es una dirección postal del Gòtic sur a la que este diario ya ha dedicado un par de crónicas desde que un fotógrafo y un músico, Hugo Keizer e Igor Binsbergen, respectivamente, decidieron documentar con imágenes y sonido de ambiente cómo son las entrañas de esa finca en la que vivió la crema de la sociedad barcelonesa hasta principios de los años 20 del siglo XX y que, desde entonces, ha sido escenario de una decadencia y caída que ya le hubiera gustado documentar a Edward Gibbon. La guinda es que el futuro de esta finca, que a punto estuvo de ser vendida al mejor postor por la Generalitat en junio de 2015 y en el que los contratos de alquiler se renueva mes a mes, es de una insondable incertidumbre. Como el futuro de Barcelona, vamos.

Aquí vivió Josep Vidal-Ferrer i Vidal, un apellido vinculado a los orígenes de La Caixa y emparentado con la rama de los Güell. También Antoni Maria Brusi, miembro de la saga familiar que fundó y editó el siempre veleta ‘Diario de Barcelona’ entre 1814 y 1923. Arai 3 fue también la sala de partos donde nació la colonia Nenuco de la mano del químico industrial Miquel Horta. No solo eso, sino que hasta los años 60 aquella agua perfumada con la que crecieron como mínimo una par de generaciones de niños de España se producía y envasaba en el piso principal del edificio. Todo eso y más en una misma escalera. No es, pues, un inmueble cualquiera.

Hubo, por supuesto, familias burguesas o simplemente adineradas en otras fincas del Gòtic, pero lo singular en este caso, lo que llamó tanto la atención de Binsbergen como para que telefoneara a su amigo de infancia Keizer y le invitara a visitar Barcelona, es que la arquitectura original apenas se ha alterado, salvo, eso sí, por el innegable paso del tiempo, que ha ajado su belleza original. En Arai 3 vive una familia filipina amante del karaoke, varios ancianos que suman sus pensiones para pagar los gastos de unos de los pisos y el propio Binsbergen, y lo hacen en pisos que un día fueron señoriales, alguno de más de 150 metros cuadrados de pavimento hidráulico y con techos que un día habían sido delicadamente pintados con motivos florales y ornitológicos.

La exposición la componen los retratos que Keizer hizo de los locales de los bajos y de los pisos, incluso del interior de alguno tapiado para evitar más ocupaciones y, sobre todo, de los registros sonoros cotidianos de cada apartamento, unos audios de gran valor documental, tanto que es una lástima que nos los haya de épocas pasadas de la ciudad para gozarlos. Cada uno de los vecinos, como guinda de ese retrato en alta definición de lo que es Arai 3, ha aportado a la exposición algún objeto personal de su hogar. El resultado es ese contraste citado, el de una comunidad de vecinos que habita los restos de un cataclismo, pero ¿cuál?

Lo que allí ocurrió no es ningún secreto. Los primeros seísmos sociales se registraron durante la Primera Guerra Mundial, cuando Barcelona se convirtió en refugio de familias europeas que por sus posibles se podían permitir huir de Francia, Alemania y el Imperio Austrohúngaro, pero también de mucha mala vida, droga y prostitución, que, como siempre, va ahí donde hay dinero. El Gòtic sur, por decirlo de algún modo, comenzó entonces ténuemente a ‘ravalizarse’. Con el Eixample reluciente, familias como las residentes en Arai hicieron la mudanza. Los que podían, claro. Antoni Maria Brusi, pese a su apellido, no se lo pudo permitir. La brutal quiebra del Banco de Barcelona de 1921, donde tenía sus ahorros, le dejó en una vía muerta. Jamás pudo abandonar el Gòtic sur. Fue pues testigo directo de cómo el reloj de la transformación social se aceleró tras la Guerra Civil en aquella porción de la ciudad, y más aún cuando en 1951 atracó por primera vez en el puerto de la ciudad la VI Flota.

Recuerdan ‘Arriba y abajo,’ serie mítica de la BBC que narraba las vicisitudes de la familia Bellamy (arriba) y de su amplio servicio de mayordomos, criadas y cocineras (abajo, en el semisótano), pues fincas como la de Arai y miles más de la ciudad eran la versión inversa, ya que en los principales vivían los más acomodados y en las últimas plantas los condenados a subir a pie. Abajo y arriba, sería la serie. Todo aquello lo trastocaron, por supuesto, los ascensores, pero Lluís Castañeda, cuya tía abuela Áurea fue cocinera de los Brusi en Arai, tiene una interesante relectura más de lo ocurrido.

“Fue el coche el que transformó el Gòtic sur. Quienes deseaban y podían permitirse un coche no podían tenerlo si vivían en el Gòtic sur”, dice, y menos en Arai, porque no era una de aquellas fincas con entrada para carruajes. A menudo se debate sobre cómo el coche ha transformado las ciudades a lo largo del siglo XX y cómo el reto actual es la desmotorización de las calles, pero pocas veces, como con ingenio hace Castañeda, se reflexiona sobre esos lugares que quedaron marginados por no participar en la cultura de la automoción.

Castañeda pasó su infancia en la finca. Nació en 1956. La conoció así en su época más amarga. Recuerda, por supuesto, el olor a Nenuco, pero también el aroma desagradable de la miseria. En  el que hoy es el piso de Igor, por ejemplo, dice que llegaron a vivir siete u ocho familias, en una suerte de pensión clandestina. Un día hubo allí una bronca monumental. La razón es que no había agua corriente y la que había en el depósito del tejado era exclusivamente para la cocina y el aseo. Una mujer se saltó la norma y lavó en el piso la ropa de trabajo de su marido. Tan violenta fue la discusión que la guarda intacta en la memoria. De eso hace solo medio siglo, que no es tanto.

La suerte de aquel lugar se supuso que iba a cambiar a mejor a finales de los años 80, cuando el Ayuntamiento de Barcelona, en las entonces tan de moda políticas de esponjamiento urbanístico, echó al suelo una manzana entera del barrio para crear frente a Arai una plaza que, hasta que en 1996 no fue oficialmente bautizada, fue conocida como la del Tripi, por el alucinógeno monumento que allí se instaló. Desde hace 25 años es la plaza de George Orwell, que en una de esas coincidencias en que cuesta de creer que no haya propósito de mofa, fue la primera de Barcelona en la que se instalaron cámaras de videovigilancia. Eso ocurrió en 2001, 16 años después de cuando transcurre la trama de la distopía de ‘1984’, fuente de inspiración del término orwelliano, según se mire, tal y como están las cosas hoy en día, una profecía autocumplida. Las cámaras eran un remedio, pero también un síntoma de la inseguridad galopante. Ahí siguen, más modernas, aunque nunca se puede saber si están realmente conectadas.

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El caso es que, porque la exposición del Pati Llimona es también un instrumento de protesta, la suerte de los vecinos de Arai 3 es una moneda en el aire. La quiso subastar la Generalitat en 2015 cuando creyó erróneamente que su antigua propietaria había fallecido sin testar. El precio de salida era de poco más de tres millones de euros, una ganga si se pretendía reciclarla en parte del extractivista negocio turístico de la ciudad, como hotel o como un bloque de apartamentos de alquiler por días, pero en una serie de carambolas imprevistas apareció primero un legítimo heredero, la Fundació Clínic per a la Recerca Biomèdica (FCRB) y, después, el Ayuntamiento de Barcelona aprobó su plan de contención de hoteles, de modo que la finca vale hoy cuatro veces menos que en 2015.

La mayor parte de los vecinos vive en Arai 3 con una espada de Damocles que se balancea sobre sus cabezas. La FCRB se comporta como el casero prototípico de esta ciudad. Invierte poco y mal en el mantenimiento de la finca, y los residentes nunca saben si el próximo mes serán los siguientes gentrificados de esta ciudad. Ahora digan, ¿es o no es la exposición ‘Arai 3’ un compendio del último siglo y medio de historia de esta ciudad?