Debate en la capital

Barcelona: la suciedad como síntoma de desapego

Limpieza de contenedores en el barrio del Raval, el pasado mes de julio.

Limpieza de contenedores en el barrio del Raval, el pasado mes de julio. / JOAN CORTADELLAS

  • La ciudad intenta adaptar su servicio de limpieza a los hábitos de consumo, sin esperar corresponsabilidad alguna

  • Ahora hay más chicles por los suelos, más pintadas por las paredes, más muebles por retirar y más mascotas

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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Barcelona se debe a su propia insalubridad. Sin los problemas de higiene que atenazaban a la ciudad amurallada a principios del siglo XIX, quién sabe si el devenir del municipio habría sido distinto. La suciedad y las enfermedades, con una esperanza de vida de 36 años, terminaron por derribar la piedra. Luego llegó el Eixample de Cerdà y la absorción de pueblos del entorno; pero también, como diría el Frente Popular de Judea de Monty Python, el agua corriente, el retrete, la recogida de basuras o el alcantarillado. Y así, en un salto quizás excesivo, hasta nuestros días, donde la responsabilidad ciudadana no siempre marida bien con el servicio público. La historia de las ciudades también se explica a través de la gestión de la porquería.

Barrenderos municipales, en 2007, en el barrio de Trinitat

/ DANNY CAMINAL

La tecnología y los hábitos ciudadanos han ido marcando el camino de la limpieza del espacio público. Al barrendero clásico (una figura de escoba y recogedor que todavía no se ha perdido) le siguieron las máquinas y la bendita agua a presión. Y a una vida sin apenas residuos se le fueron añadiendo todo tipo de enseres y envoltorios, muebles perecederos y nuevas necesidades que multiplicaron la aparición de sedimentos en la calle. Hasta 1985, en Barcelona existía una ordenanza que obligaba a los vecinos a limpiar su propia parcela, del mismo que los americanos hacen con la nieve acumulada frente a su porche. Pero ahora esta corresponsabilidad ni se pide ni se espera. La ciudad incorporaba los primeros camiones de baldeo que permitían substituir al hombre de la manguera, mientras que el consistorio proseguía con la reparto de contenedores iniciado en 1983 (hoy hay más de 26.000 pero la idea es que vayan desapareciendo). Ese año, señala Carlos Vázquez, director de los servicios de limpieza y gestión de residuos del Ayuntamiento de Barcelona, supuso "un salto revolucionario" en el aseo de las calles.

Todo igual. Y no

También empezaron a instalarse grandes cajas para depositar muebles. Aunque por aquel entonces faltaban 10 años para que Ikea abriera su primera tienda en Badalona. Antes, señala Vázquez, la gente solía amueblarse la casa una vez en la vida. Ahora es una locura: el cambio de armario es muchas veces casi tan literal como metafórico. Y por eso cada barrio tiene su día de sacar los pisos a las aceras. La limpieza se hacía sin hacer distingos, igual en todas partes, pero una visita de los servicios municipales convenció a Pasqual Maragall de que la equidad era un concepto que también aplicaba al cuidado de la vía pública. Y así fue como se establecieron planes de baldeo distintos en función de la necesidad de cada vecindario. Y si Ciutat Vella tenía 125 limpiadores, pasó a disponer de más de 350 a pesar de haber perdido población.

"Estudiamos las pautas de consumo para que el servicio se adapte y sea lo más cómodo posible para la ciudadanía"

Explica Sonia Frias, gerente del área de Ecología Urbana del consistorio, que se trabaja con la idea de conseguir que la vida de los ciudadanos sea "lo más cómoda posible", y eso se consigue "estudiando las pautas de consumo" que permitan mantener la ciudad lo más limpia posible. Se dieron cuenta, por ejemplo, que en determinadas zonas tenían que pasar hasta en cinco ocasiones para vaciar las papeleras. Las pusieron más grandes. Ahora, por ejemplo, también hay mucha más distribución de comida en la calle, lo que también obliga a avanzarse a la multiplicación de este tipo de residuo. Luego están los chicles (dicen que ahora hay más que antes), las pintadas (crearon hace más de 10 años una brigada destinada a borrarlas) o los efectos de los botellones (están estudiando cómo recoger de la mejor manera posible los diminutos cristales que dejan estas fiestas callejeras cuando se complican). Sin olvidarnos de las mascotas, del orden de 150.000 en nuestra ciudad (más que niños menores de 12 años), cuyo rastro sigue siendo visible tanto en los suelos como en las suelas de los más desgraciados del lugar.

Trabajadores municipales limpian la playa de la Barceloneta tras un botellón, el pasado julio

/ Jordi Otix

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La vegetación es un tema a parte. "Resulta curioso que en Olot la gente se haga fotos con las hojas caídas de los árboles y que en cambio aquí molesten", ironiza el director del servicio municipal de limpieza. Sonia cree que la preocupación sobre la limpieza es un en Barcelona, como puede serlo la falta de iluminación, las ratas, los jabalís o los olores del Fórum. En este caso, sin embargo, cree que se suma un mayor nivel de exigencia por parte de la ciudadanía. "La gente quizás está más concienciada por el uso intensivo que ha hecho del espacio inmediato a consecuencia de los confinamientos". Es decir, que al salir más cerca, nos hemos fijado más.

Puede que, como señala Vázquez, todo se deba a una percepción general sobre el estado de la ciudad. Al hecho de que los quejosos quieran, en el fondo, ahondar en otras posibles carencias de la metrópolis, como una señal de tráfico caída, un semáforo que no funciona, una calle poco iluminada o un pavimento irregular. "Ahora tenemos una mirada mucho más trasversal de la ciudad", resume. O sea, que todo lo que no gusta se resume en un "Barcelona está sucia". Puro desapego.