Cultura popular

Los ‘castells’ vuelven a Barcelona un año y medio después

  • El paseo de Gràcia acoge por la Mercè los primeros pilares desde el inicio de la pandemia, además de ‘gegants’ y ‘trabucaires’

Manu Mitru

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Toni Sust
Toni Sust

Periodista

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Falta poco para mediodía y Núria Piñol, presidenta de la colla de Sants controla la situación. Las distintas agrupaciones se disponen a levantar pilares en el paseo de Gràcia, en el tramo entre Consell de Cent y Diputació, y aunque técnicamente no suponen una empresa muy complicada, tienen un peso simbólico considerable. Son los primeros ‘castells’ que se ven en Barcelona desde la jornada del 8 de marzo de 2020, con motivo del Día de la Mujer. Menos de una semana después, la pandemia encerró a los barceloneses en sus casas. En otras localidades, la tradición ya se retomó hace unos días.

El coronavirus, entre otro millón de aspectos, paralizó también a los ‘castellers’, que apenas hace unos días han recibido permiso para volver a la actividad. En Barcelona estos pilares suponen el retorno de los ‘castellers’ a la capital catalana 18 meses después. La última vez que se erigieron en la ciudad, no sabíamos mucho del covid. Este viernes, los ‘castellers’ tienen que actuar con mascarilla, lo que no siempre es fácil.

La presidenta

La colla de Sants es de 1993. Núria Piñol, de 35 años, empezó hace “cuatro o cinco años”: “Puedes empezar a la edad que quieras”. ¿Cómo llegó a presidenta? “Supongo que por implicación, por las ganas, por la motivación”. Se la ve seria, está a punto de levantarse ese primer pilar tras más de 500 días de inactividad. “Hoy es el primer día que actuamos desde el 8 de marzo de 2020. Este viernes solo podían venir 160 personas. En total somos unas 700 personas, pero a una actuación vienen normalmente de 200 a 300. Nos permiten venir a 160 y con mascarilla. Hoy las estructuras son sencillas, pero si hacemos un ‘vuit de nou’, la gente de dentro del núcleo con una mascarilla igual se ahoga”.

Un pilar se levanta en el paseo de Gràcia, en la jornada de cultura popular de la Mercè.

/ Manu Mitru

La situación se normaliza y la semana que viene, el martes, la colla empezará los ensayos, que tampoco se han podido hacer durante la pandemia. Los hacen los martes y los viernes por la tarde. Será un regreso sucinto: “La temporada acaba en noviembre y volvemos a comenzar en febrero de 2022”. Para entonces, Piñol confía en que la normalidad se haya impuesto.

Otra Núria, Núria Barbarà, también retoma una actividad que quedó detenida por el coronavirus. Es integrante de los Gegants del Pi: “Tenemos cuatro gigantes originales, los viejos, que solo salen para fiestas muy concretas. Luego tenemos las copias, que son cuatro. Estos son copias”, señala algunos de los presentes en el paseo de Gràcia. Dice que a causa de la pandemia se ha generado un vacío, porque lo habitual es que los entusiastas del tema dediquen un tiempo considerable a esta actividad. “Normalmente, fin de semana sí, fin de semana no tenemos algo. En Barcelona o fuera de la ciudad”. Los músicos sí actúan dos veces por semanas. Esperemos volver a actuar este o”. Barbarà lleva unos 30 años en la asociación: “Es un orgullo”.

Retomar el trabuco

Armado pero no peligroso, Josep Jordà transmite entusiasmo y compromiso. Luce un trabuco y explica que la de los trabucaires es una tradición popular que consiste en “galejar”: “Es la tradición de salir con el trabuco. Galejar es salir de gala en los días de fiesta mayor. Abrimos las fiestas, que se inician con una Despertada, que puede ser con grallas o con trabucos, con las dos cosas”.

Jordà forma parte del Escamot de la Santíssima Trinitat, con base en Trinitat Vella. “Con la pandemia hemos estado dos años sin que nos hayan dejado disparar. El año pasado nos dejaron en el Moll de la Fusta, todo vallado. Es mejor aquí, más céntrico. Es un reconocimiento, porque los ‘trabucaires’ somos el patito feo de la cultura popular”. En una fiesta sin restricciones hubieran ido por la Rambla, Ferran y hasta la plaza de Sant Jaume.

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La Guardia Civil

Habitualmente, no ensayan. Actúan unas 10 veces al año. Los ‘trabucaires’ siguen un cursillo para aprender a disparar: la Guardia Civil les enseña. Ya formados, reciben un permiso. El trabuco, que cuesta unos 800 euros, lo tiene que comprar cada trabucaire, que lo guarda en su casa.