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Homenaje a la censura, patrona de la lectura

La Fira del Llibre d'Ocasió, Antic y Modern celebra su 70 aniversario con una documentadísima exposición sobre la historia de la censura desde el fin de la Inquisición hasta hoy en día

Muerto Franco y en plena época del destape, aún era necesario, cual Daniele da Volterra ’Il Braghettone, pintar burdamente ropa interior a las protagonistas de las portadas de los cómics, de 1977, el de la izquierda, y de 1984, el de la derecha.

Muerto Franco y en plena época del destape, aún era necesario, cual Daniele da Volterra ’Il Braghettone, pintar burdamente ropa interior a las protagonistas de las portadas de los cómics, de 1977, el de la izquierda, y de 1984, el de la derecha. / colección particular

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Vuelve un año más al paseo de Gràcia de Barcelona la más antigua feria del mundo del libro de segunda mano, 70 años y tan lozana aún, y que en cada edición suele venir acompañada de una exposición dedicada a alguna figura de las letras, Josep Carner, Manuel de Pedrolo, Carles Riba, Maria Aurèlia Capmany…, gente que sin duda se lo merece…, pero en esta ocasión, en lo que es un gran acierto, el gremio organizador ha optado por rendir homenaje a quien tanto ha hecho, tal vez más que nadie, por promover el saludable hábito de la lectura: la censura.

Comisariada por el historiador Albert Domènech, la exposición, por buscar una fecha, pone el punto de partida del relato en la abolición de la Inquisición en España, una fecha incierta, porque tras el primer decreto de supresión de 1808 aquella enfermiza institución renació un par de veces más hasta 1834 siempre al grito de “¡Vivan las cadenas!” por parte de la carcundia de siempre, y tiene su punto y final en la más reciente actualidad, o sea, hoy, porque, honestamente, en ocasiones parece como si la ‘ley Fraga’ de censura previa de 1966, que dio paso a la autocensura, aún estuviera vigente.

Así llegó a las librerías 'L'armonia del Parnàs', obra subida de tono de Francesc Vicent Garcia, rector de Vallfogona, con versos suprimidos por inadecuados.

/ Colección particular

Tantas son las perlas que ha conseguido reunir Domènech, a veces de la mano de indispensables coleccionistas como Albert Roqué, que bien podría decirse que la exposición es casi una joyería más del paseo de Gràcia. ¡Qué tesoros! He aquí, para empezar, un iridiscente ejemplo. Puede parecer en una primera mirada una broma de Max Aub, algo llevado al extremo del absurdo, pero es absolutamente real. Es una octavilla de 1940. Las autoridades dan un consejo, casi una orden, a los usuarios del servicio de Correos. Piden sencillamente que las cartas se envíen abiertas. ¿La razón? “Facilitar la labor de la censura”.

Parecerá un chiste, pero las autoridades tanto se enorgullecían de su labor censora en 1940 que distribuían estas octavillas entre los usuarios de Correos.

/ Colección particular

Esa es una primera reflexión a la que invita el trabajo de recopilación e investigación llevado a cabo por Domènech. La censura, desde el punto de vista del censor, no se considera algo innoble. Al contrario. Es, parece, motivo de orgullo. El fin, velar por la moral colectiva, es de un valor incalculable. Es incluso, desde esa perspectiva, un oficio de gran sacrificio personal, porque en busca de lo censurable obliga a transitar por lugares de gran suciedad espiritual y salir indemne de ese calvario. Bueno, al menos esa es la teoría. A las puertas de la Catedral de Barcelona (sea esto escrito a modo de ilustración) hay un empleado cuyo cometido es medir a ojo si las visitantes que quieren entrar en el templo muestran más muslo y escote de los cristianamente aceptables, y sería digno de estudio saber qué efecto a corto, medio y largo plazo tiene esa profesión sobre la líbido del trabajador.

Tan orgullosos estaban los censores con su muy aplicado quehacer, que hasta dejaban constancia en una revista mensual sobre sus hallazgos inquisitoriales.

/ Colección particular

Entre 1844 y 1851 (en otro ejemplo brillante de la exposición que subraya ese orgullo de ser censor) se publicó en España una revista de tirada mensual directamente titulada ‘La censura’. En ella, con gran profusión de detalles, se dejaba constancia de qué fragmentos de qué libros era mejor alejarse por su perniciosidad. Su lectura invitaba a dejar volar la imaginación, claro. Es más, la Inquisición había sido ya abolida en aquella fechas,, pero entonces, y durante varias décadas más, pervivió el llamado ‘Index Librorum Prohibitorum’, ese infierno de publicaciones inadecuadas a ojos de la Iglesia del que todo dueño de una imprenta debía tener un ejemplar para saber qué libros tenía prohibido sacar a la venta.

En 1940, solo los más osados eran capaces de copiar a máquina de escribir todo un libro prohibido por sicalíptico y acompañarlo de sus correspondientes imágenes, para su posterior venta clandestina.

/ Colección particular

A su manera, aquel índice era la mejor crítica literaria posible de lo que seguro que sería un superventas. Basta censurar un libro para incentivar su lectura. Es por eso que el ‘homenaje’ que la Fira del Llibre d’Ocasió, Antic i Modern ha decidido realizar a la censura sea, prácticamente, como ponerle un altar a su santo patrón.

‘Llibres lliures?, censura i prohibicions a la impremta catalana contemporània’ (ese es el título de la exposición) es una mirada de gran amplitud espectográfica, nada extraño a poco que se conozca a su autor, Domènech, que en octubre de 2020 ya proporcionó una buena muestra de su oficio como investigador de lo bibliográfico cuando anunció que había resuelto por fin el misterio de la autoría de las célebres caricaturas de la colección ‘Los Borbones en pelota’, un material, por supuesto, en su día también censurado. Acreditó que la mano que se ocultaba tras aquel trazo era nada menos que la de Apel·les Mestres. Con idéntica dedicación ha recopilado ahora una constelación de piezas vinculadas de uno u otro modo a la censura y, lo que es mejor, invita, sin pretenderlo, a dar la razón a William Empson (1906-1984), poeta, lector insaciable y martillo implacable del cristianismo, que en una ocasión concluyó, vista la animadversión eclesiástica a cualquier impulso que viene de serie con la naturaleza humana, que “los cristianos llevan 2.000 años adorando al diablo”.

De una jerarquía como la cristiana, que en 1456, en una decisión de escala astronómica, fue capaz de excomulgar al cometa Halley, qué puede esperarse a escala humana. En ese sentido, la exposición es rica en detalles, con libros groseramente mutilados (‘L’armonia del Parnàs’, del rector de Vallfogona, se publicó en 1703 con los fragmentos más subidos de tono totalmente en blanco), cartelería cinematográfica de los años de los años 50 en que Rita Hayworth fue pacatamente vestida porque su escote palabra de honor resultaba ofensivo y, ya puestos, hasta cromos infantiles censurados, no por su violencia, eso nunca, sino por la ligereza de algunas prendas de vestir.

Es una historia sobradamente conocida el escándalo que comportó en el mundo anglosajón la publicación de ‘El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, escrita en 1928, prohibida en el Reino Unido hasta 1960 y que a Estados Unidos entraba de contrabando. Allí, en una democracia asentada, fue a la cárcel Samuel Roth simplemente por ser el distribuidor de aquella obra. Aquel célebre caso viene al caso porque en España, con su convulsa historia, ese contrabando de literatura prohibida ha sido una constante, hasta el punto de que pone en un pedestal a quienes, como los libreros de segunda mano, desafiaron la norma. También en eso es excelente la exposición.

Las obras prohibidas destinadas al lector español se publicaban en el extranjero. Así de fácil y, a la par, así de difícil también, pues después había que burlar los controles aduaneros y, sobre todo, consumar una venta discreta en las librerías sin levantar sospechas, no solo de la autoridad, sino incluso de esas ligas ciudadanas contra la blasfemia y la pornografía y a favor de la recta moral que se constituían sin más, a veces con prohombres de apellidos ilustres entre sus filas. No daban abasto. ‘Diez años en la vida de una muger ó memorias de la señorita Anaïs…”, por ejemplo, se imprimió en 1838 en París con sicalípticas láminas ilustradas que hacían de aquella obra menor un libro muy buscado.

En 1907 llegó de contrabando ‘La dona’, versión catalanizada de una obra fuera de lugar atribuida a Espronceda, en la que lo más gracioso era el empeño de ocultar incluso los talleres de impresión, aunque estuviera en el extranjero. En este caso, la imprenta era La Espermática y el prólogo del libro corría a cargo de un tal doctor Sam Alsa, un juego de palabras que tal vez el censor, si era castellanoparlante, tardaba en descubrir y que cuando lo hacía era humillante. Doctor Se Me Empina, vendría a ser en una traducción libre.

Portada de 'La piraña divina', impresa clandestinamente en la Facultad de Ingeniería en 1975, que tanto obsesionó a las autoridades policiales que Nazario, su autor, decidió esconderse un tiempo en Marruexos.

/ Albert Domènech

La censura, como bien subraya Domènech en el excelente catálogo que acompaña a la exposición, no solo ha sido hasta la fecha de raíz religiosa. La ha habido política, por supuesto, y en el caso de Catalunya, también idiomática. De este último género los antecedentes son muchos, pero ninguno tan representativo como el que protagonizó Dionisio Ridruejo, jefe de propaganda de la Falange durante la Guerra Civil y, antes del tránsito ideológico que más maduro hizo a posiciones mucho más moderadas, un fascista indiscutible, tanto que se le atribuyen incluso un par de versos del ‘Cara al sol’. Con la caída de Barcelona en enero de 1939, hizo imprimir unos folletos para que la ciudadanía abrazara sin miedo el franquismo, pero, ¡ay!, los publicó en catalán. Fueron inmediatamente retirados de la circulación, pero Domènech ha localizado un par de ellos. Impagable.

La censura, por retomar el hilo del primer párrafo, se merece un ‘homenaje’ por tan desopilantes momentos que ha brindado, que hoy causan risa, pero entonces, angustia. Cada vez que la revista ‘Iberia’, entre 1915 y 1919, era reprendida por las ilustraciones de su portada, la respuesta de la redacción era dejar en blanco ese espacio con una única leyenda: “Censura militar”. El súmmum llegó después, cuando las autoridades censuraron también esas portadas.

Cada vez que las autoridades censuraban sus portadas, la revista 'Iberia' así lo informaba en primera página..., hasta que esa práctica ¡también fue censurada!

/ Colección particular

La septuagenaria feria del libro de Barcelona (felicidades, por cierto, por el aniversario) merece siempre una visita. Con esta exposición, más aún, ni que sea por estar cara a cara con una primera edición de ‘La piraña divina’, esa iconoclasta historieta gráfica que en 1975 Nazario imprimió y grapó de noche en la Facultad de Ingeniería con una ‘vietnamita y que, según se mire, ha hecho por la literatura ‘underground’ más de lo imaginado. Aquella publicación corrió de mano en mano hasta algún ejemplar cayó en manos de la policía y, por orden de algún alto mando, la busca y captura del autor se convirtió en una prioridad. Como en las películas, Nazario se refugió un tiempo en Marruecos a la espera de que se calmara la situación.

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El catálogo de la exposición 'Llibres lliures?'

La exposición es, por supuesto, mucho más extensa que esta crónica, y más aún el catálogo, del que, pese a todo, solo se imprimirán unos 150 ejemplares. No querrán los del gremio verlo algún día a la venta como artículo de ocasión. Conseguir un ejemplar merece la pena. Para quienes no lo consigan, he aquí la versión digital. Es una perla.