Novedad editorial

Sants ya era una fiesta en 1292

La coleccción libresca 'Catalunya desapareguda' sale al rescate de la jugosa historia fotográfica de una tradición en horas bajas por la pandemia

La calle de Santa Caterina, en 1935, aún con ornamentos vegetales, antecedente de los decorados de cartón piedra que terminarían por imponerse.

La calle de Santa Caterina, en 1935, aún con ornamentos vegetales, antecedente de los decorados de cartón piedra que terminarían por imponerse. / Arxiu Municipal Districte de Sants (Arxiu Municipal Districte de Sants)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Todo el mundo sabe quién fue Atila y apenas nadie conoce a Bleda, y no solo eran hermanos, sino que fueron reyes de los hunos al alimón. Compartieron victorias y también su única derrota en el campo de batalla, pero la gloria eterna se la lleva el primero, como Gràcia con sus fiestas, que como cada agosto se celebran como si no hubiera un mañana, es decir, una fiesta mayor de Sants días después. Al rescate de Sants, el Bleda de los barrios, ha salido este año una nueva joya editorial de Efadós, responsable de una colección que, bajo el epígrafe de ‘Catalunya desapareguda’, comienza a ser mucho más que una institución. En ‘Sants, la festa major’, Albert Torras Corbella ha reconstruido los altos y bajos de la fiesta del barrio desde la aparición de la fotografía, durante la segunda mitad del siglo XIX, hasta mediados del XX. El resultado es un relato histórico muy oportuno ahora que, por culpa de la pandemia, la fiesta se ha reducido a la mínima expresión.

El eco de lo ocurrido en Gràcia, es decir, esa loca ocurrencia de poner fin al toque de queda en pleno ecuador de la fiesta, aún resuena, tanto que el temor natural en Sants es que la procesión del santo botellón desfile esta semana por sus calles. A la espera de que no suceda lo peor, el libro de Torras tiene la gran virtud de que contextualiza lo que está en juego, una tradición que se remonta, en su versión más primigenia, a 1292. “En realidad, para que haya una fiesta mayor basta un patrón, en este caso, San Bartolomé, un cirio y que alguien celebre una misa”, dice el autor. Las ganas de bailar vienen de serie en la especie humana, así que con esos ingredientes es inevitable que termine por cristalizar una fiesta mayor ‘comme il faut’.

La calle de Vilardell, pionera a principios del siglo XX en la instalación de 'envelats' y años después, como en la foto, de atracciones de feria.

/ Arxiu Municipal del Districte de Sants

Probablemente, los primeros siglos de la fiesta los cambios de un año a otro fueron imperceptibles. Torras repesca en el libro, cómo no, la figura ineludible de Francisco Zamora (1757-1812), a quien los historiadores deben tanto. Como funcionario de la administración central, recaló en Barcelona en 1784 con un cargo oficial realmente llamativo, Alcalde del Crimen de la Audiencia Real de Catalunya, y, entre otros encargos, recibió el de radiografiar la región. Envió así unos cuestionarios a cada localidad para conocer al detalle sus características, entre ellas, sus tradiciones, y es por eso que se sabe que a finales del siglo XVIII en Sants por la mañana se celebraba una breve procesión, una misa y se escuchaba un sermón, y por la tarde, se bailaba. También se celebraba una carrera de burros, si es que respondieron seriamente a a Zamora.

El momento en que la fiesta mayor de Sants, como la de Gràcia y también la de Ciutat Vella y otras muchas más comenzaron a tener como seña de identidad la decoración de algunas de sus calles es más incierto, pero la recopilación fotográfica que ha llevado cabo Torras atestigua algo, como poco, más interesante. Al principio, las ornamentaciones eran vegetales, los ‘enramats’, una suerte de adoración pagana de la naturaleza que el catolicismo terminó por integrar en su calendario litúrgico. Las alfombras de flores que aún se confeccionan en algunos pueblos son el vestigio más notable de aquella tradición, pero lo que en Sants se hacía, como en Gràcia, era franquear los accesos a las calles con ramas y vegetación colgante.

La calle de Canalejas, que en la década de los 50 y 60 nunca dejaba indiferente, en este caso con una demoniaca entrada en 1956.

Autor desconocido

Explica en su libro el autor, porque así lo revela el examen de las fotografías, que el cambio fundamental se produjo alrededor de los años 20 del siglo pasado, cuando, tal vez por el impacto que significaron las grandes producciones de Hollywood, se abrió la meta de las decoraciones temáticas, como si en cada calle viviera un Cecil B. DeMille en potencia.

Aquello desató, si es que no les estaban ya, las sanas rivalidades entre las calles por despuntar por encima de las demás, algo que, si se toma literalmente al pie de la letra, logró como nadie la calle de Alcolea en 1945. Tras el paréntesis de la guerra civil, que redujo la fiesta a una tenue brasa bajo las cenizas, los primeros años del franquismo no supusieron, como cabría erróneamente suponer, un sopor festivo. Regresaron las decoraciones y, ese año, en 1945, los vecinos de Alcolea levantaron en mitad de la calzada una réplica del monumento a Colón de como mínimo siete pisos de altura. Fue, y aún es, el no va más. En 1952, la calle de Jocs Florals erigió una torre Eiffel, que de noche parece que era un gran espectáculo, pero no alcanzó ni por asomo la gesta anterior de Alcolea. Como cantaba Javier Krahe en su ‘hit’ 'Villatripas' (un duelo entre dos pueblos por ver quién levanta el mejor monumento), “la erección no estuvo mal, satisfizo al personal”, pero no aguantaba ni por asomo la comparación con la de Alcolea.

La comisión de fiestas de la calle de Alcolea, en 1950, con una mayoritaria presencia de mujeres en sus filas.

/ AMDS / Fonts UEC-Sants

A su manera, las fotos de cada década que Torras ha logrado rescatar para esta nueva perla editorial de Efadós son un retrato sociológico de cada momento, no solo en Sants, sino en todo el mundo. El impacto que supuso el hallazgo de la tumba KV62 en el Valle de los Reyes de Egipto en 1922, última morada de Tutankamón, reverberó durante años. En 1932 Boris Karloff se caracterizó de temible momia y en 1934, la calle de Premià de Sants se sumó a la egiptomanía con una celebradísima decoración sobre los faraones. En otras ocasiones, en cambio, la fiesta se anticipaba a lo que estaba por suceder, como en 1964, cuando la calle de Canalejas, cinco años de la fecha señalada, fantaseaba con la llegada del hombre a la Luna.

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La calle de Gayarre, en 1925.

/ AMDS / Fonts UEC-Sants

Aquella edad de oro, en una desafortunada alquimia, se convirtió en plomo en los años 70, una década extraña, creativamente excepcional tras la muerte de Franco, pero pésima para las tradiciones, que no volvieron a ser reivindicadas hasta bien entrados los 80. Esto viene al caso por la interesante conclusión final a la que Torras ha llegado tras su trabajo de investigación. Sostiene que, decoraciones, música y atracciones de feria al margen, una fiesta mayor es, sobre todo, un excelente pegamento social. Es un momento perfecto para socializar. En todos los sentidos del término. En 1842, por ejemplo, tras unos fuertes aguaceros en el Baix Llobregat, el diario ‘El Constitucional’ reseñó que “la fiesta mayor de Sants ha sido muy concurrida y brillante a pesar de la catástrofe del Llobregat, que ha impedido a muchas hermosas asistir a ella”. Y, más recientemente, Torras recuerda lo ocurrido en 2019, cuando la calle de Guadiana quiso recrear un ambiente mexicano y, con buen criterio, pidió ayuda a la comunidad de ese país residente en Barcelona, que para allá fue para ayudar en lo que hiciera falta. En una ciudad en la que una cuarta parte de la población ha nacido en el extranjero, los espacios en los que tender puentes de convivencia son aún menos de los deseables. Las fiestas vecinales, como las de Sants, lo son. Digan ahora si esta fiesta mayor se merecía o no un libro.

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