Una efeméride en fotos

La novela que salvó las fiestas de Gràcia

Hace 40 años el barrio fue un gran plató en el que se rodó 'La plaça del Diamant', que, a su manera, insufló nostalgia y vida a una fiesta mayor que incomprensiblemente languidecía

Homar y Munt, ella aún como dependienta de la pastelería, en una escena que fue rodada en la calle de Consell de Cent a falta de una localización mejor en Gràcia.

Homar y Munt, ella aún como dependienta de la pastelería, en una escena que fue rodada en la calle de Consell de Cent a falta de una localización mejor en Gràcia. / Josep Maria Contel

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Hace 40 años, Gràcia, esta semana en plena fiesta mayor, era un plató. Francesc Betriu, director con demostrada querencia por llevar al celuloide novelas inspiradoras, decidió que ya era hora de trasladar ‘La plaça del Diamant’ al cine y, por el mismo precio y con los mismo actores, a la pequeña pantalla, pues de la más célebre obra de Mercè Rodoreda se rodaron al alimón las dos versiones, una de dos horas para las salas de exhibición y otra de cuatro capítulos de 55 minutos cada uno de ellos para Televisión Española. No es insensato, visto con perspectiva, afirmar que aquellas dos obras de Betriu, interpretadas por Sílvia Munt y Lluís Homar, contribuyeron decisivamente a relanzar, o incluso salvar una fiesta mayor, que entonces amenazaba ruina.

Sílvia Munt i Mercè Rodoreda, en una preciosa foto relaizada durante una visita de la escritora al 'set' de rodaje.

/ Josep Maria Contel

Los 40 años son una efeméride que apetece celebrar ahora que por culpa de la pandemia la fiesta mayor está por segundo año consecutivo en modo supervivencia y toda ayuda siempre es merecida, pero, sobre todo porque aquel rodaje fue entonces estupendamente documentado por un fotógrafo, Josep Maria Contel, que atesora tres centenares de imágenes de aquellos tres meses ropas de época, maquillaje y claquetas que aún recuerdan los, como mínimo, cincuentones del barrio, pues fue un mayúsculo espectáculo.

Rodaje de una de las escenas que acontece durante la segunda fiesta mayor referenciada en la novela, con la calle Guilleries ambientada de antiguo Egipto.

/ Josep Maria Contel

El propio Contel ha refrescado este año en el programa de fiesta mayor algunos recuerdos de aquel junio de 1981, cuando comenzó el rodaje. Recuerda incluso la primera escena. Sílvia Munt, la Natàlia de la novela, salía de un colmado de la calle Providència a la que la protagonista iba a por salfumán con terribles propósitos, poner fin a su vida y a la de sus hijos. “Cuando durmieran, primero a uno y después al otro, les metería el embudo en la boca y les echaría el salfumán dentro, y después me lo echaría yo…”. Así era Rodoreda, inmisericorde narrativamente a pesar de su cara de bondad.

La cuestión es que hay que situar bien el momento en que Betriu decidió atreverse con esta novela del altar de la literatura catalana, en la que las fiestas de Gràcia son parte indispensable del relato entre momentos de la vida de la protagonista.

Lluís Homar, en el papel del detestable Quimet, durante la preparación de una escena.

/ Josep Maria Contel

Esta es una fiesta mayor con más de 200 años de historia a sus espaldas, pero con notables altibajos. Los años 60 fueron sin duda gloriosos. Cada año competían por subirse al cajón más alto del podio de popularidad la plaza del Diamant y la del Sol. La primera era célebre por sus espectáculos. La segunda, por sus conciertos. En 1966 se llevó la corona de laurel la del Sol, no hay discusión posible sobre ello, pues puso en escena nada menos que a Tom Jones, cantante entonces superlativo y que, según los pocos que tuvieron acceso a su minúsculo camerino, bajo el pantalón llevaba, cómo no, unos calzoncillos con estampado de piel de tigre. Aquello fue un Everest, pero los ‘ochomiles’ eran entonces habituales. Por Gràcia pasaron Rita Pavone, Raphael y Joan Manuel Serrat, por citar tres nombres. Sin embargo, a principios de los años 70 comenzó un descenso a la sima de la insignificancia. Hubo años en aquella década en que, en una suerte de cuello de botella de la extinción de las tradiciones, solo eran cinco las calles que se engalanaban para la fiesta mayor (hoy, incluso con pandemia, son 21). Los años posteriores a la muerte de Franco sumergieron Barcelona en una fuente de creatividad memorable, pero en la que lo tradicional no siempre tenía un perfecto encaje. Es en ese sentido en que puede considerarse que el rodaje, estreno y éxito de ‘La plaça del Diamant’ fue un revitalizante boca a a boca en el momento más necesario. La fiesta renació por muchos motivos, seguro, pero las dos obras de Betriu contribuyeron a su manera de forma indiscutible.

El rodaje fue todo un acontecimiento en Gràcia, al que nunca le faltó público.

/ Josep Maria Contel

Una buena prueba del nueve de ello es que cuando los organizadores de la fiesta decidieron en 1986 repescar una tradición que había caído en desuso, el pregón inaugural, no hubo debate posible, tenía que ser Sílvia Munt, que aceptó el honor.

El 'envelat', una institución en Catalunya, pero que en 1981 hubo que ir a buscarlo a Les Borges Blanques porque era un producto en extinción.

/ Josep Maria Contel

La colección de fotos de Contel sobre aquel rodaje son un Guadiana cultural que de vez en cuando emerge a la superficie en forma de exposición o revista. No es para menos, ya que, a su manera, son de paso un yacimiento arqueológico en blanco y negro de cómo llegó Gràcia a los años 80 y, después, de qué queda de aquel momento.

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Sílvia Munt, inmersa en su papel de triste Natàlia, camina por una calle de Gràcia durante el rodaje de una escena.

/ Josep Maria Contel

Una de las primeras sorpresas a la hora de buscar localizaciones en aquel ya lejano 1981 fue descubrir que no quedaba en toda la provincia de Barcelona ni un solo ‘envelat’ como marca la ortodoxia y hubo que ir a por él a Les Borges Blanques, pero también fue un chasco constatar que el tejido comercial del barrio ya había comenzado a mutar irremisiblemente. La pastelería en la que la Colometa trabaja antes de que el sietemachos de su marido la obligue a dejar el empleo fue en realidad la Confiteria Reñé de Consell de Cent, y la boda que tanto lamento le traería después se rodó en realidad, a falta de mejores lugares en Gràcia, en el Hotel España, en el corazón del Raval. El colmado de Providència, el del salfumán, si era de Gràcia, pero ya no existe. Es por eso por lo que la mirada paciente de todas y cada una de las fotos, incluso con lupa, es un delicioso placer documental por el que hay que dar las gracias a Contel. Pues eso. Gracias.