Urbanismo y memoria

Ildefons Cerdà merecía algo mejor en Barcelona

La ciudad rinde homenaje al padre del Eixample con una plaza llena de coches y sin vida que recopila todo lo que el ingeniero quiso evitar

Un vecino contempla el frontispicio por encima de la rotonda de la plaza de Cerdà

Un vecino contempla el frontispicio por encima de la rotonda de la plaza de Cerdà / Edwin Winkels

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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Un cruce de caminos. Entre Gran Via, la Ronda del Mig y el paseo de la Zona Franca. En total, una veintena de carriles de circulación nacen o mueren en esta plaza que es muchas cosas menos una plaza. Es una rotonda en toda regla. Para mayor sonrojo, está dedicada a la persona que hizo que el proyecto de ensanche de la Barcelona antigua, lo que hoy conocemos como Eixample, fuese un crisol de urbanismo y arquitectura saludable que con el paso de los años iría sufriendo una penosa perversión. La ciudad tiene más de 4.500 calles, plazas, rondas, pasajes, ramblas…; seguramente, Ildefons Cerdà merecía algo mejor.

Fue el alcalde José María Porcioles quien decidió bautizar este lugar con el nombre del polifacético ingeniero. Sucedió el 4 de noviembre de 1959, durante la celebración del centenario del concurso público organizado por el Ayuntamiento de Barcelona para planificar el crecimiento de la capital catalana una vez fueron derribadas, a partir de 1854, las murallas que atenazaban a la población, muy mermada por las plagas en un enjambre de callejuelas de salud extremadamente precaria. Las crónicas del día de la inauguración hablan de una plaza “de un diámetro de 110 metros con unos jardines de planta elíptica trazados por las vías de circulación, que la caracterizan y embellecen”.

La plaza de Cerdà, muchas décadas atrás, en la época dorada de la Seat en la Zona Franca

/ César Ortiz Echague / Rafael Echaide

En el lugar se instaló un cuadrado de hierro y unos bloques de hormigón en homenaje a la obra de Cerdà que hoy deben acumular polvo en algún depósito municipal. La composición era un breviario de “los conceptos básicos del urbanismo moderno”. “Barcelona quiere saldar hoy una vieja deuda que tenía contraída con el ilustre autor del plan de ensanche de la ciudad”, rezaba Porcioles en su discurso de apertura. Justificaba el emplazamiento asegurando que este enclave es “pórtico y paso de aquel ensanche que concibió con tan amplia visión”. Es una interpretación muy libre, porque el plano que dibujó Cerdà tiene como límite otra plaza que queda más para acá y que también es una rotonda, la de Espanya. Después del alcalde habló el director general de Carreteras, don Pedro Ormaechea, toda una premonición del futuro que aguardaba al lugar, en una época en la que el Seat 600 ya era el sueño de cualquier hogar. Al cabo de los años, a finales de los 90, la plaza fue renovada con una pátina peatonal que para nada humanizó el entorno. 

Remanso de coches

Volvamos al presente. La plaza de Cerdà carece de placa de mármol que indique el nombre del lugar. Las únicas señales que orientan son las viales, las que informan de que por ahí se va a la plaza de Europa (otro curioso homenaje…) y por allá, a la Gran Via. Es decir, se orienta a los automóviles, pero para nada se allana la vida de peatones o ciclistas, que aquí son tan bienvenidos como mal tratados. Una bofetada al plan Cerdà, que obviamente no contemplaba a los coches que aún estaban por inventarse pero sí tenía claro que los nuevos barrios debían ser un remanso de paz, con zonas ajardinadas en el interior de las manzanas, con los bloques estratégicamente situados en función del sol, con el agua de la lluvia recogida por conductos soterrados.

La lápida de Ildefons Cerdà en el cementerio de Montjuïc, que reproduce un pedazo del Eixample barcelonés.

/ El Periódico

La forma redonda de la plaza es otro buen sopapo a Cerdà, que soñaba con cuadrados, rectángulos y formas octogonales, pero no en círculos. También lo es el tratamiento que recibe por parte del nomenclátor, el diccionario de calles de Barcelona. La descripción que aporta el ‘site’ municipal es la siguiente: “Ildefons Cerdà i Sunyer (Centelles, 1815 – Santander, 1876). Ingeniero, urbanista y político”. Ni una sola mención al Eixample. Es como si París dijera del hombre que urbanizó la capital francesa, Georges-Eugène Haussman, que era funcionario, diputado y senador. Sorprende todavía más al comprobar que personajes del ramo seguramente no tan conocidos, como el arquitecto Joan Martorell i Montells, sí disponen de una de una glosa sobre su legado mucho más elaborada. Algo más de sentimiento destila su lápida en el cementerio de Montjuïc, con una reproducción del Eixample.

"Un despropósito"

Oriol Altisench, decano del Col·legi d’Enginyers de Camins, Canals i Ports de Catalunya comparte la opinión de que su colega de profesión sufre un incomprensible ninguneo en Barcelona. “Es un despropósito”, resume. Más allá de explicar las razones por las cuales la capital catalana le debe mucho a Cerdà -“parametriza y alcanza decisiones científicas vinculadas al urbanismo y a la salud de las personas; era el Lincoln catalán”, sintetiza- considera que el lugar ideal para rendirle homenaje es la nueva plaza de las Glòries, lugar en plena transformación, la enésima, y rincón que estaba destinado a funcionar, según el plan Cerdà, como centro neurálgico de la ciudad. Es una idea que ya se había valorado en el pasado. “Lo que no tiene ningún sentido -prosigue- es que lo único que recuerda su figura en Barcelona sea una plaza que representa todo lo contrario a lo que él defendía”. Explica que años atrás, desde el colegio, se preguntó a buena parte del espectro municipal sobre esta cuestión. Al parecer, todos estuvieron de acuerdo en que algo había que hacer. Pero ahí quedó la cosa.

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/ El Periódico

Por si todo esto fuera poco, resulta que en Gràcia hay una plaza dedicada a Antoni Rovira i Trias, la persona que ganó el concurso público para ensanchar la ciudad pero que se quedó sin el proyecto porque Madrid impuso la idea de Cerdà. En aquellos tiempos, por cierto, el padre del Eixample tuvo detractores poderosos, como los arquitectos Puig i Cadafalch y Domènech i Muntaner. El perdedor planteó un crecimiento radial, inspirado en el modelo de París. Cerdà, en cambio, dibujó la retícula. El caso es que Rovira i Trias dispone de un espacio maravilloso en uno de los barrios más vivos de la ciudad, donde además tiene una escultura muy apreciada en el vecindario, mientras que Cerdà tiene que apañarse con una rotonda en las afueras.