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El mamut de Pedralbes hace las maletas

El Museu Martorell, decano de Barcelona, empaca las 600.000 piezas de su colección para llevar a cabo una mudanza sin igual en la historia reciente de la ciudad

El mamut de Pedralbes hace las maletas

LAURA GUERRERO

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Uno. El mamut que en 1922 asomó su pétrea mandíbula cuando se excavó un pozo en la avenida de Pearson de Barcelona. Detrás aparecieron dos tibias, dos fémures y algunas vértebras.

Dos. La rana que apareció en el yacimiento cretácico de Vilanova de Meià (Noguera) y que le quitó el sueño a los anfibiólogos de medio mundo porque era de un tiempo en que se suponía que este tipo de batracios aún no habían nacido. La ‘Montsechobatrachus gaudryi’, así la bautizaron sus descubridores, existió 100 millones de años de lo que hasta entonces se suponía.

Tres. Del mismo yacimiento, el pico de un ave con dientes, especie, según se mire, afortunadamente extinta.

Cuatro. Una de las dos rocas que en 1972 aparecieron durante las obras del túnel de la Rovira y que en un primer momento de gran alborozo se supuso equivocadamente que eran un par de meteoritos del tamaño de una calabaza de Halloween.

Cinco. Una colección de sales de las minas de Cardona que, de tan hermosas y escultóricas que son, hasta les construyeron un mueble expositor en 1921, como si fueran las joyas de la corona del cuaternario.

Seis. Una galenita no más grande que un melón piel de sapo que solo se puede levantar de su pedestal con cuatro brazos bien forzudos.

Siete. Un estuche fechado en 1883 que contiene la réplica de los 15 diamantes más famosos del mundo, entre ellos, por ejemplo, el evocador de grandes aventuras palaciegas Gran Mogol.

Ocho. Rocas ígneas de todo tipo, igualitas a las que llevaba en un maletín Ryan O’Neal en la desternillante ‘¿Qué me pasa doctor?’, película dirigida por Peter Bogdanovich y que protagonizaba junto a Barbra Streissand.

Y la lista podría seguir hasta llegar, que se dice pronto, a las 600.000 piezas, de ellas, sobre todo, fósiles, unos 520.000. El Museu Martorell está en plena mudanza. Más bien dicho, en una gigantesca y casi tectónica mudanza. La noticia, eso dicen, es que se va a reformar para renacer con un aspecto más lozano y nuevos usos científicos en 2023, pero lo cierto es que una mudanza de estas dimensiones, en la que un equipo de 25 personas trabaja desde hace meses etiquetando cajas meticulosamente cerradas, ya es, por si sola, toda una historia.

Traslado de piezas ya empaquetadas en una de las dos alas de la sede del museo.

/ LAURA GUERRERO

El Museu Martorell, a sus 139 años de vida, necesita incluso una presentación. Es todavía un gran desconocido, y eso que fue el primer museo de la ciudad. No los había antes de 1882, año en que se inauguró. Antes de esa fecha, cuando en otras ciudades europeas se habían fundado ya museos pictóricos o, lo que viene más al caso, museos dedicados a mostrar todo el nuevo saber científico que trajo consigo el siglo XIX, en Barcelona se echaba mano aún, que no es poca cosa, de los gabinetes de curiosidades, protomuseos como el que la familia de farmacéuticos Salvador tenía en la trastienda de la calle Ample. Fue a partir de la donación que Francesc Martorell (1822-1872) hizo a la ciudad que se decidió construir en el parque de la Ciutadella un edificio para exhibir el legado de aquel hombre que, además de comerciante y mecenas, era un coleccionista insaciable, de antigüedades, monedas, fósiles y, lo cual no deja de ser curioso, moluscos de todo tipo.

La fachada principal del Museu Martorell, un sota, caballo y rey de la arquitectura neoclásica a cargo de Antoni Rovira.

/ LAURA GUERRERO

Del proyecto se encargó Antoni Rovira Trias, un hombre que ha sido para la arquitectura y el urbanismo de Barcelona lo que Michael Collins fue para la conquista de la Luna. Collins fue el pobre piloto que se quedó orbitando en el módulo mientras Armstrong y Aldrin daban su célebre y minúsculo paseo por el Mar de la Tranquilidad y Trias fue el arquitecto que ganó el concurso que iba a dar forma al Eixample hasta que por orden gubernamental se impuso el diseño de Ildefons Cerdà. Varias plazas de Gràcia y un par de mercados mercados municipales de la ciudad llevan su firma y, también, el Museu Martorell, pequeño pero resultón, no muy grande, de poco más de 1.100 metros cuadrados de superficie, pero que fueron suficientes para sembrar la red de museos científicos de Barcelona, que se creció después con el de zoología, en el Castell dels Tres Dragons, y el Botànic, en Montjuïc.

Las tareas de clasificación y empaquetado se llevan a cabo en los pasillos del museo al mismo tiempo que se trasladas ya las cajas.

/ LAURA GUERRERO

La mudanza no llevará la colección muy lejos. La mayor parte de las 600.000 piezas se trasladarán al edificio antes citado, el Castell dels Tres Dragons, que se empleará temporalmente como almacén. El objetivo es que a partir de octubre se puedan iniciar las obras de rehabilitación y modernización del edificio, que renacerá en 2023 como un lugar de consulta científica, en una de sus dos alas, y como un espacio de exhibición en la otra, en la que se mostrará la evolución de la museología, desde los gabinetes de curiosidades hasta la actualidad.

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Uno de los detalles más significativos del proyecto previsto es que se abrirá la puerta posterior del edificio, que da al paseo de Picasso. Parece una nimiedad, pero es importante. La reforma del Museu Martorell forma parte de un eternamente pospuesto plan general de recuperación de la arquitectura del parque de la Ciutadella, que comenzó primero con la restauración del anciano Institut Verdaguer (otra joya desconocida) y que sigue ahora con el Museu Martorell, que a su manera pasará a ser una nueva puerta de acceso al parque. Anna Omedes, directora del Museu de Ciències Naturals de Barcelona, del que el Martorell es una de las patas, confía en que cuando finalicen las obras se pueda presentar ya en público el proyecto de reforma del Castell dels Tres Dragons, lo cual dará pie, seguro, a otra mudanza de aúpa. Entonces tendrá que empaquetarse, solo por poner un ejemplo, el leopardo disecado que uno se encontraba cara a cara en un pequeño recibidor cuando se iba de visita al antiguo despacho de Omedes, lo cual (y habrá que confiar en que no se ofenda) le daba un cierto aire de Sheena de las ciencias naturales.

Hasta entonces, lo que prosigue con paciencia infinita es el empaquetado competo de la colección del Museu Martorell. Todo el saber que ahí se acumula tiene un valor incalculable, no solo económico, pues hay rocas por las que se pagaría hasta medio millón de euros en una subasta, sino también científico. En alguna de las cajas, quién sabe, a lo mejor está un ejemplar de ese huesecillo del iguanodón que durante años volvió tarumbas a los paleontólogos. Imaginaron que era un cuernecillo, así que algunos dibujaron aquel herbívoro como una suerte de unicornio del cretácico y otros, igual de equivocados, como un antepasado del rinoceronte. El error se descubrió mucho tiempo más tarde. Era un dedo pulgar de millones de años antes de que los humanos tuvieran el suyo. Una mudanza bien hecha, queda claro, es realmente muy importante.