Medio ambiente

Alerta máxima en Collserola, un polvorín en plena sequía

La ausencia de lluvia, la mitad que la registrada en los últimos 25 años, mantiene el parque natural en una situación muy delicada

El incendio que se registró el pasado 26 de abril bajo Sant Pere Màrtir, en la ladera de Barcelona

El incendio que se registró el pasado 26 de abril bajo Sant Pere Màrtir, en la ladera de Barcelona / Manu Mitru

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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Jordi Piera se recuerda llorando de impotencia ante el avance de las llamas en la ladera norte de Collserola. Era el 11 de agosto de 1994, en un año de incendios nefastos en Catalunya. Semanas atrás habían ardido cerca de 50.000 hectáreas en el Bages y en el Berguedà, en un verano en el que llegaron a declararse 60 fuegos, 12 de ellos de grandes dimensiones. Entre los de menor volumen estaba el que afectó al pulmón metropolitano, que en aquellos 12 meses perdió un total de 254 hectáreas. En el del 11 de agosto se perdieron 150 hectáreas que tardaron mucho en ser atajadas porque la mayoría de efectivos estaban en el Montseny y en la Selva, donde dos incendios se habían unido arrasando otras 9.000 hectáreas. Recuerdos tristes, los de este guarda forestal, el más veterano del parque natural barcelonés. Imágenes que le vienen a la memoria al observar el precario estado de los pinos, secos por debajo de la copa, verdes en la altura; señal inequívoca de sequía. "Estamos en alerta máxima", dice.

Labores de extinción del incendio registrado en Roquetes, el 9 de junio de este año

/ Jordi Otix

Jordi se presta para dar una vuelta para comprobar cómo está la montaña. Desde el collado de la Vinyassa, junto a Vallvidrera, se adentra en una pista que lleva hacia el Turó d'en Cors, a medio camino entre la torre de Collserola y Sant Pere Màrtir, donde hay otra torre de comunicaciones -roja y blanca, en este caso e instalada en los años 70- que queda encima de la plaza de Mireia, en el extremo más occidental de la carretera de las Aigües. Detiene el vehículo y anda hacia la ladera de Barcelona. "Estamos en uno de los años más secos de las últimas décadas, sin duda. Desde enero se han quemado 16 hectáreas, más que la suma de los últimos 10 años. Fíjate en la vegetación, apenas ha podido crecer, y eso crea un manto muy peligroso y combustible".

Brotes verdes

Se detiene junto a un pino blanco y señala las ramas que quedan en la parte inferior, de un color marrón de poca vida. Están así, cuenta, porque el árbol, como cualquier otro ser vivo, está intentando sobrevivir ante una situación de falta continuada de agua. La energía que logra captar la concentra en la la parte superior, que mantiene el verde gracias a los nuevos brotes que saca adelante pese a las circunstancias y a expensas de sus partes más viejas. La lluvia recogida tanto en el observatorio Fabra como en el centro de información del parque natural de Collserola demuestra el alcance de la tragedia. En la segunda estación, entre el 1 de enero y el 30 de junio se recogieron 131,8 litros por metro cuadrado, cuando la media desde 1997, a 30 de junio, es de 261,1. Es decir, la mitad. La de este año es la segunda cifra más baja de los últimos 25 años, solo superada por la estadística de 2005. Si se compara con el 2020, año en el que pasó el temporal Glòria y en abril llovió como si no hubiera un mañana, la cosa es mucho más sangrante: fueron 529 litros por metro cuadrados, 3,5 veces más que en estos seis primeros meses de 2021.

El paseo con Jordi se realizó el jueves 8 de julio. Un aviso de incendio en la cementera Molins estuvo a punto de alterar los planes. Pero no, era una falsa alarma. Al día siguiente, sin embargo, en la carretera de Sarrià a Vallvidrera sí se registró un fuego que obligó a movilizar nueve dotaciones de Bomberos de Barcelona. Un nuevo susto para Collserola.

Aquí en el pulmón de la capital catalana, y dejando a un lado el de 1994, las llamas suelen avanzar poco "porque los Administraciones están por la labor y actúan con rapidez cuando salta la advertencia". Es decir, los efectivos llegan con celeridad. No es lo que sucedió ese 11 de agosto, porque los apagafuegos estaban repartidos por otros puntos de la geografía catalana. El primer camión en alcanzar la zona afectada, recuerda Jordi, vino desde Manresa. Tal era la sensación de ninguneo, que los responsables del parque tuvieron que alquilar un helicóptero para enseñarle al jefe de zona de bomberos que se estaban quemando casas y era necesario tomar cartas en el asunto. Efectivamente: tal y como recoge la memoria de gestión de 1994, seis viviendas quedaron destruidas.

Efectivos aéreos, durante las tareas de extinción del fuego del 26 de abril

/ Manu Mitru

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La situación de Collserola y la cercanía de los equipos de intervención permiten descartar, aunque nunca se sabe, que pueda producirse un gran incendio en estas más de 8.000 hectáreas de parque natural, en el que están implicados nueve municipios, el Área Metropolitana de Barcelona, la Diputació de Barcelona y, desde 2011, la Generalitat. Lo que sí abunda en esta sierra es la repetición de fuegos en una misma zona. La ladera de la capital catalana, señala el guarda forestal, es la que más incendios registra con diferencia, sobre todo en los distritos de Horta-Guinardó y Nou Barris. La mayoría de ellos son achacables a la acción del hombre. En muchos casos se trata de personas sin hogar, como sucedió en Sant Pere Màrtir a finales de abril con un hombre que calentaba café y se despistó. No ayuda que los recursos no den para mantener el bosque en las mejores condiciones. En muchos rincones de Cerdanyola, por ejemplo, los efectos del Glòria, con árboles caídos y lugares de muy difícil acceso, son todavía muy visibles. No sucede tanto en la vertiente barcelonesa. En el Turó d'En Cors, por citar un caso, se acaba de realizar una intensa labor de limpieza forestal.

Cambio climático

Este veterano trabajador del parque explica que este verano están "especialmente en alerta". "Fíjate en aquella vegetación, totalmente seca, eso ardería a gran velocidad, y con el viento seguro que saltaría al otro lado con facilidad". Dice que los incendios son ahora más virulentos que antes, más grandes. Que años atrás era más complicado que crecieran y ahora cogen fuerza con más agilidad. Comparte la opinión de que los fenómenos meteorológicos son cada vez más poderosos, y por lo tanto, más imprevisibles y peligrosos. Es, de hecho, unas de las muchas advertencias que lanzan los estudiosos del cambio climático. Jordi reclama más "cultura de entender el fuego como un fenómeno natural". "Hay que tenerle mucho respeto, pero no miedo. Hay que saber convivir con él, entenderlo, saber qué quiere hacer e interpretarlo".