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"No existe un hombre que se alegre de respirar libremente"

La persistencia de la mascarilla en la calle, más allá de las razones sanitarias, lleva a sopesar alocadas razones subconscientes sobre su uso una vez terminada la prohibición de ir sin ella

Pamela y mascarilla, la primera protege del sol, la segunda aumenta la sensación de calor.

Pamela y mascarilla, la primera protege del sol, la segunda aumenta la sensación de calor. / José Luis Roca (José Luis Roca)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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La frase del título, “no existe un hombre que se alegre de respirar libremente”, no la escribió un cualquiera, si no alguien que logró escabullirse por los tejados de la mismísima Gestapo cuando en la Francia de Vichy fue denunciado como judío y que antes de la guerra, en otros dos episodios que le caracterizan, quiso batirse en duelo, primero con André Breton, que rechazó la propuesta cuando le envió a sus padrinos, y, poco después, con Paul Éluard. Todo un personaje, sin duda. Luego les cuento quién escribió esta frase hoy tan oportuna, cuando la mascarilla en la calle se resiste a desaparecer pese al fin de la prohibición de ir sin ella, a lo cual apetece buscar explicaciones más allá de las lógicas y comprensibles, como son el miedo al contagio y el hábito adquirido.

La decisión fue nítidamente argumentada la semana pasada por las autoridades sanitarias. Al aire libre y en ausencia de multitudes, el riesgo de contagio es en esta fase de la pandemia entre infinitesimal y nulo, lo cual cualquiera sin formación epidemiológica podía pensar en esas mañanas en que camino de comprar el pan para el desayuno uno se cruzaba con una o ninguna persona por la acera y, eso sí, llevaba perfectamente puesta por encima de la nariz la mascarilla, que como mínimo disimulaba la cara de tonto por la situación.

Primera reflexión con mascarilla y una 'baguette' en la mano: Cuán sumisa fue Francia durante la ocupación alemana y qué mal intentó aplicar esa misma receta en Indochina

Sin ánimo de que nadie se moleste, he aquí la primera reflexión a la vista de que este primer fin de semana camino del pan parecía que apenas nada había cambiado, las mascarillas eran más que las caras descubiertas, que de entrada fue toda una sorpresa y, de salida, tal vez sea un motivo de preocupación. La reflexión, vaya esto por delante, puede que sea por culpa de la hipoxia. Quedan avisados.

Fue en la excepcional serie ‘La guerra de Vietnam’, que por desgracia ya no figura en el catálogo de Netflix, donde se exponía esta inquietante teoría. Era en uno de los primeros capítulos, en el que se analizaba el papel de Francia como metrópoli colonizadora, a la vista de que en Indochina, tras la Segunda Guerra Mundial, crecían los movimientos independentistas, decidió enfundarse el guante de hierro. Sabe muy mal no recordar quién relataba lo ocurrido entonces en la serie, pero es inolvidable lo que decía. Sostenía ese narrador que los franceses habían sacado una muy errónea conclusión de su sumisión durante la ocupación nazi. Alemania había aplicado con ellos entre 1940 y 1945 una estrategia de palo y nada de zanahoria que, salvo por algunos episodios de resistencia que no decantaron la guerra, funcionó con horrorosa perfección. Fueron dóciles ocupados.

La escena olvidada de 'Casablanca'

¿Acaso no es así? Recuérdese una escena que a veces pasa desapercibida en ‘Casablanca’ y que, revisitada, es aleccionadora. De la película de Michael Curtiz se rememora a menudo la épica de ese momento en que Viktor László canta ‘La marsellesa’ en el bar de Rick para enfado de los oficiales nazis, pero se pasa de puntillas por ese ‘flash back’ en que la pareja protagonista, Humphrey Bogart y Ingrid Bergman, se enteran de que París está a punto de caer en manos alemanas. No lo saben porque se levantan barricada en la calle. Qué va. Es una furgoneta con un altavoz la que, como si fuera a visitar la ciudad el circo, anuncia que el día de mañana las tropas de Adolf Hitler tomarán la ciudad y por ello se dan algunas instrucciones previas sobre cómo comportarse.

A lo que íbamos. En la serie sobre Vietnam se detallan las atrocidades que Francia cometió con los vietnamitas para mantenerles sumisos, pero con un error de cálculo colosal por parte de las autoridades, sin entender de antemano que los vietnamitas no eran franceses. Son cosas en las que uno piensa cuando la mañana del sábado y del domingo también, por supuesto con mascarilla, iba a comprar, cómo no, una ‘bagette’.

Cuatro años duró la ocupación de Francia. 401 días, la obligatoriedad de usar mascarilla en espacios abiertos. ¿Cuánto tiempo se necesita para uncir un yugo de hábitos?

A Jean Paulhan, la tórrida correspondencia que le enviaba Dominique 'O' Aury le invitó a reflexionar sobre esa tendencia inexplicada a obedecer las órdenes

La segunda reflexión (conviene insistir en ello, escrita aquí fruto tal vez de una preocupante hipoxia causada por la mascarilla) es la del título, que escribió Jean Paulhan en el prólogo de una novela inmortal. Paulhan fue muchas cosas, pero entre ellas destaca que fue el destinatario de las cartas de amor más tórridas y entregadas de la historia de la correspondencia postal. Se las escribía Dominique Aury. Dentro de cada sobre le llegaba periódicamente un capítulo de la novela que cuando se publicó fue conocida como ‘Historia de O’. Lo de entregada y tórrida, ya ven, no era exagerado.

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Aury solo reveló cuando ya había cumplido los 86 años que era la verdadera autora de aquel libro, un ‘ochomil' de la literatura erótica, que en un principio pretendió que fuera solo para los ojos de su amante, Paulhan, pero que al final terminó por publicarse bajo el seudónimo de Pauline Réage.

El libro, un relato de sumisión masoquista, le ha quitado el hipo a varias generaciones, pero lo que viene al caso es el prólogo que siempre le ha acompañado, que llevaba la firma, claro está, de Paulhan. En ese texto, el amante de Aury comienza contando un caso, se supone que real, ocurrido en Barbados en 1838. “Unos 200 negros, hombres y mujeres que recientemente habían sido manumitidos por las ordenanzas de marzo, fueron a pedir una mañana a su antiguo amo, un tal Glenelg, que volviera a tomarlos como esclavos”. Aquel episodio, en algo que ahora no viene al caso, terminó de forma sangrienta, pero ello no impide a Paulhan llegar a esa conclusión hoy tan oportuna de que, llegada la hora de respirar libremente, tantos deseen (deseemos) llevar la mascarilla porque no hacerlo algo nos dice, en nuestro O interno, que es una ofensa a lo aprendido durante 401 días.