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La Barcelona machihembrada

La calle de Rauric, hoy una mosca muerta del Gòtic, fue en los años 80 una calle digna de Babilonia, una historia que Nazario, cual Herodoto del vicio, relata en su último libro

Nazario, Pepe Márquez y Alejandro, en la boca de metro de Liceu, donde lo más llamativo tal vez sea la indiferencia de quienes están a su lado, un signo de aquellos tiempos.

Nazario, Pepe Márquez y Alejandro, en la boca de metro de Liceu, donde lo más llamativo tal vez sea la indiferencia de quienes están a su lado, un signo de aquellos tiempos. / Archivo Nazario

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El título de esta crónica puede confundir a los amantes del bricolaje. Lo decente sería aconsejar a los clientes habituales de Leroy Merlin que dejen de leer en este punto, porque no va de carpintería, pero sería una lástima, porque entonces se perderían un relato, por decirlo suave, lo contrario, muy indecente. La Biblioteca Secreta, esa colección de bibliografía canalla que el agitador cultural David Castillo pilota por encargo del Ayuntamiento de Barcelona, acaba de sacar de la imprenta un nuevo libro de Nazario Luque, lo cual ya sería por si solo una noticia, porque a las primeras incursiones literarias del padre de ‘Anarcoma’ Barcelona les dio la espalda y se las editaron en Madrid. Mejor pasar página sobre eso. Lo interesante es el contenido, un retrato en alta definición y con fotos que quitan el hipo de cuando la calle de Rauric, hoy una mosca muerta en el Gòtic, fue la mismísima Babilonia. Hay que darle las gracias a Nazario, a Castillo y a quien haga falta por evitar que una amnesia eterna callara todo lo que allí ocurrió.

Barcelona ha sido siempre una ciudad de volcánicas erupciones de vicio. Lo que ocurre es que unas veces el cráter está aquí y otras el magma brota por allá. A veces, un volcán se apaga y nace otro. Piénsese en la calle del Cid, en el extremo más meridional del Raval, hoy un lugar insustancial, sin ninguna huella de lo que fue durante el primer tercio del siglo XX, cuando allí abría sus puertas cada noche la Criolla y la desinhibición borraba, ni que fuera por unas horas, las fronteras de las clases sociales en un gran despelote, figurada y literalmente.

Nazario, con corpiño, mantilla y en realidad nada más, toma una copa dentro de la barra del Kike, según él, para vencer su profunda timidez.

/ Archivo Lafuente

Igual que la calle Cid ha tenido quien escriba sobre ella (Paco Villar, por ejemplo, otro al que dar las gracias), la de Rauric tiene ahora su primer libro de cabecera, ‘El bar Kike y Paca la Tomate’, en el que Nazario vuelve a confirmar lo que muchos ya saben, que escribe tan bien como dibuja, estilo gonzo gay o, como podría decir él mismo, gonzo maricón. Es, aunque poco ortodoxo, un libro de historia sobre los canallas años 80.

Aunque sea solo por poner esta obra en la estantería que se merece, apetece recordar, antes de proseguir, lo que Hunter S. Thompson hizo cuando en 1969 comenzó a trabajar para la revista ‘Rolling Stone’. Para escribir una crónica se presentó como candidato a sheriff del condado de Pitkin, Colorado, con un programa electoral tan loco como se le ocurrió (quería desasfaltar las calles y convertirlas en una pradera, legalizar las drogas y demoler los edificios que por ser altos tapaban las vistas del paisaje natural). Lo más gracioso no es que a punto estuvo de ganar, sino su idea de en campaña raparse al cero para, así, poder llamar a su adversario, del partido republicano, “ese melenudo.

Paca la Tomate, Paco Ocaña cuando, como una Cenicienta, trabajaba de camarero, maquillada para una de sus actuaciones, habituales en el Bar Kike. el Martin's, el Dickens y en Distrito.

/ Archivo Nazario

Como un Thompson, Nazario y su cofradía de amigos no se rapaban, se vestían de mujer para ir de fiesta, a veces de folclóricas, otras de novia y muchas veces de putón. Era la Barcelona machihembrada. No era nada reivindicativo. No eran militantes del Front d’Alliberament Gai de Catalunya, sección locas. Eran, simplemente, una fiesta, creyentes de que Goethe tenía mucha razón cuando decía que la vida es corta, pero el día es largo, así que los vivían como si cada uno de ellos tuviera 25 horas.

Paca la Tomate, Alejandro y Nazario (en el centro), en un dibujo realizado por este último.

/ Nazario

Del libro es mejor no revelar tampoco mucho. Solo avisar de antemano que como Nazario, eso reconoce él, es mucho de guardar fetiches, como las fotos, está apabullantemente ilustrado. Para conocer más, siempre es preferible comprarlo. Lo que conviene saber es que son los relatos en primera persona de 18 parrandas monumentales, no todas en el Kike, donde actuaba Paca la Tomate, pésima transformista, “como la Violeta la Burra, pero más burra todavía”, dice el autor, sino todo tipo de parrandas que hoy en día, cuando por culpa de esto de la corrección política el presente se ha convertido más bien en un correccional, saldrían en los papeles y siempre para mal. El día en que la cofradía nazariana fabricó un pene descomunal para decorar el bar Kike y, claro, lo tuvieron que llevar a hombros por las calles del Gòtic, además de ser algo muy thompsiano, sirve para recordar que pasados más de 40 años en este país aún se llevan a juicio las procesiones feministas del Coño Insumiso, con peticiones de cárcel y todo.

Alejandro, pareja de Nazario, fue el encargado de cargar al hombro el pene gigatnte que decoró el bar Kike durante la fiesta 'Para mayo nos quitamos el sayo'.

/ Archivo Nazario

La visita a Barcelona del papa Wojtyla, furibundo homófobo, sirvió para celebrar en la escalinata de la Catedral la inventada festividad de San Pollardino, una ocasión para la que Nazario sacó su pluma, la profesional, y confeccionó unas estampitas que hoy valen un potosí.

El homenaje que en 1984 le dedicaron a Ocaña en el primer aniversario de su muerte puede que esté en el podio de lo más loco que se ha visto en la plaza Reial a lo largo de su nunca aburrida historia. Tampoco está nada mal el capítulo en el que el autor narra una redada policial, algo común entonces, en la que un agente registraba a los sospechosos habituales uno a uno en el lavabo. Cuando le tocó el turno al dibujante, el agente, algo avergonzado, le confesó que era un gran admirador de su obra en ‘El Víbora’ y, por supuesto, del detective Anarcoma. Al terminar aquel bochorno por parte de ambos, sus amigos le reprocharon que no le metiera mano.

Estampitas de San Pollardino, enemigo declarado de San Reprimonio, personaje de la imaginería religiosa salida del pincel de Nazario.

/ Archivo Lafuente

Aquello sucedió en el Kike, que no era, por supuesto, el único bar de ambiente de la ciudad. La geografía de aquellos años de indisimulada clandestinidad era la repanocha. El Martin's, que años más tarde sería toda una institución, tuvo su propia prehistoria, por ejemplo, en un piso de la calle de Antoni Maria Claret, esquina casi con Sant Joan, que se llamaba Ramsés, y en el Raval, cómo no, levantaban la persiana cada mañana desde muchos años antes bares de nula reputación en la que parte de la muchachada de la VI Flota se aprestaba a certificar que tanto navegaban a vela como a motor.

Homenaje al pintor Ocaña en la plaza Reial en 1984, ocasión que, por supuesto, no se desaprovechó para practicar el travestismo.

/ Gol

El libro tiene un prologo precisamente sobre ese marco general, un texto escrito en 2004 por Jordi Barceloneta, dueño de la primera sex shop gay de Barcelona, cómo no, en la calle de Rauric. Es un relato formidable en primera persona que, como una suerte de evangelio laico de la homosexualidad, se ha ido reproduciendo en varias revistas desde entonces y en el que el autor, como un Jean Genet de los 80, recuerda aquellos bares, como el Rada y el Molina, donde “por un Trinaranjus” muchachos como él se dejaban “meter mano por paletas de manos callosas”. Jordi Barceloneta debería algún día tener su propio libro en la Biblioteca Secreta. Queda avisado de ello David Castillo.

Pero es tras el prólogo en que aparece un retrato sorprendente de lo que llegó a ser la calle de Rauric, donde en escasos metros cohabitaban la Sestienda de Barceloneta, un hotel gay y varios bares, entre ellos, el loquísimo Kike, a cuyo dueño, Carlos, le fue tan bien que abrió en el portal de al lado un segundo establecimiento, el Este Bar, un negocio que con el tiempo y con ese mismo nombre se mudaría a la trama de Cerdà y, en colaboración con el Satanassa, haría germinar el Gaixample.

Un día cualquiera en el bar Kike, que arquitectónicamente no era gran cosa, pero que dio cobijo a un ecosistema social desopilante.

/ Archivo Nazario

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La primera vez que Nazario quiso publicar un libro sobre la Barcelona más venérea, Maria Aurèlia Capmany, entonces concejala de Cultura, hizo naufragar la operación, pues no era esa la imagen que, en su opinión, la ciudad tenía que proyectar. Por aquí, entonces y todavía ahora, gusta siempre más recordar historias como la de Bocaccio, tanto que hasta le dedican exposiciones en el Palau Robert, pero no la de Rauric, y dice Nazario que eso es un error de corto de miras, porque cuando Keith Haring visitó Barcelona en 1989 y pintó el celebrado mural del Raval ‘Todos juntos podemos parar el sida’, pasó también por el Kike. No solo eso, sacó el pincel. Paca la Tomate, que tanto cantaba canciones de Paquita la del Barrio como se encargaba de la limpieza del local, puso el grito en el cielo, hasta que alguien cayó en que todos aquellos garabatos eran un ‘haring’. El artista neoyorkino, eso cuenta Nazario, firmó su obra en la cisterna del váter, y esa pieza, que en una subasta levantaría hoy muchas manos, parece que anda perdida por algún altillo de la ciudad.

Una calle hoy sin ningún ingenio

A modo de responso, la parroquia merece recordar que en Rauric ya no queda ni El Ingenio, tienda de imaginería festiva, nacida en 1838, y cuyos cabezudos del escaparate fueron testigos ojiabiertos de todo cuanto aconteció en los años 80 en aquella calle.

Tampoco está el café que franqueaba el acceso a la calle desde Ferran. El Schilling abrió sus puertas hace un cuarto de siglo. Primero fue recibido, hay que reconocerlo, con un cierto desdén. El día del estreno mostraba un aspecto de bar anciano. Ese tipo de trampantojos a veces molestan. Pero muy pronto, por el excelente oficio de quienes allí trabajaban, el Schilling se convirtió en un oasis en mitad de la Barcelona más turística, un lugar de encuentro o, como se decía antes, de tertulia.

También cerró el Schilling. A veces el Gòtic es como Saturno y le arranca de un mordisco la cabeza a sus hijos. Esa estupenda esquina, Ferran con Rauric, la ocupa actualmente un negocio de ‘fast food’ de cuyo nombre, cervantinamente, es mejor no acordarse.