Pasar la pandemia en la calle

"No me puedo permitir el lujo de vacunarme"

Jorge, un hombre sin techo de Barcelona que a sus 57 años acarrea varios problema de salud.

Jorge, un hombre sin techo de Barcelona que a sus 57 años acarrea varios problema de salud. / JORDI OTIX

"¿Tú has tenido efectos secundarios de la vacuna? ¿Qué hago yo si no tengo casa? ¿Cómo paso la fiebre en el banco?", se pregunta Rafa, un hombre sin hogar que vive en el Passeig Marítim de Barcelona

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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Le faltan al menos tres dientes. Se ve cuando sonríe. Un gran agujero negro que irrumpe en medio del rostro. Lleva la mascarilla bajada y está a punto de irse a la cama. Bueno, de tumbarse en el banco donde duerme en el Passeig Marítim de Barcelona. Pero el pasado jueves, más allá de la una de la madrugada, Rafa aceptó participar en el censo de la Fundació Arrels. Decenas de voluntarios salieron a la calle para contar cuántas personas duermen en Barcelona, también para poder entrevistarlas y saber qué les preocupa o qué necesitan. Las respuestas de Rafa dejaron atónitos a los tres médicos que le encuestaron. "He dicho que no me quiero poner la vacuna. Si tengo efectos secundarios ¿dónde los paso si no tengo más que un banco para dormir?", les dijo.

Rafa, o Rafita para los amigos, es un hombre de 38 años que descubrió en la cárcel que era seropositivo. "Creo que pasó algo cuando me pinchaba crack y heroína", explica. Ha intentado dejar las drogas en varias ocasiones. "Pero al final acabas volviendo a ellas", cuenta. "Es que mírame dónde estoy, no tengo nada, ¿qué hago? Esto es un callejón sin salida", insiste. A los voluntarios de Arrels les agradece que haya centros como el CAS Baluard, un centro de reducción de daños y atención psicosocial para personas drogodependientes. Les susurra que durante cinco meses dejó de tomarse la pastilla 'prep', contra el sida. "Fue horroroso, empecé a encontrarme fatal", explica. La vacuna del coronavirus no la quiere, a pesar que se la ofrecieron en el CAS. "Es un lujo que no me puedo permitir. Ahora estoy bien, si me empieza a dar fiebre, malestar... ¿dónde voy?", se pregunta.

Víctor, de 32 años y técnico de sonido, lleva viviendo un año en la calle.

/ JORDI OTIX

A su lado está Víctor, un joven de 32 años que sí ha asumido el riesgo de vacunarse. Muestra el brazo con la tirita. "Es la Janssen, solo una dosis", cuenta. A diferencia de Rafa, Víctor no ha pisado la cárcel ni ha tocado el mundo de las drogas. "Yo era técnico de sonido en conciertos, de autónomo. Tiraba cables, movía micros... pero con esto del covid me he quedado sin nada". Su historia muestra hasta qué punto la pandemia ha causado estragos en el sector cultural. Primero fue tirando con ahorros. Hasta que en junio de 2020 no tenía para pagar la habitación de alquiler donde vivía. "Lo peor de la calle es que tienes que estar siempre presentable, siempre decente. Es un círculo horroso que nunca logro romper", asegura.

Esta es una de las frases que hace estallar a los voluntarios que le encuestan. Daniel Roca, Bruna Naudó y Clara Vidal. El primero es médico de familia en el CAP Drassanes. Las dos chicas, estudiantes de sexto de medicina a punto de hacer el MIR. "Eso es lo peor. La calle es como un círculo, como una espiral. Cuánto más tiempo están, más difícil es salir de ella. A este chico le tendrían que dar alguna ayuda, estoy convencido que en pocos meses saldría adelante solo", les cuenta Roca. "Es evidente que vivir en la calle quita años de vida, lo vemos a diario en la consulta", añade. ¿Van personas sin hogar al CAP? "A urgencias sí. Lo difícil es el seguimiento, el tratamiento. Sobre todo aquellos que no tienen tarjeta sanitaria ni médico asignado", asevera.

Los grupos de voluntarios se organizan la ruta que deben trazar antes de salir a encuestar y contar a la gente sin hogar.


/ JORDI OTIX

Jorge da cuenta precisamente de ello. De que vivir en la calle mata. Él ha estado a punto. En menos de seis meses viviendo en la Rambla de Barcelona cuenta más de cinco ingresos al hospital. "Por hipotermia, por ataques de ansiedad, del corazón...". La lista es demasiado larga. Tiene menos de 60 años, pero acude a diario en el CAP para que le mediquen por la diabetes. "Yo he cotizado toda mi vida, y ahora mírame con el saco, el cartón y el bastón...", bromea. Sus ojos azules recuerdan años y años trabajando de pinche en las cocinas de varias masías de La Selva y el Gironès. Pero le diagnosticaron una discapacidad y le dieron una paga de menos de 600 euros al mes. Ya no puede trabajar. "Durante un tiempo he ido viviendo en pensiones, habitaciones compartidas... pero me pedí un crédito para comprarme un móvil y ahora me han embargado las cuentas", lamenta.

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/ JORDI OTIX

Jorge es el primero encuestado por los médicos. Dani, pasadas las cuatro de la madrugada, el último. Les atiende a punto de inyectarse heroína en el brazo, frente un parque infantil. El joven de 38 años tiene una verdad que deslumbra. "Yo no soy como los demás, soy de casa buena. Lo que pasa que todo me dolía demasiado y me dí por esto. Mis padres no pudieron aguantarme más, por eso estoy aquí", cuenta señalando a la jeringuilla. Asume que la calle es "lo peor" y que muchas de las noches pasa miedo. "Oí que a uno lo quemaron en las Tres Xemeneies", explica indignado. Él sí se ha vacunado. "Lo peor no es la vacuna, lo peor es la calle", esgrime. Hace unos meses estuvo a punto de morir de una sobredosis. Dice que le gustaría dejarlo, pero no sabe cómo. "No tengo nada más que hacer en todo el día".