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Sant Adrià de Besòs, la Cenicienta envenenada

El cierre de una playa por contaminación añeja reabre el debate sobre qué sucedió allí en los tóxicos 80 e invita a la vergüenza política

La playa del Litoral, cerrada a los bañistas desde el pasado 29 de mayo y hasta nueva orden

La playa del Litoral, cerrada a los bañistas desde el pasado 29 de mayo y hasta nueva orden / JORDI COTRINA

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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La noticia no debería caer en el olvido. El Ayuntamiento de Sant Adrià de Besòs cerró al público el pasado 29 de mayo y hasta nueva orden la playa del Litoral, una de las zonas de baño más agraciadas de esa minúscula y maltratada ciudad, la Cenicienta metropolitana, pues allí se invirtieron, con motivo de los Juegos Olímpicos, 1.200 millones de pesetas (hoy, al cambio y sin contar la inflación, más de siete millones de euros) en un centro deportivo muy resultón y con vistas al mar. Un análisis reciente detectó en la arena de esa playa cantidades inquietantes de plomo, cobalto, cobre, arsénico, níquel, zinc, molibdeno, vanadio y restos de benzopireno. En un apocalipsis químico, estos serían los jinetes. Lo sucedido no se puede calificar de sorpresa. Lo ocurrido a ambos lados de la desembocadura del Besòs durante el último tercio del siglo XX es, perdón de antemano por la expresión, vomitivo. Es un acto de contrición repasarlo. Señores lectores, encontrarán bolsas por si marean en el respaldo del asiento delantero. Vamos de viaje.

El Besòs, en una infame plusmarca mundial, no era un río que desembocara en el mar, sino en una depuradora

El Besòs fue hasta prácticamente las puertas del siglo XXI un caso tal vez único en el mundo. Este era un río que no desembocaba en el mar, sino en una depuradora. Hoy, cuando el Primavera Sound y otras celebraciones se dan cita sobre la explanada del Fòrum lo hace sobre el tejado de una moderna depuradora, pero allí mismo antes del 2004 se trataban aguas putrefactas a cielo abierto. Los tornillos de Arquímedes, un invento de la antigüedad útil aún, separaban lo sólido de lo líquido. En una ocasión, una vaca muerta y en descomposición atascó uno de aquellos dispositivos. Así se lo contó un empleado a quien esto firma en una visita a aquel lugar. Fue una excursión inolvidable. Lo más interesante fue la respuesta sobre qué se hacía después con los lodos resultantes de filtrar el agua. Se vierten al mar, dijo.

Efectivamente. En mayo de 1995 y tras una inversión de 5.000 millones de pesetas (30 millones de euros) se puso en marcha un colosal ‘fangoducto’ de 2,9 kilómetros de longitud que transportaba los residuos de la depuradora mar adentro, a 50 metros de profundidad. Ahí siguen.

A tres kilómetros de la costa, en una miasma submarina premeditada, solo era capaz de vivir un gusano de color rojo sangre

No hay que imaginar aquella infraestructura como una discreta tubería. Pau Gasol podría caminar por su interior sin agachar a cabeza. En aquella miasma submarina que se creo al final del conducto solo había una forma de vida capaz de sobrevivir, el ‘Capitella capitata’, un gusano de un color rojo sangre inconfundible que no le hace ascos a los lugares más sépticos del planeta. Aquello era, desde su perspectiva, un festín. El lugar, que evidentemente no se indicaba en los mapas de las playas de la ciudad impresos tras los Juegos Olímpicos, era intuible por un detalle que pocos conocían. Sobrevolaban siempre la zona grupos de gaviotas. Quién sabe, tal vez la colonización que esta rata del aire ha realizado estos últimos años de la Barcelona asfaltada tenga algo que ver con el hecho de que con motivo del Fòrum la moderna depuradora actual puso fin a aquel disparate y realmente las basuras de la ciudad son más sabrosas que las del mar.

¿Tiene algo que ver este episodio introductorio hasta aquí contado con la contaminación de la playa del Litoral? Depende. En cierto modo, el asesino de la playa del Litoral es el mismo que el del crimen del Orient Express. Doce manos empuñaron el cuchillo homicida que terminó con la vida de Samuel Ratchett en la ficción de Agatha Christie y varias empresas químicas y metalúrgicas, no todas con fábrica radicada allí, contaminaron aquella porción del litoral de Sant Adrià.

La costa de Sant Adrià, alrededor de 1974.

Autor desconocido/Museu de Badalona.

He aquí una revelación. Cuenta una fuente de primerísima mano, es decir, un testigo directo de ello, biólogo y gestor público, para más señas, que durante el último tercio de siglo XX a veces llegaban a aquella zona camiones procedentes de las industrias químicas del Baix Llobregat a volcar su carga clandestinamente. Tal vez ni siquiera de noche. Conducir hasta allí no era fácil. Durante muchos años, era más sencillo y rápido ir de Barcelona a Mataró que desde la capital hasta Sant Adrià. Que se actuara con ese descaro le parecerá sorprendente, tal vez, a los ‘millenials’, pero en los años 80 el desparpajo industrial era un colosal despropósito.

Solo para contextualizar, hasta 1982, ocho países europeos, con el Reino Unido a la cabeza, pero también con Suiza y Suecia en la lista, lanzaron bidones con material radiactivo en aguas internacionales, pero frente a las costas gallegas. Y, sin ir tan lejos, otro ejemplo. Los terrenos que hoy ocupa Port Aventura fueron utilizados por las industrias petroquímicas de Tarragona para verter ilegalmente cubas de residuos altamente contaminantes. También hay testigos.

El frente litoral de Sant Adrià, parte del de Barcelona y una porción también del de Badalona eran entonces una pieza más de ese puzle de la insensatez. La primera industria que puso los pies en aquel paraje que era idílico aún cuando dio comienzo el siglo XX fue una central térmica. Eso, no obstante, es remontarse muy atrás. Merece la pena viajar más acá en el tiempo. Cuando en los 70 Johan Cruyff aparecía en los anuncios de televisión como un manitas que pintaba las paredes de su hogar, las pinturas se fabricaban, con estándares medioambientales hoy inadmisibles, junto a la playa de Sant Adrià, y, por cierto, en una sucursal de una multinacional holandesa, como parte de un conglomerado internacional, Akzo Nobel, a la que el apellido le viene heredado directamente, lo que son las cosas, del mismísimo Alfred Nobel, padre de los premios del mismo nombre.

El frente litoral servía para todo. Unos muy pocos kilómetros más arriba, por ejemplo, hay una playa conocida como la Cala dels Taps (sí, de los tapones), porque eso era lo más habitual que uno encontraba en la arena ya que en la fábrica colindante se producía la popular Lejía Conejo. Por supuesto, los tapones era lo menos inquietante sobre lo que no se podía tumbar.

Un hombre practica deporte sobre el lomo del colector interceptor de levante, una instalación caducada y fuera ya de tiempo.

/ JORDI COTRINA

El caso es que en mitad de aquel averno algo se hizo para paliar la situación. Se hizo mal, pero se hizo. A principios de los años 80 se construyó (el objeto tiene nombre de nave galáctica) el colector interceptor de levante, una gran conducción destinada a recoger las aguas fecales de Badalona antes de que llegaran al mar para llevarlas, incluso a través de la filigrana de un sifón bajo el río Besòs, hasta la depuradora. Es una gran conducción obsoleta y desbordada que debería avergonzar a todos los que desde entonces han sido responsables públicos de Fomento, Infraestructuras, Territorio, Costas o como se haya llamado en cada etapa esa administración. Su fragilidad es preocupante. Como un Guadiana, algunos tramos están a la vista. Hay quien lo usa como zona de paseo o para ir en bici sin pisar la playa, pero de vez en cuando el mar hace de las suyas y arrastra la arena que hay debajo. Entonces, se agrieta y gotea.

Sant Adrià debería ser una urgencia para todos los responsables ministeriales de costas que ha habido desde hace cómo mínimo 30 años

La solución que en su día adoptó el ministro de turno para no gastar los 6,7 millones de euros que costaría sustituir ese colector por uno moderno y decente (una cifra modesta al lado de los 40 millones destinados resucitar la cuenca del río) fue utilizar otro ingenio de nombre aún más galáctico, los tetrápodos de hormigón. Los hay de muchas maneras, pues son una solución de ingeniería bastante común, pero los de Sant Adrià tienen el aspecto, al menos por la punta que sobresale de la arena, de cúspide de pirámide nubia, como si allí estuvieran enterrados los restos de una antigua civilización.

El colector, con cicatrices de haber sido reparado en más de una ocasión, 'carril bici' improvisado para muchos ciclistas.

/ JORDI COTRINA

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Toca viajar ahora, casi para terminar, a lo mencionado en el párrafo inicial, esos 1.200 millones de pesetas que se invirtieron en Sant Adrià con motivo de los Juegos Olímpicos. Parecerán muchos millones, pero esta pequeña ciudad que sopesó ser absorbida por Barcelona en los años 70 y que demasiado alegremente lo descartó (no cuesta imaginar cuán distinto sería hoy ese tramo del litoral) ha sido indudablemente la gran Cenicienta de la gran transformación de 1992 y, lo que es más importante, de la posterior, sin que nadie aún le haya calzado el maldito zapato de cristal.

Tras la resaca de los Juegos Olímpicos, Joan Clos, alcalde ya de esa suerte de madrastra metropolitana que es Barcelona, reunió un día a los suyos y anunció que tras abrir la ciudad al mar tocaba ahora regenerar el fondo marino. Así se hizo. Se sumergieron frente a las playas de Barcelona unas 300 celdas gigantes de hormigón que, visitadas periódicamente por submarinistas, han resultado ser un fenomenal acierto. Hay incluso langostas. Hay fotos de ellas. Hasta se podría decir que las políticas inmobiliarias submarinas del Ayuntamiento de Barcelona han sido más solventes que las de la superficie. Un éxito, sí, pero que solo subraya un poco más el gran e injusto olvido que sufre el litoral de Sant Adrià de Besòs, donde, desde el pasado 29 de mayo, una playa está cerrada porque allí cabalgan los nueve jinetes del apocalipsis químico.