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Pedro Rovira, el balenciaguista que pudo con Pertegaz

El Museu de Badalona rescata del injusto olvido a su modisto más internacional y luce el coser y cantar de la edad de oro de la alta costura

Pedro Rovira conversa con una clienta en presencia de Teresa Gimpera, en su taller de la Rambla del Prat de Barcelona, en 1963.

Pedro Rovira conversa con una clienta en presencia de Teresa Gimpera, en su taller de la Rambla del Prat de Barcelona, en 1963. / Família Rovira (Família Rovira)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

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En otra feliz propuesta cultural, y van ya un porrón, el Museu de Badalona ha decidido esta vez rescatar de la penumbra al modisto Pedro Rovira, caído en un cierto olvido por razones de las que se pueden sacar curiosas conclusiones (luego, unos párrafos más adelante, se revelarán) pero que fue tan célebre en su tiempo (los 50, los 60 y los 70) que, cuando falleció, la periodista Magda Solé le dedicó un titular de esos que dan sana envidia: “Los cinco grandes de la costura eran seis”. Se refería Solé a los cinco fundadores de la Cooperativa de la Alta Costura, equivalente a este lado de los Pirineos de la francesa Chambre Syndicale de la Couture Parisienne, o sea, los Mozart del hilo y la aguja, un selectísimo club en el que Rovira, que se lo merecía, solo pudo ingresar cuando Manuel Pertegaz, pequeñito pero un muro infranqueable, dejo esa suerte de comunidad del dedal.

Figurines realizados por a lápiz y tinta Rovira de proyectos de abrigos y vestidos de cóctel a finales de los años 50.

/ Fundació Antoni de Montpalau / Fondo Rovira

A la exposición, visitable desde este viernes y hasta el 17 de octubre, le ocurre aquello tan gracioso que sucede cada vez que se exhiben, como obras de arte que son, piezas de alta costura, en esta ocasión una ochentena de vestidos delicadamente enfundados en sus respectivos maniquís. El visitante pasea entre ellos como en un mundo al revés, es decir, recorre la sala como una modelo de pasarela mientras a ambos lados, como silencioso público, las creaciones de Rovira, vestidos de cóctel, de fiesta, de novia, de noche.., parecen estupefactas estatuas ante la evolución cuesta abajo que ha tenido esto del vestir.

Una de las dos salas que el Museu de Badalona ha destinado a la exposición sobre Pedro Rovira, en las que el público desfila entre maniquís.

/ LAURA GUERRERO

Hace un año, Badalona decidió dedicarle a Rovira una plaza de nueva creación en la ciudad, pues aquí nació hace 100 este modisto no con uno, sino con dos dones. En este oficio los hay que saben coser. Luego están los que saben dibujar. Tener buena mano para lo uno y para lo otro es más inusual, y aquel hijo de panaderos que iba para médico pero que para gran enfado de su padre decidió dedicarse a la costura era un maestro en ambas suertes, lo cual podía parecer poco útil en la España de la posguerra, pero eso es un error de percepción que se comete cuando se recuerda el pasado. El final de la guerra civil arruinó a la gran mayoría de la sociedad española, pero enriqueció con descaro, sobre todo en Barcelona, a quienes jugaron bien sus cartas. La burguesía local, la de siempre y la recién incorporada por estraperlista o por lo que fuera, vestía estupendamente. Con creaciones de Rovira, por ejemplo.

Pedro Rovira, en compañía de la modelo Ana Maria Lucena.

/ Familia Lucena

Solo un par de apuntes biográficos más antes de malmeter. Estudiaba medicina como le gustaba a su padre, pero a escondidas aprendía costura gracias, primero, a los consejos de un sastre de Badalona, pero muy pronto, después, de la mano de Celso Roldós, oficial sastre de primera en la barcelonesa Santa Eulalia. El salto de escala, sin embargo, fue ir a París. Logró un salvoconducto para salir de España porque en su familia las víctimas de la Guerra Civil lo fueron a manos de la izquierda, y allí, en la capital francesa, conoció a Cristóbal Balenciaga. No aprendió el oficio en su taller, como se dice a veces. Tampoco tomó notas. “Nunca he sobresalido como buen copista”, dijo en una ocasión en una entrevista. Sencillamente, fue una epifanía textil. Balenciaga era ya entonces, más que un modisto, un escultor, un Miguel Ángel de las telas, porque, de acuerdo, el artista toscano despuntaba como pintor, pero con el mármol sobresalía hasta la maestría. En cierto modo, conocer a Balenciaga fue el inicio de una amistad duradera y, sobre todo, una inspiración.

Un conjunto de cóctel de algodón, creación de Rovira en 1952, y al lado, una fotografía de aquel año de Maria del Carme Roldós, que lo utilizó el día de su boda.

/ LAURA GUERRERO

Entre las creaciones que se exhiben en el Museu de Badalona, solo por rematar la cuestión, hay un par de vestidos confeccionados con ‘gazar’, un tejido expresamente encargado en su día por Balenciaga y que ofrece unas prestaciones casi papirofléxicas inimaginables con otras telas.

El homenaje de Badalona a Rovira ha sido comisariado por Ismael Núñez Muñoz y Josep Casamartina, ambos aurícula y ventrículo de la Fundació Antoni de Montpalau, algo así como el Fort Knox de la alta costura y el ‘prêt-à-porter’, una institución con unos fondos que empequeñecen en esta materia a los de cualquier museo del diseño. Ambos han seleccionado las obras que se exhiben en Badalona y Casamartina, además, es el autor del apabullante catálogo (dicho como un elogio) que para la ocasión ha editado el Museu de Badalona. Es, por lo tanto, la persona idónea para preguntar qué le pasó a Rovira, que de vestir a un par de generaciones de damas, ser aplaudido en el resto de Europa y en Estados Unidos por su talento y parece que incluso derrotar al mismísimo Pertegaz en esa esgrima de alfileres que mantuvieron en su día, cayó en un abisal olvido.

Tres bocetos de abrigo que Rovira dibujaba personalmente y que, después, era capaz de coser con maestría.

/ Fundació Antoni de Montpalau / Fondo Rovira

Es una reflexión que vale para Rovira y, según se mire, los tiempos que corren en general. Aquel modisto falleció en agosto de 1978 víctima de un infarto. Tenía solo 57 años. Todas lo son, pero esta es una pésima edad para morir, según explica Lorenzo Caprile en el prólogo del libro, porque era demasiado mayor para ser una leyenda ‘por-lo-que pudo-haber-llegado-a-ser’ (vamos, lo que le pasó a James Dean), pero no lo suficientemente veterano como para que la suma de toda su trayectoria profesional fuera una obra ya completa y, en consecuencia, una leyenda también. Eso pesa en su caída al olvido, pero según Casamartina más crucial es aún que su marca comercial, la etiqueta Pedro Rovira, apenas le sobrevivió.

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A la derecha y entre las dos mujeres en la penumbra, un traje de novia confeccionado con el papirofléxico 'gazar'.

/ LAURA GUERRERO

Otros modistos célebres han muerto, claro, pero sus nombres son hoy grandes corporaciones con tiendas en las calles mayores de las principales ciudades del mundo, convertidas estas urbes, a su vez, también en marcas. Barcelona, dicen los que de ella sacan beneficios, es una marca. Qué lejos aquellos tiempos en que Rovira insertaba un recuadro en la prensa en el que anunciaba un pase de modelos con su nueva colección y no hacía falta que pusiera la dirección. Sus clientas sabían cuál era.