Una nueva oportunidad para 'desparquetematizar'

Los últimos días de la Rambla

Como una Pompeya en el año 79, la calle más célebre de Barcelona revive su cara más amable antes de que la nube piroplástica de maletas la sepulte de nuevo... ¿o no?

La Rambla, deliciosamente transitable, aunque con los primeros síntomas a la vista de la erupción turística.

La Rambla, deliciosamente transitable, aunque con los primeros síntomas a la vista de la erupción turística. / JOAN CORTADELLAS (Joan Cortadellas)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Plinio el Viejo, que a pesar de su apodo vivió solo hasta los 56 años, murió víctima de la erupción del Vesubio, y no porque viviera en Pompeya, sino porque, en un error fatal, se acercó a curiosear cuando el volcán, como la Rambla hoy, con sus primeros turistas como anticipo de la nube piroplástica de maletas que se avecina, había despertado de su letargo. Qué mejor momento que este, con la mitad del parque hotelero de la ciudad en letargo, para ramblear de nuevo, por si es la última ocasión para hacerlo como antes de los JJOO y, de paso, pronosticar qué futuro le aguarda a esta suerte de Gran Canal de Venecia barcelonés cuando termine la pandemia. Plinio miraría las vísceras de un pollo. Por suerte hay actualmente métodos más modernos (unas cuantas llamadas y un par de cafés) para anunciar aquí, en esta crónica, que antes de que termine el 2021 podría haber todo un notición sobre la Rambla importante para su futuro.

Sin dilaciones innecesarias. Esos 11 chiringuitos de souvenirs, gofres, entradas de última hora, abanicos, imanes de nevera, helados, turrones y otras zarandajas que Jordi Hereu, cuando era alcalde, creyó que eran una buena idea para jubilar a las antiguas pajarerías de la Rambla podrían ser demolidos antes del 2022 si, como dice el concejal de Ciutat Vella, Jordi Rabassa, se cumplen los pasos administrativos y judiciales previstos. Por no aburrir con cuestiones legales, aquellos difícilmente defendibles chiringuitos solo podrían sobrevivir si volvieran a ser pajarerías, pero la norma municipal prohíbe actualmente la exhibición de animales para su posterior venta, de modo que, aunque de una forma alambicada, tienen los meses contados.

Chiringuitos sobre el paseo central de la Rambla, un objeto en discusión.

/ RICARD CUGAT

Esto puede calificarse sin duda de notición si se acepta que su existencia ha sido considerada desde hace años la punta del iceberg de la degradación de la Rambla, que tiene más causas, por supuesto, pero pocas tan evidentes visualmente como esta, que ha parquetematizado la avenida hasta la náusea. Hasta el propio Hereu, retiradísimo de la política, acepta que aquello fue una gran equivocación, uno de sus mayores errores como alcalde. Le honra el acto de contrición.

Estos días, sin embargo, incluso con esas paradas abiertas, la Rambla ofrece a los barceloneses que se acercan lo que en términos de turismo de ahora se llama ‘una experiencia’, en este caso, sentirla como era antes, apta para pasear y hasta con una Boqueria en la que apetece comprar. ¡Detrás de la nube de turistas resulta que había pescaderías!

La Boqueria, de nuevo y hasta nueva orden, el mejor mercado del mundo.

/ JOAN CORTADELLAS

Antes de la pandemia (y muchos se reconocerán ahora en ello) los barceloneses cruzaban la Rambla transversalmente, solo lo imprescindible para ir de A a B por rutas menos transitadas. En Venecia, trasunto turístico de Ciutat Vella pero con canales, hasta tienen para ello una expresión en ‘slang’ del dialecto veneciano, ‘fare e sconte’ o ‘pasar per e sconte’, algo así como transitar por las calles escondidas, casi secretas. Nunca hay que perder de vista Venecia. Estos últimos tiempos ha sido Barcelona dentro de 10 años. La cuestión es que en estos últimos días de Pompeya es bastante común ver barceloneses transitando longitudinalmente la Rambla. Es una ‘experiencia’ muy recomendable. ¿Hasta cuándo?

Casi la práctica totalidad de los 26 hoteles de la Rambla están aún cerrados. El distrito tiene constancia incluso de que algunos apartamentos turísticos con vista a esa calle han sido alquilados como vivienda, tal vez por poco tiempo, pero algo es algo. En la Rambla, cifras del 2020 en mano, viven unas 600 personas de forma fija y un centenar más de forma temporal, por estancias de poco más de medio año. A su manera, es un barrio encajado entre el Raval y el Gòtic en el que durante este año de pandemia algunas cosas han sucedido si el empeño es recuperarla como un espacio a reconquistar. A algunos ‘paradistas’ de la Boqueria se les apercibió de que no podían tener cerradas sus tiendas por el simple hecho de que no hubiera turistas. Hubo que recordarles que son parte de un mercado municipal y que la concesión que les fue concedida tiene obligaciones ineludibles. Es una opinión, pero estos días, a pleno rendimiento y antes de que el Vesubio haga de las suyas, la Boqueria puede volver a decir que es el mejor mercado del mundo.

No todo, sin embargo, son señales positivas. La restauración de la Rambla no ha cambiado el chip, lamenta Rabassa. Son muchos años de desencuentro. ¿A nadie le parece extraño que tras ir al Liceu, de compras por el Gòtic o tras salir de alguno de los teatros de la zona nadie vaya a cenar a la Rambla como algo lógico y natural?

Una terraza de la Rambla, un territorio ignorado como lugar de restauración por los barceloneses desde no se sabe ya cuándo.

/ JOAN CORTADELLAS

¿Qué hacer, pues, además de esperar esa día en que la piqueta demolerá los chiringuitos de Hereu? Para la Rambla hay planes desde hace años. Los hay en barbecho por cuestiones presupuestarias. El más claro de ellos consiste en unir con una plataforma a un único nivel el Raval y el Gòtic en tres de las intersecciones más transitadas de la Rambla. Eso, con todo, no es el remedio. Es solo el sofrito urbanístico. El plan municipal, en esta ruleta para salvar la Rambla, apuesta la mayoría de las fichas a un único número. Pretende que la cultura, en cualquiera de sus expresiones, sea un imán para los barceloneses. Por ejemplo. Espera que la Generalitat, ¡ay!, haga un buen uso en este sentido de la Foneria de Canons, un edificio a pie de la Rambla malquerido por los barceloneses, pues durante sus últimos 64 años en funcionamiento fue un decadente recinto militar, pero que, visto con más perspectiva y con otros ojos es una pieza que perfectamente podría participar en el renacer de la Rambla.

La Foneria de Canons, un edificio invisible en la memoria colectiva por su reciente pasado militar y ahora a la espera de un uso cultural.

/ RICARD CUGAT

Se confía también en que la familia Balañá encuentre una salida para el Teatre Principal, magnífico por dentro, algo que cada vez menos recuerdan. Y también se está a la espera de que la Universitat Pompeu Fabra amarre un nuevo inquilino cuando las actuales facultades se trasladen en 2023 a Bon Pastor.

El Teatre Principal, sobrio por fuera, magnífico por dentro, pues por algo rivalizó con el mismísimo Liceu.

/ RICARD CUGAT

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Lo dicho, es una ruleta. El resultado de la operación cultura, en esa zona baja de la Rambla, depende de la Generalitat, el Grupo Balañá y la UPF. En otros tramos, el azar es menor. El propósito es tratarlo (perdón de antemano por la comparación) como a los coches. Hay una conocida ley de la movilidad que sostiene que el vehículo privado ocupa todo el espacio que se le proporciona. Poner más carriles en una autopista solo brinda atascos más vistosos. La idea, pues, es sacar la vida cultural de la Virreina, del Liceu y del Centre d’Art Santa Mònica, por citar tres casos, a la calle para que la ocupen. También, ya se verá cómo, se pretende algo similar con el espacio libre (casi liberado, sería mejor decir) que dejarán los chiringuitos, aunque solo sean unos bancos o unas mesas para jugar al ajedrez. Cualquier solución será una mejora. El objetivo es quitarle carriles al turista. Evitar el atasco.

A modo de postdata solo resta puntualizar que la Rambla ha sido hasta la fecha y desde hace años refractaria a todos los planes de rescate que para ella se han redactado. La hieroscopia, o sea, mirar las entrañas de un pollo para adivinar el futuro, no es, como resulta obvio, una ciencia exacta. Puede que nada de lo apuntado suceda. Lo único cierto e incuestionable es que estos días, cual imprudente Plinio, merece la pena ‘ramblear’ por si sucede lo previsible. ¿Qué? Que seamos testigos de lo que en la vulcanología se conoce precisamente como una erupción pliniana, es decir, de esas en que un manto de turistas vuelve a cubrir la Rambla y lo vivido este año de pandemia será solo un agradable recuerdo.