Un decano en EEUU

Un sonajero rojo cooperativista en la cuna del capitalismo

Park Slope Food Coop es más que un supermercado, es la misa laica de la compra y, tras 48 años, casi una novela por capítulos

Joe Holtz,  fundador de Park Slope Food Coop cuando era un

Joe Holtz, fundador de Park Slope Food Coop cuando era un / Idoia Noain

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Idoya Noain
Idoya Noain

Periodista

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Cuando Julia Tortoriello llegó de Argentina con su esposo y dos criaturas a instalarse en Brooklyn la misma persona que le orientó sobre médico, guarderías y escuelas le habló de algo que acabaría siendo igual de intrínseco para su vida en el barrio, una “auténtica experiencia neoyorquina” y, también, “una de las cosas más maravillosas” que ha vivido en la ciudad: Park Slope Food Coop.

Sí, los adultos de la casa tenían obligatoriamente que hacerse miembros de la histórica cooperativa en el 782 de Union Street pagando cada uno 25 dólares y haciendo una inversión inicial de 100 dólares por barba si querían poder comprar en sus abarrotados pasillos (al menos antes de la pandemia). Sí, tenían que cumplir rigurosamente los turnos de trabajo que implica ser miembro: dos horas y 45 minutos cada cuatro semanas, fácil cuando Julia no trabajaba y podía además dejar a los niños en la guardería de la cooperativa, algo que “empieza a pesar cuando tienes un empleo a tiempo completo”.

Nació en los 70 en la cresta de una ola de idealismo y hoy es una institución respetada, admirada y digna de estudio

Lo que conseguían a cambio, en cualquier caso, es mucho más que acceso a productos de extrema calidad, a menudo orgánicos y locales, marcados solo un 21% sobre el precio mayorista en lugar del 40% o el 60% y hasta el 90% de otros supermercados, lo que permite a los miembros un ahorro calculado de entre el 20 y el 40%. Y Tortoriello admite que “te desgastas un poco en el proceso”, que lo “superestricto te puede llegar a fastidiar”, pero entiende también que “es el único modo de que funcione, porque si hay flexibilidad se te descuajaringa todo”. Y habla apasionadamente de los “vínculos comunitarios” que ha tejido con gente de todas edades, razas y culturas con las que trabaja. “Hay un sentimiento de orgullo de pertenecer”, dice.

Su testimonio es la constatación del éxito de la visión que en los años 70 tuvieron un puñado de jóvenes progresistas e idealistas que, en la “nueva ola” del movimiento cooperativista que se vivió en Estados Unidos en esa época de despertar político para muchos, decidieron plantar en esta esquina de Brooklyn la semilla de un proyecto que no solo ha pervivido, sino que se ha convertido es una institución legendaria, admirada y estudiada y, como ya ha probado París y ahora trata de comprobar Barcelona, exportable. Es la mayor y más tiempo activa cooperativa de EEUU y, antes de que el coronavirus le diera como a todo en todos sitios un golpe brutal, un modelo de éxito: más de 17.000 miembros y ventas por encima de los 58 millones de dólares.

El supermercado cooperativo Park Slope Food Coop, en 1978, fotografiado con motivo de sus quinto aniversario.

/ Park Slope Food Coop

Uno de aquellos fundadores era Joe Holtz, entonces un neoyorquino veinteañero implicado sobre todo en el movimiento contra la guerra de Vietnam, hoy un septuagenario que forma parte del equipo de ‘managers’ de la cooperativa. Y sentarse a hablar con él es abrir las páginas de una enciclopedia viva, no solo de este lugar sino de una ciudad, un país y una forma de ver el mundo.

“Había algo roto en nuestra sociedad: demasiado énfasis en el éxito individual, no en el éxito colectivo y de la comunidad”, dice Holtz, que para explicar la cooperativa urge en primer lugar a recordar el momento político en que nació: en un país donde la lucha por los derechos civiles, la guerra de Vietnam, los movimientos de la mujer, por la liberación gay o el medioambiente hicieron a muchos fijarse en realidades injustas de EEUU. “Éramos una generación, o al menos una parte, que se da cuenta de que las autoridades no dicen la verdad, que aprende a no confiar. Y si no confías ¿por qué confiarías en el suministro de alimentos? Decidimos que podíamos tomar las riendas de las cosas lo máximo que pudiéramos. Y no podíamos volvernos granjeros, pero podíamos aprender a comprar, comprar mejor y directamente”.

Abrió sus puertas en 1973, pero se puso en pie, metafóricamente, en 1974, cuando se vio en el brete de expulsar a su primer cooperativista

“No inventamos nada nuevo”, recuerda también Holtz antes de repasar la historia del movimiento cooperativista. Y habla de los inicios, el aprendizaje sobre la marcha que hizo evolucionar rápido el modelo hasta plantar los firmes cimientos que se han mantenido inalterables, fidelidad que Holtz cree explica que ellos hayan ido mejorando y sobrevivido mientras otros muchos fracasaban. Y dice mucho que señale como el momento más importante de la cooperativa no cuando abrieron en febrero de 1973 sino un día a finales de 1974: la primera vez que se dijo adiós a un miembro por no hacer sus turnos. “Dejamos atrás todas las nociones hippies”, asegura el cofundador.

La cooperativa es también hija y testigo de Nueva York. Holtz recuerda que en los 70 “la gente huía de Park Slope, asustados por el crimen, y había también un componente de racismo”. Pero los alquileres eran baratos y llevaron al barrio a gente como ellos. Empezaron su proyecto alquilando una sala en la primera planta del centro comunitario Mongoose. No tardarían en acabar comprando el edificio “a buen precio”, en parte porque el casero simpatizaba con la izquierda (años después, ya sin simpatías de los propietarios que se reflejaran en el precio, compraron los dos adyacentes). Y desde ahí han sido testigos de cambios, incluyendo la gentrificación, pero Holtz resta importancia recordando que “es todo un ciclo”.

“No somos ni hemos sido un experimento”, remarca también. “La gente es social. Es como quien va a la iglesia incluso sin creer en dios porque le hace sentirse bien ser parte de una organización. Se crea una conexión”.

¿Quién no tiene 'haters' hoy en día? Para algunos, Park Slope es peor que el cooperativismo cubano, porque al menos en la isla caribeña con corruptelas te puedes librar de arrimar el hombro

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No faltan críticas y tensiones internas, como las que enfrentaron a miembros por una propuesta de boicot a productos israelís (que no salió adelante) o por “escándalos” que llegan a la prensa, como las denuncias de que algunos de los miembros más pudientes enviaban a sus niñeras a hacer sus turnos de trabajo o que se rechazara a los empleados unirse en un sindicato.

Tampoco hay escasez de miradas que usan el prisma del estereotipo y la caricatura para retratar la cooperativa o sus miembros, desde pintándolos como “frikis’ del kale hasta cuestionando el estricto modelo o la rigidez de algunos miembros. El Village Voice, por ejemplo, lo citó en 2004 como “el mejor lugar para experimentar como el comunismo lleva al fascismo” y en un artículo en otro medio un cubano aseguraba que “es peor que el socialismo”, porque “al menos en un país socialista, si conoces a la gente adecuada, puedes zafarte”. Para Tortoriello, en cambio, es apasionante ver esta especie de “célula del socialismo en el epicentro del capitalismo”. Por no hablar del queso, ¡una auténtica ganga, oiga!