Del 11 al 16 de mayo

Nace un festival contra la abulia arquitectónica de Barcelona

Los cineastas Pep Martín y Xavi Campreciós gestan BARQ, una muestra de documentales sobre las cimas y los abismos de la arquitectura contemporánea

Una escena de ’A machine to live in’, onírico documental a concurso sobre la deseada y decepcionante Brasilia.

Una escena de ’A machine to live in’, onírico documental a concurso sobre la deseada y decepcionante Brasilia. / BARQ

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Recuerden este nombre. BARQ. Es el nombre en cuatro letras del Festival Internacional de Cine de Arquitectura de Barcelona, uno de los más prometedores embarazos culturales de esta ciudad (que falta le hace, por cierto, que haya más) y que está a punto de salir de cuentas. Nacerá (vamos, que se celebrará) entre los días 11 y 16 de mayo y, vista la programación a concurso y también la que no compite, promete satisfacer con creces la pasión con que en esta ciudad, pese a todo, se goza aún de la arquitectura. No es un festival de arquitectura, avisan antes que nada los padres de la criatura, Pep Martín y Xavi Campreciós. Es, mejor aún, un festival de cine con la arquitectura como telón de fondo, un planteamiento tan generosamente abierto de miras que da pie a que algunos de los documentales presentados a concurso sean provocadoramente deliciosos.

Antes de relatar cómo nace el BARQ, justo en mitad de la Setmana de l'Arquitectura, he aquí un primer ejemplo para abrir boca. Luego habrá más. Es ‘Inside Prora’, una obra de la cineasta Nico Weber. Cuenta la historia terriblemente capicúa de Prora, el edificio más largo del mundo, un complejo turístico en las orillas del Báltico que Adolf Hitler mandó construir antes de la Segunda Guerra Mundial para que todo buen alemán tuviera derecho a su ración de sol y playa durante las vacaciones. Es una obra de más de cuatro kilómetros de longitud, concebida para albergar a unos 20.000 fieles obreros nacionasocialistas simultáneamente. La guerra impidió su inauguración, prevista para 1936. Se recicló en base militar, primero, y durante el régimen de la RDA fue campo de internamiento de disidentes. Luego llegó el abandono, pero, lo que son las cosas, parte del Prora ha renacido como un complejo de lujosos hoteles y apartamentos turísticos, como si Hitler, al fin y al cabo, tuviera razón.

Esa es la cuestión. Desde la arquitectura se pueden edificar relatos cinematográficos fascinantes. Un poco, ese es en realidad el origen del BARQ. Martín y Campreciós rodaron en 2018 un magnífico documental sobre el pabellón Mies van der Rohe de Barcelona, sobre su origen con motivo de la Expo de 1929, sobre su demolición en 1930 y, sobre todo, sobre la resurrección que contra toda lógica natural pero por fortuna emprendió Oriol Bohigas en los años 80. Aquel trabajo, ‘Mies on scene’, ha circulado y cautivado desde entonces alrededor del mundo con escala en 13 festivales distintos, entre ellos incluso los dos más importantes consagrados a esta disciplina, la arquitectura, el de Nueva York y el de Rotterdam.

Fue por eso, entre tanto hacer y deshacer maletas, que Martín y Campreciós repararon en lo insólito, que una ciudad tan apegada a su gótico de corta y pega, a su modernismo, a su primavera racionalista, a sus locos años 90, en que se fichaban arquitectos como el Barça contrataba delanteros, en una ciudad, en resumen, que en cada convocatoria del Open House se superas todas las previsiones de público, no había ningún festival sobre esta materia.

Eso es el BARQ, algo que ya era inexcusable. Para el proyecto, Martín y Campreciós han contado con el respaldo del Col·legi d’Arquitectes, de la Fundació Mies van der Rohe y de Arquin Fad, pero también de dos recipientes culturales a los que ya tardan en premiar desde las instituciones públicas, los Cinemes Girona y Filmin. Además de ese respaldo, BARQ ha nacido con alguien fundamental en la sala de máquinas, Núria Campreciós, que como los buscadores de oro con sus bateas ha sido la responsable de encontrar las pepitas entre los casi 200 documentales que han sido presentados. Al final, a concurso van ocho largometrajes y 11 cortos, y, para la sesión de despedida, un tesoro de 24 quilates, ‘Making a Mountain’, tan estupendo que pide a gritos un punto y aparte.

CopenHill, mitad central de residuos, mitad pista de esquí, otra locura hecha realidad del danés Bjarke Ingels.

/ BARQ

El documental gira en torno al Dalí de los arquitectos, Bjarke Ingels. Si el de Figueres era capaz de llevar a un lienzo sus ensoñaciones más surrealistas, este danés de 47 años es capaz de ir más allá y convierte las suyas en edificios, pero no en construcciones más estéticas que prácticas, si no en obras en las que lo loco y lo necesario encajan a la perfección. En ‘Making a Mountain’, el protagonista es CopenHill, el proyecto que presentó Ingels cuando le encargaron un edificio para una central de tratamiento de residuos en Copenhague. Aceptó el reto, pero convirtió la cubierta en una monumental estación de esquí. Hay que verlo para creerlo.

Ingels, lo cual es estupendo para esta crónica, fue estudiante de Erasmus en Barcelona y alumno de Enric Miralles. Eso fue en 1996, en el ecuador de una década en la que esta ciudad aspiraba a ser el ombligo arquitectónico del mundo. Puede que no haya pasado suficiente tiempo para analizar con nítida precisión cromática las luces y sombras de aquel periodo, pero el contraste de ese entonces con el actual ahora es otra materia de estudio.

Las entradas para el BARQ ya están a la venta. Filmin es otra opción, ya que la pandemia limita aún el aforo en las salas de cine. Cada largometraje se proyectará dos veces y los cortometrajes, agrupados en grupos de seis y cinco piezas, también. La web oficial del festival es perfecta para conocer bien el qué, el cómo y el cuándo.

Cinemes Girona y Filmin serán las salas de proyección del festival, dos recipientes culturales que ya tardan las autoridades en premiar con un reconocimiento público a su labor

Aquí, mientras tanto, lo interesante es subrayar la feliz idea que es el nacimiento del BARQ, que no pretende ser un proyecto cultural aséptico y neutral, sino que, a su manera, es militante. El propio cartel oficial es toda una declaración de intenciones. Son cuatro butacas de cine colocadas a los pies de las tres colosales torres de la antigua central térmica de Sant Adrià. En una de ellas se sienta, como público, la arquitecta afincada en Barcelona Tomoko Sakamoto. Elegir ese escenario nunca puede ser casual. Que con esos tres enormes falos de hormigón aún no se sepa qué narices hacer solo puede calificado como abulia o, para ser más exactos vistas sus formas, un preocupante caso patológico de anafrodisia arquitectónica.

El BARQ va precisamente de eso, de cómo la arquitectura es importante porque predetermina las formas de vivir. El director Radu Ciorniciuc concursa con ‘Acasa, my home’, la historia de la familia Enache, que vive feliz su vida rural junto al río a las afueras de Bucarest hasta que las autoridades deciden que aquello tiene que ser un parque nacional y les obligan a sufrir la ingrata vida urbana.

‘A machine to live in’ es, en boca de quienes la han podido previsualizar, lo más parecido a que David Lynch tomara como sujeto de una de sus historias la ciudad de Brasilia, un disparate urbanístico sin rival que le tosa en todo el siglo XX.

Merece también la pena reparar en Richard Leplastrier, bautizado como el Cocodrilo Dundee de la arquitectura, un profesional de este gremio admirado en Australia y casi desconocido en el hemisferio norte.

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Hay mucho más, por supuesto. En cualquier caso, lo dicho al principio. Recuerden este nombre. BARQ.