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Nest City Lab: un oasis sostenible en Barcelona

  • Aquí se palpa la misma conciencia ecológica que si compartieras piso con Greta Thunberg. “Laboratorio urbano para la sostenibilidad”, así lo definen

  • Es un espacio donde ir a trabajar, a lo 'coworking', pero compartiendo filosofía Zero Waste. Una “comunidad de práctica” donde crear hábitos eco-friendly

Los cocreadores del Nest City Lab posan junto a su bosque comestible. De izquierda a derecha: Sébastien Détroyat, Sandra Martín-Lara, Valerie Aubert con su hija Alba-charlyne en brazos, Fabien Franceschini y Loba.  

Los cocreadores del Nest City Lab posan junto a su bosque comestible. De izquierda a derecha: Sébastien Détroyat, Sandra Martín-Lara, Valerie Aubert con su hija Alba-charlyne en brazos, Fabien Franceschini y Loba.   / Laura Guerrero

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Parece una alucinación Disney: abres la puerta y, ¡zas!, entras de golpe en un bosque de cuento, con pajarillos que cantan y gente que va a trabajar más sonriente que los enanitos de Blancanieves. No, no has salido del Poblenou. Estás a apenas cinco minutos de Glòries, entre plataneros, plantas de café, una higuera interminable. “El bosque comestible”, lo llaman. Arriba hay un huerto urbano donde crecen acelgas, tomates, albahaca. Cocina de kilómetro 0,0: se sirven en un restaurante escaleras abajo. Se palpa la misma conciencia ecológica que si compartieras piso con Greta Thunberg. Es un oasis sostenible. En el mismo edificio puedes encontrar ropa de segunda mano, quesos veganos, hasta gafas de sol hechas con residuos locales. No se ve nada plastificado hasta donde alcanza la vista. Cinco minutos aquí y te entrarían ganas de reciclar incluso a Belén Esteban. 

Nest City Lab (Àlaba, 100). Es “un laboratorio urbano para la sostenibilidad”, así lo definen. Un espacio donde ir a trabajar, a lo 'coworking', pero compartiendo filosofía Zero Waste (Residuo Cero). Una “comunidad de práctica”, que dicen ellos, donde crear hábitos eco-friendly. “Si abres los ojos –dice Valerie-, te darás cuenta de que lo que necesitas es muy poco”. Ya son 150 miembros.

Nest City Lab: un oasis sostenible en el Poblenou. / Ana Sánchez

Valerie Aubert, 45 años, habla con acento francés y la convicción de que se puede cambiar el mundo. Solía dirigir documentales sobre sostenibilidad. Al nacer su primera hija, ella y su pareja, Fabien Franceschini, decidieron mudarse de París. “Había que hacer cola en los parques”, resopla. Se instalaron en Barcelona hace una década. Y acabaron echando raíces en formato literal.

A la pareja se les unió Sébastien Détroyat, compañero de productora de Valerie. Los tres crearon Apocapoc BCN: así bautizaron el eco-proyecto. “Puedes caminar a tu ritmo, a poc a poc, poco a poco –justifica el nombre Valerie-, pero tienes que caminar”. Caminar hacia una vida más sostenible. El proyecto –insiste Valerie- siempre pasa por la experiencia: “Experimentas cómo podrías cambiar tus hábitos, ves el valor que conlleva y eso te da la motivación para cambiar más hábitos”. 

Uno de los espacios de trabajo del Nest City Lab.

/ Laura Guerrero

En 2013 estrenaron en el Born su primer espacio eco-friendly: Born, lo llamaron, por el barrio y por su traducción inglesa: nacer. Tenían plantas, muchas plantas, cubiertas verdes, materiales naturales, actividades eco. Se convirtió en un 'coworking' “con principios sostenibles”, define Sandra. Llegaron a ser 70 miembros.

Si ves a una perra negra –Loba, se llama- es que Sandra está cerca. Sandra Martín-Lara, 42 años, arquitecta sostenible. Con las crisis de 2007, se reinventó en África. Llegaría a construir en comunidades masáis. “Allí me di cuenta de cómo optimizar los recursos –recuerda-. cómo valorar lo que tienes. Trabajar en la escasez”. Al volver a Barcelona, montó un sistema de construcción con madera y tierra. “Los materiales más abundantes del planeta, biodegradables, reutilizables”. Buscaba un espacio donde trabajar y se topó con el Born de Apocapoc. Acabó siendo la cuarta cocreadora del Nest City Lab. “El nido”. Es lo que significa 'nest'. 

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Hoy es día de 'learning lunch'. “Es uno de nuestros rituales”, explica Valerie. Sabiduría masticadita: aprendes mientras comes. “Cualquier persona puede venir a hablar de alguna de sus pasiones”. Ahora mismo hay charla sobre águilas entre el clin-clin de los cubiertos. Hoy toca aprender de aves. Frente a los 'tuppers' se ha hablado incluso de juguetes eróticos. El jueves hay 'culture jams': propuestas culturales de la comunidad. El sábado aquí es el 'good deed saturday' (el día de las buenas acciones). Preparan comida para personas que están viviendo en la calle, por ejemplo.

Rutina sostenible

No se identifican con la palabra 'coworking'. “No es solo una mesa y una silla –insisten-. Es una experiencia”. En vez de tener que irte a algún sitio para aprender algo nuevo –apuntan-, ellos te lo llevan donde pasas la mayor parte del tiempo: trabajando. La vida sostenible pasa a ser una rutina cotidiana. Es el único requisito para formar parte de la comunidad: “Estar abierto a cambiar tus hábitos”.

Es inevitable adentrarse en el bosque según entras y sales. “Es el corazón del proyecto”, asienten. Diseñado según la permacultura. “La agricultura permanente”. Su objetivo es comestible pero también simbólico: “Mostrar la abundancia que tienes aquí mismo, debajo de los pies”. También tiene función medioambiental: “Los árboles filtran el aire, oxigenan el suelo”, enumera Valerie. “Y relajan la mente –añade Sandra-, está estudiado psicológicamente”.

En la entrada anuncian su Leed: certificado de edificio sostenible. Son 1.500 metros cuadrados 100% eco-friendly que parecen sacados de un catálogo nórdico. Mantiene la estructura original de la calderería familiar que fue entre árboles, mesas de madera y sofás 'vintage' de esos que abducen.

Una niña juega con un aro en la zona de yoga y mindfulness del Nest.

/ Laura Guerrero

Subes unas escaleras y te topas con una biblioteca comunitaria. Más escaleras y te encuentras a Ana Luz haciendo el saludo al sol antes de un Zoom en la zona de yoga y 'mindfulness', entre aros y telas colgados del techo. “Hay tacos”, te anuncia el menú de proximidad de hoy. Es una de las creadoras de la cantina vegana de abajo: Väcka. En sueco significa despierta.

Un refugio para mentes inquietas”, se lee en un cartel. Eso es que estás cerca del huerto urbano. Arriba hay 40 torres aeropónicas. “No necesitan tierra”, te explican in situ entre hileras de albahaca, kale y tomates que crecen en vertical. “De la torre al plato”, se ríen. Destinan 10 a experimentar con semillas antiguas. “Para preservar la biodiversidad”.    

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Tienes a mano agua filtrada. “Para que la gente no tenga que venir con su botella de plástico”, explica Valerie. “Y bolsas de tela, por si quieres ir a comprar”, añade Sandra. Hasta disponen de un sistema de fitodepuración (las aguas grises de los baños y las cocinas también se filtran a través de plantas). “Devolvemos todo a la tierra”.   

Lo dicho: un oasis. “Un oasis con abundancia”, puntualizan las cocreadoras. “Solo poniendo unos elementos en común, hay de todo. No necesitas más”.