BARCELONEANDO

Las 10 barreras urbanísticas de Barcelona

La ciudad no es un largo río tranquilo, sino un puzle de piezas que la historia ha ido moldeando y que en algunos casos, por las prisas o la funcionalidad, se han convertido en muros para los vecinos

Las plaza de las Glòries, en obras.

Las plaza de las Glòries, en obras. / Ferran Nadeu

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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En una reciente entrevista en este diario, la arquitecta Benedetta Tagliabue decía lo siguiente sobre el urbanismo táctico: "No podemos ahora meter barreras de cemento en la calle. Barreras, barreras, barreras. Es lo contrario de lo que se ha estudiado hasta ahora". Sobre la conexión de las dos líneas del Tram, hablaba en términos similares: "El tranvía es otra barrera. Siempre están los raíles. Es algo que me parece que interfiere demasiado". Aquí no se entrará a valorar la opinión de una persona que además es experta en la materia, pero sí brinda una ocasión estupenda para dar una vuelta por la Barcelona de las fronteras, por aquellas estructuras (viales, ferroviarias, naturales e incluso monumentales) que separan barrios y generan núcleos de difícil encuentro.

Las Glòries

El nudo jamás bien resuelto que era el centro de la metrópolis dibujada por Cerdà. Crisol de vías de tren y de metro, y embudo viario para los que entran desde el Maresme. En el 92 se levantó ese tambor aéreo de ínfulas norteamericanas, generando en el centro una zona verde que se convirtió en un lugar residual. En el 2014 se derribó y empezó la transformación, la enésima, que prevé un parque en superficie, la Canòpia, de 12 hectáreas, y esconde los coches en un túnel viario que debería entrar en funcionamiento a finales de año. Ahí confluyen cinco barrios y dos distritos. Y las tres calles más importantes de Barcelona: Meridiana, Gran Via y Diagonal. Más que una barrera, un muro al estilo 'Juego de Tronos'. También es una barrera, en este mismo ámbito, la entrada de la C-31 en la gran ciudad, a pesar de las pantallas acústicas (una obra lineal de 3,7 kilómetros) diseñadas precisamente por Tagliabue.

Análisis de 10 de los muros que podemos encontrar de Barcelona / Ferran Nadeu

La Sagrera

Sin lugar a dudas, la barrera que más injusticia social arrastra. Lo fácil es remitirse al inicio de las presentes obras, hace más de 10 años, pero lo cierto es que esta brecha ferroviaria ha sido siempre, con o sin obras, un agujero casi infranqueable de 3,8 kilómetros, desde el puente de Bac de Roda hasta Trinitat. El 11% de la población de Barcelona (177.000 habitantes) vive en los siete barrios por los que trascurre la herida. Curiosamente, todos estos vecindarios están por debajo de la media en cuanto a renta familiar, demostrando, una vez más, que los lugares más desfavorecidos siempre tienen dos tazas.

Sagrera, más de 10 años de obras pero muchas décadas convertida en una cicatriz ferroviaria de casi cuatro kilómetros

/ Ferran Nadeu

Ronda Litoral

Los Juegos del 92 fueron una maravilla. Y los años previos, una acumulación de histeria y prisas que dejaron un panorama aparentemente resultón. La Ronda Litoral, por ejemplo. Si en el Maresme tienen la frontera ferroviaria casi sobre las olas, aquí tenemos esta autopista estrecha que pone en entredicho eso de que Barcelona dejó de estar de espaldas al mar. Cierto es que el litoral se recuperó, pero la arteria sigue al descubierto en buena parte de su trazado urbano, sobre todo en Sant Martí, pero también en Ciutat Vella, donde queda parcialmente tapada y genera además un incómodo escalón. Colau planteó en la campaña de las municipales de 2019 cubrir 4,5 hectáreas para levantar pisos. Nunca más se supo.

Ronda Litoral, a menudo, un muro casi infranqueable para llegar al litoral que se recuperó de la mano de los Juegos

/ Ferran Nadeu

Ronda de Dalt

La misma historia en versión de barrios de montaña. Apenas hay tramos cubiertos (Pedralbes, 500 metros de Sarrià y tramos más generosos a partir de la plaza de Karl Marx), así que la vía discurre al viento generando una larga barrera entre Collserola y la ciudad. En el pasado mandato se impulsó la cobertura de 200 metros de arteria en Vall d'Hebron, estrenada en enero de 2020, pero los vecinos siguen reclamando que se cumpla lo prometido en tiempos de Trias, esto es, taparlo todo por una cifra no inferior a los 400 millones de euros (cantidad que se dio sin proyecto alguno sobre la mesa). Se acaban de gastar 17,2 millones, la cosa irá piano piano.

La Ronda ha cubierto un pedazo de galería en Vall d'Hebron, pero se mantiene como muro que separa Collserola de la ciudad

/ Ferran Nadeu

Sagrada Família

Es una tipología distinta de barrera. Sitúense antes de la pandemia, cuando el templo de Gaudí era un crisol de civilizaciones, un avispero de turistas. Era una frontera, o más bien una seta, porque los vecinos habían quedado completamente desnaturalizados, a nivel de comercio y de vida de barrio, por la presencia constante de forasteros. También el turismo masivo, aunque sea un obstáculo dinámico y cambiante, puede ser una barrera.


La Sagrada Família empezó a levantarse cuando todo eran campos. A día de hoy, un monumento que apenas dialoga con el Eixample

/ Ferran Nadeu

La Rambla

Sucede un poco lo mismo. Este largo paseo de 1,2 kilómetros es, en situaciones normales, una pasarela de visitantes que ha convertido el Gòtic y el Raval en compartimentos estancos. Una barrera de flores con mercado incluido, y a la vez el reflejo de la Barcelona más alienada de sí misma, con una restauración y un comercio que ya hace tiempo que desconectaron de la realidad local. Tiene una reforma a la vista. Para la que hay proyecto pero no dinero. O sea, por ahora, nada.

La Rambla, templo del turismo que separa el Raval del Gòtic

/ Ferran Nadeu

Moll de la Fusta

Sea porque en el paseo de Colón todavía quedan edifico públicos totalmente ajenos a todo, como la capitanía general, o por la presencia de la Ronda Litoral, el Moll de la Fusta, destinado a unir con amabilidad mar y ciudad, terminó siendo una barrera más por culpa de los desniveles y el entorno. Al principio tuvo incluso cinco restaurantes. Nada queda de todo aquello, solo la gamba de Mariscal, el papá de Cobi y Petra, que en este caso adornó el restaurante Gambrinus con este enorme crustáceo. Se fue con el local, pero el ayuntamiento la compró en 2004 y la devolvió a su lugar original. Tiene delito que esta zona de la ciudad siga sin resolverse, teniendo en cuenta el lugar en el que está y que lleva 30 años en barbecho.

El Moll de la fusta, probablemente, una de las mayores oportunidades perdidas de los Juegos del 92. Con el escalón de la Ronda Litoral, todo un muro para enlazar con el mar

/ Ferran Nadeu

El Morrot

El número 8 podría ser Montjuïc en genérico porque la montaña sigue siendo una oportunidad perdida, a pesar de tener una de las zonas olímpicas con más uso una vez pasados los Juegos. Pero el Morrot es especialmente sangrante, porque representa el enorme abismo existente entre el ocaso de Paral·lel y la Marina del Prat Vermell, al otro lado de la montaña con castillo. Desde la desaparición de las chabolas, a lo largo de los años 70, y el fin de Can Tunis, a principios de siglo, los únicos beneficiarios de este rincón de Barcelona han sido el puerto y los coches. En tiempos de Hereu se quiso explotar la biodiversidad del lugar. Nada. Y en la etapa de Trias se intentó impulsar un barrio entre marina y tecnológico, el Blau@Ictinea. Tampoco.

El Morrot de Montjuïc, una barrera infranqueable a pie que separa Paral·lel de los barrios de la Marina

/ Ferran Nadeu

Túnel de Vallvidrera

Las obras de la boca sur de los túneles de Vallvidrera empezaron en 1988, aunque esta infraestructura llevaba décadas en el mundo de las ideas políticas. La galería se inauguró en 1991 y se convirtió en el máximo exponente del fin abrupto de una autopista: del agujero viario a una calle urbana en menos de 50 metros, y con un radar de los que más se ponen las botas. A pesar de que la velocidad ya se reduce antes de llegar a la Via Augusta, el cambio de escenario, del puro cemento a una de las arterias principales de la zona alta de Barcelona, llama la atención. La galería, además, queda al descubierto entre la Bonanova y la plaza de Borrás, dividiendo Sarrià en dos, precisamente, en una zona repleta de escolares y universitarios. La cobertura de la Ronda del Mig y la urbanización de la superficie ya demostró años atrás cómo la vida vecinal se multiplica cuando se sutura una cicatriz. En este caso, además, se crearía un acceso naturalizado hacia Collserola.

La entrada de la galería que viene de la cara norte de Collserola es un buen ejemplo de acceso abrupto de una autopista al interior de una gran ciudad

/ Ferran Nadeu

Camp Nou

Basta con observar Les Corts a vista de pájaro para darse cuenta de hasta qué punto el Camp Nou, la finca privada más grande de la ciudad, se come buena parte del barrio de la Maternitat i Sant Ramon. Pero eso por sí solo no es un problema. Sí lo es la nula relación de este templo del fútbol con su entorno, lo que ha generado una relación de amor odio de los vecinos hacia el Barça. El club tiene entre manos desde hace tres años la renovación de su finca. Espai Barça, se llama el proyecto. Debería permeabilizar el Camp Nou, creando hasta 32.000 metros cuadrados (el equivalente a tres manzanas del Eixample) de zona verde abierta a la ciudadanía. Quizás así dará algo de cumplimiento a eso de ser más que un club.

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/ Ferran Nadeu

No cabe duda de que Barcelona tiene otras barreras. No digamos ya si nos referimos a las que sufren las personas con discapacidad, o la gente mayor. O los niños, para los que una calle de más de un carril ya supone atravesar de un planeta a otro. En cualquier caso, nada que no pueda resolver el urbanismo táctico. ¿O era al revés?