Tesoros de Baetulo

Salve!, Badalona nos abre las puertas de la Casa de l'Heura

Con unos recursos narrativos que enamoran, el Museu de Badalona incorpora una nueva joya a su ruta de yacimientos romanos visitables

Proyección sobre el pavimento del ’triclinium’, el teatral comedor de toda adinerada casa romana, en la Casa de l’Heura.

Proyección sobre el pavimento del ’triclinium’, el teatral comedor de toda adinerada casa romana, en la Casa de l’Heura. / RICARD CUGAT (Ricard Cugat)

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Badalona celebra este fin de semana la decimosexta edición de la Magna Celebratio, anual viaje en el tiempo que por estas fechas se lleva a cabo para recordar el esplendoroso pasado romano de la ciudad. Dieciséis años no son pocos. Menos tiempo se sentaron en el trono imperial Calígula (14), Claudio (13), Nerón (14) y Cómodo (12), por citar cuatro de los pocos que no duraron en el cargo ni un suspiro. El caso es que, como en cada edición, hay un eje narrativo central, en esta ocasión las enseñanzas de Vitruvio, tal vez el arquitecto más influyente de la historia, pero sobre todo despunta en el programa la apertura al público de otro tesoro arqueológico recuperado por el Museu de Badalona, la Casa de l’Heura, el hogar de una adineradísima familia de la antigua Baetulo que ha sido musealizada de una forma, por resumirlo en una única y adecuada palabra, magna.

Una visita a la hoy subterránea pero aún así monumental Badalona romana no era hasta ahora completa sin, antes de partir, visitar la Casa dels Dofins, magnífica residencia de algún gran empresario del vino de hace dos milenios, que debe su nombre al gran mosaico de la sala principal de la finca, decorado con seis delfines y un pobre pulpo que como está en franca minoría numérica no pudo participar en el bautismo de la residencia. La Casa dels Dofins es (lo saben los que la conocen) una joya.

Los antiguos depósitos de vino de la Casa de l'Heura.

/ Ricard Cugat

Fue durante unas obras que se llevaron a cabo en los años 90 que se descubrió que a poquísimos metros de aquel casoplón había otra residencia señorial, conocida como Casa de l’Heura porque ahí se descubrió otro mosaico, esta vez decorado con unas hojas de hiedra, una de las plantas de referencia de la iconografía de Baco y que, de paso, indicaba así que el dueño de aquella finca era también un productor de vino. Es esta segunda casa la que ahora se incorpora al patrimonio visitable de Baetulo, de forma intensa durante la Magna Celebratio y, después, el segundo domingo de cada mes el resto del año.

La visita, vaya esto como anticipo, es una maravilla porque el Museu de Badalona, siempre exquisito en las formas en que exhibe su colección, ha incorporado cuatro recursos narrativos muy efectivos y sorprendentes. Pero, antes de detallarlos, el contexto, que no es poco.

Plano a escala de las dos villas señoriales, a la izquierda, la Casa dels Dofins, y, a la derecha, la Casa de l'Heura, con porciones aún por descubrir.

/ Museu de Badalona

A Baetulo, el tránsito de la República a la Roma de los emperadores le sentó tan bien que cualquier antepasado de Carlos Solchaga (uno de los más bocachancla ministros de Economía de la España moderna) podría haber dicho aquello de ‘Baetulo est civitas orbis terrarum est in qua ditari possit citius’, es decir, traducido, un lugar sin igual en el mundo para hacerse millonario. De entre quienes entonces escalaron esa cima se conoce el nombre, por ejemplo, de Marcus Porcius, cuyas ánforas de vino de exportación han sido halladas por los arqueólogos en buena parte de la geografía de la antigua Roma. Pero no era el único. En los 100 años previos al reinado de Augusto, Baetulo creció social, económica y urbanísticamente de forma exponencial. En el subsuelo del Museu de Badalona se puede visitar la ciudad de las calles estrechas, la tabernaria, la de las termas populares, la del bullicio… La Casa dels Dofins y la de l’Heura son lo contrario, la zona alta, topográfica y socialmente. En cierto modo, la visita tiene algo de portada de la revista ‘Salve’!, el '¡Hola!' de la antigüedad, si es que alguna vez existió. La familia tal o cual nos abre las puertas de su hogar. Ese sería el título de la portada.

Las dos casas estaban una al lado de la otra, separadas solo por el Cardo Maximus, es decir una de las dos vías principales de toda ciudad romana, que en el centro neurálgico de la urbe interseccionaba con el Decumanus Maximus. Solo por situar la cuestión y en una comparación de muy libre factura, serían el equivalente a la cruz que forman en Barcelona el paseo de Gràcia y la Gran Via. En el caso de estas dos villas de Baetulo, por seguir con la comparación, estarían situadas en la zona más alta y noble del paseo de Gràcia, con excelentes vistas sobre el resto de la ciudad y sobre el mar. Son dos casas, además, explican Joan Mayné, antiguo director del museo, y Esther Gurri, responsable de memorables exposiciones de ese centro cultural, claramente vitruvianas, es decir, fieles a las proporciones y distribución que dictó aquel teórico de la arquitectura clásica.

En la Casa dels Dofins, los visitantes pueden conocer la funcionalidad cotidiana de una casa romana. En la Casa de l’Heura, aunque la distribución es muy semejante, Mayné y Gurri han optado por brindar a quienes cruzan el umbral una experiencia distinta y complementaria de la anterior.

Grafiti pompeyano, reproducido en el muro exterior de la Casa dels Dofins, para dar verosimilitud a la cotidianidad romana de Baetulo.

/ RICARD CUGAT

Hay que reparar primero, nada más entrar, en el gran mural de la izquierda. Reconstruye el aspecto exterior de la vecina Casa dels Dofins, de forma tan fiel que no falta ni siquiera ese vicio tan romano y a la par tan actual de escribir en las paredes de la ciudad grafitis no siempre de buen gusto. Para los romanos, cualquier pared parecía un lienzo. Son reales. No de Baetulo, sino que son copia de los descubiertos en su día en Pompeya. No importa. Los elegidos por Gurri, no obstante, no son de los más obscenos de la colección pompeyana ('Fortunata la mama por dos monedas de bronces'), sino los de elogio, por ejemplo, a las hazañas de gladiadores como Marco Attilio.

Eso, en cualquier caso, es solo un aperitivo. El plato principal son dos películas que se proyectan sobre tres estancias de la casa y una ambientación en 3D que enamora por su sencillez, porque con un juego de luces y sombras muestra el paso de las horas del día en el jardín.

En las películas, a partir de versiones animadas de frescos y mosaicos romanos de yacimientos reales se narra en una de las películas el proceso de producción y exportación de vino en Baetulo, por cierto, con final infeliz, pues el barco cargado de ánforas se hunde frente a las calas de Port de la Selva (es un suceso real), siempre para gran alegría, claro está, de los arqueólogos actuales.

Mosaico romano en que se muestran los alimentos tirados en el suelo durante un festín en el 'triclinium'.

/ Museos Vaticanos

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La otra película es, si cabe, aún más interesante. Se proyecta sobre el pavimento del ‘triclinium’, que sería el equivalente del actual comedor, equivalencia que se queda muy corta si se subraya la teatralidad de todo cuanto ahí sucedía.

Que el suelo se emplee como pantalla de proyección tiene gran sentido. Las normas de etiqueta exigían entonces que los restos de comida se tiraran al suelo. Hay incluso mosaicos en yacimientos de la antigüedad que reproducen con orgullo esa escena que con ojos de hoy en día resulta realmente cochina, pero todo estaba perfectamente pautado. Fue Claudio quien incluso legisló sobre la conveniencia de eructar durante los festines. La cena no era solo una reconstituyente comida, era un acto social en el que llegó a estar fijado un número adecuado de comensales, preferentemente un múltiplo de tres, de modo que era casi un oficio el ofrecerse como gorrón a las puertas de las casas para que a uno le invitaran solo por cumplir con la norma matemática. De los cazadores de cenas, como se les llama, se esperaba como mínimo que fueran buenos contadores de historias o chismorreos dignos del ‘Salve!’. Baetulo seguro que tuvo los suyos.