La churerrría de Mariano, según se mire, una suerte de colono en la conquista de lo que hoy es la Via Favència.

Ascenso y caída de Barcelona

Carles Cols | 10 abril 2021

Tras un hercúleo trabajo de búsqueda, el historiador Daniel Venteo completa el álbum de fotos de una ciudad que se atrevía con todo y que al final ese todo le vino muy grande

De las imprentas han salido tantas decenas de distintos libros de fotografías de Barcelona, maravillosas ediciones a menudo, que nada raro sería que esta ciudad terminara por enamorarse de su propio reflejo en un estanque y, como un Narciso, muriera ahogada en su autocontemplación. Los hay, no hay que avergonzarse por ello, dignos de ser atesorados en el mejor estante de casa, como ese ‘Barcelona’ que La Fábrica y el Ayuntamiento de Barcelona publicaron en 2014 con unas 300 fotos tomadas en la ciudad por nombres ilustres del gremio del clic, como Richard Avedon, Henri Cartier-Bresson y Helmut Newton, entre otros. El último libro recién salido de la imprenta, una obra de la editorial Efadós, es distinto a todos los anteriores. Se podría decir que es el verdadero primer álbum de fotos de Barcelona, en el sentido literal del término, fruto de un hercúleo trabajo del historiador y museólogo Daniel Venteo, que ha seleccionado casi 600 imágenes, muchas inéditas e insólitas, tomadas por barceloneses de todo tipo entre los años 1844 y 1986. También se merece un lugar en el mejor estante.

Venteo ya había llevado a cabo en 2013 una interesante aproximación a la historia de esta ciudad. Publicó aquel año ‘Autobiografía de Barcelona, 319 páginas en las que a través de miles de documentos que se conservan en los archivos municipales lograba que la ciudad escribiera una suerte de ‘mi diario’. Su nuevo libro, ‘Barcelona, crónica fotográfica 1844-1986’, no solo es distinto por su contenido, sino, sobre todo, por sus efectos sobre el lector. Logra la magia de que cada cual entrevea en esa sucesión de cautivadoras escena un distinto hilo argumental.

La plaza de las Glòries, en 1940 o, desde el punto de vista urbanístico y como diría Stalin, "una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma".

/ Autor desconocido / Museu del Ferrocarril de Catalunya

Por ejemplo. Hay, en el tercio inicial del volumen (568 páginas en total, que no son pocas) una mirada sobre cómo se construyó la Barcelona que las actuales generaciones de vecinos recibimos como herencia. El orden es cronológico, así que ese primer tercio corresponde principalmente al siglo XIX y a los primeros pasos del XX. En una de las fotografía se puede contemplar la construcción a medio hacer de la sede central de la Universitat de Barcelona. Es una imagen fechada el 15 de febrero de 1865. Los muros de la universidad cogen altura rodeados de una inmensa nada.

Unas páginas más adelante y bastantes años más en el tiempo, lo mismo sucede con una vista general de la Casa de les Punxes. El Eixample era un latifundio aún de solares y Josep Puig i Cadafalch, quién sabe si un poco por contrariar a Ildefons Cerdà, levantó una suerte de versión catalana del castillo de Newschwanstein en mitad de la cuadrícula. Es lo que transmite la imagen del edificio ya terminado y, como en el caso antes comentado, rodeado de nada o muy poco aún.

El Gran Hotel Internacional, en 1888, puesto en pie en tan solo 13 meses y demolido al cabo de un año abierto al público.

/ Léon & Lévy / Colección particular Daniel Venteo

Esa es una de las lecturas posibles del libro, es decir, la mirada a largo plazo con la que en su momento se construyó Barcelona o, como diría una madre de las de antes, si hay que comprarle pantalones al niño, que sean crecederos. A su manera, ese tercio inicial del libro es un retrato psicológico de la ciudad. Se cree entonces capaz de todo y más. No hay mejor foto para definir ese ego superlativo que la del monumental hotel Internacional que se levantó en el paso de Isabel II en un tiempo récord de 13 meses de obras y solo para la celebración de la Exposición Universal de 1888. Terminada la cita, se demolió, no sin pena por parte de los barceloneses, que le habían cogido cariño.

La avenida de la Meridiana en los años 60, una cicatriz de 12 carriles que se hundía hasta el corazón de la ciudad.

/ Martí Ferrer Martínez

Es una de las lecturas que brinda el libro. Para Venteo, sin embargo, eso es solo un aperitivo del plato que en realidad pretende servir con este libro. El autor ha capitaneado lo que podría considerarse una expedición de arqueología fotográfica admirable, pues ha ido en busca durante meses de los negativos que las familias de la ciudad guardan en casa en un cajón. Ha excavado, por supuesto, solo una parte infinitesimal de ese gran yacimiento, pero lo hallado hasta ahora le ha permitido armar un álbum de fotos colectivo emocionante y, al mismo tiempo, generador de un relato propio.

La churerrría de Mariano, según se mire, una suerte de colono en la conquista de lo que hoy es la Via Favència.

/ Ginés Cuesta Ortiz

Aparecen en el libro fotografías jamás vistas antes de episodios mil veces narrados de la historia de Barcelona, que no han sido pocos. También, miradas distintas de lugares sobre los que se creía saber todo. Podría caber dentro de esta última clasificación la fotografía que un aficionado del que no se sabe el nombre tomó de la milenaria cantera de Montjuïc. De ahí sacaron los romanos las piedras para sus templos y fue esa misma cantera la que abasteció de material a quienes edificaron la Barcelona medieval. A caballo de los siglos XIX y XX, y eso es lo que muestra la foto, la cantera era un fecundo taller de piedras de molino, un oficio condenado a la extinción, como años más tarde el de repartidor hielo, también perfectamente documentado en el libro de Venteo.

Tallado de piedras de molino en la misma cantera de Montjuïc que 2.000 años antes proveyó a los romanos de material para construir sus templos en Barcino.

/ Autor desconocido / Colección de Cayetana Gomis Fletcher

Pero eso, con todo, solo es la punta del iceberg. Aquella ciudad que tras la caída de las murallas se creía capaz de someter el campo hasta el infinito con el yugo de la cuadrícula de Cerdà se quedó un día, sin que haya de ello una fecha precisa aunque sí muchas razones, sin fuerzas. Cuanto más lejos del centro histórico, más débil era el músculo. Ahí no tenían interés en estar, claro, los fotógrafos de antes, los vinculados de un modo u otro al poder político o económico, o simplemente los ‘barcelonabelievers’ que siempre han existido. Ahí estaban, por fortuna para Venteo, los vecinos que con sus cámaras fotografiaban lo cotidiano sin saber entonces que aquella escena en principio de consumo doméstico iba a tener algún día, hoy, por ejemplo, un valor documental extraordinario.

La calle de Simancas, barrio de Roquetes, en 1978, un ''Gernika urbanístico' en toda regla.

/ Ginés Cuesta Ortiz

No es fácil elegir, entre tantas, una fotografía paradigmática que resuma el espíritu que impregna el libro. Pero, puestos a destacar una, la de la página 544. Aquí la tienen, sobre estas líneas. Ginés Cuesta (Barcelona, 1945) se estrenó como fotógrafo aficionado durante la nevada de 1962. No fue el único que en aquella fecha de meteorología insólita tuvo, en todos los sentidos del término, una revelación. La foto de la página 544, no obstante, es muy posterior. No es de la nevada. La tomó en 1978. Es simplemente la calle de Simancas, en el barrio de Roquetes. Aquella ciudad que un día fue capaz de construir una soberbia universidad en mitad de un campo era ahora capaz de mantener sin asfaltar un barrio en el que las familias, como signo de progreso, se habían motorizado. Mírenla bien. No tiene título. Se merecería una. ‘El Gernica urbanístico’.

  

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