MEDIO AMBIENTE

El AMB declara la emergencia climática y se conjura para reducir las emisiones un 17,5% antes de 2030

La contaminación por residuos ha bajado mucho pero sigue estancada la vinculada a la movilidad y la industria

La Gran Via de Barcelona, repleta de coches

La Gran Via de Barcelona, repleta de coches / Joan Cortadellas

  • Las emisiones ya han caído un 33% respecto al 2005 pero todavía hay que eliminar más de dos toneladas de CO2

  • Cementos Molins es la instalación industrial que más contamina, con el 21% del total en el ámbito metropolitano

  • El AMB tiene competencias en agua, residuos y movilidad, pero todo depende de los municipios y de los nuevos hábitos

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Barcelona lo hizo el 15 de enero de 2020 y el Gobierno español, cinco días después. La declaración de emergencia climática puede leerse como un formalismo que no obliga a nada o puede interpretarse como un compromiso a largo plazo, con deberes concretos para evitar llegar al punto de no retorno en materia de crisis climática. El Área Metropolitana de Barcelona (AMB) se ha unido a esta batalla con el voto unánime de todos sus representantes. Empieza una carrera de nueve años hasta el 2030 en la que será necesario reducir 2,28 millones de toneladas de dióxido de carbono para cumplir con los requisitos de la Unión Europea. Será una mezcla de trabajo intenso en competencias propias (sobre todo agua, residuos y transporte) y de control de lo que hagan los 36 municipios del ente supramunicipal, sin olvidar la industria y las infraestructuras. Todo, sin que la economía se resienta, más bien lo contrario, e intentando que los 3,3 millones de habitantes del AMB hagan suya la cruzada.


/ AMB

El dato de referencia es el del 2005. Ese año, el entorno de Barcelona emitía un total de 19.684.604 toneladas de CO2 a la atmósfera. Para el 2030, esa cifra debería reducirse en un 55%, hasta las 10.771.533 toneladas. En el 2018, la reducción ya era del 33,5% (sobre los 13 millones de toneladas), con lo que todavía falta por eliminar 2,28 millones de toneladas, aproximadamente. Las cifras, sin embargo, tienen dimensiones muy dispares, porque hacen referencia a sectores en los que la Administración tiene competencias desiguales. Puerto y aeropuerto, por ejemplo, tiene sus propios planes vinculados al medio ambiente, pero las medidas que se han ido adaptando han ido de la mano de un crecimiento espectacular de ambas infraestructuras. El Prat, sin ir más lejos, debatía poco antes de la pandemia la necesidad de construir una tercera pista en terrenos del parque agrario, propuesta que parece que ahora ha quedado aparcada.


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Para dejar de emitir esas más de dos toneladas antes del 2030, el AMB confía en que cerca de la mitad puedan eliminarse gracias a los planes ya aprobados por el ente vinculados a la movilidad, el uso de la energía o la gestión de residuos. Las otras 1,2 millones de toneladas dependerán del trabajo que efectúen otros sectores, como el de la industria. Para todo ello, el Área Metropolitana de Barcelona se ha marcado cinco ejes clave a los vincula planes concretos, amén del concurso y colaboración del sector privado y de la ciudadanía. Son la transición energética, el uso y gestión eficiente de los recursos hídricos, la movilidad sostenible, la economía circular y los cambios en los modelos de producción y consumo y los nuevos modelos urbanos. A nivel industrial, el AMB ha detectado un incremento de las emisiones en los últimos años, en los que también ha habido un crecimiento económico. Cementos Molins es la instalación industrial con más emisiones de CO2 (21% del total), seguido de Gas Natural y Naturgy, con un 17% del total de este ámbito.


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¿En qué se traduce todo eso en el día a día de un residente dentro del perímetro de estos cerca de 600 kilómetros cuadrados? La gestión de los residuos, por ejemplo. Ha quedado demostrado que la recogida selectiva puerta a puerta es el sistema más efectivo para que el reciclaje se dispare, así que en un futuro no muy lejano, las ciudades tendrán menos contenedores y más bolsas en la puerta. Y si eso no es posible, ganará terreno el contenedor inteligente que se abrirá con un código y que dejará de ser un vertedero abierto las 24 horas del día. El modo de moverse también puede cambiar, siempre que se hagan efectivas las promesas en mejoras en materia de transporte (Rodalies, red de tranvía, más bus metropolitano, 'park&rides', carriles bici que conecten más y mejor los municipios...) que permitan que el uso del vehículo privado caiga de manera progresiva. El empleo, siempre que las empresas vean el lado bueno de lo que deja la pandemia a nivel laboral, deberían empezar a apostar, y de manera fija, por el teletrabajo que evite desplazamientos innecesarios, no solo a nivel metropolitano, sino también todo lo que tiene que ver con los viajes de negocios para, por ejemplo, celebrar una sola reunión a miles de kilómetros de casa.

A diferencia de Barcelona, cuyo consistorio anunció junto con la declaración de emergencia climática una inversión de más de 500 millones hasta el 2030, el AMB no acompaña la iniciativa de un presupuesto concreto. Todo queda en manos de la evolución de los planes metropolitanos y de la implicación de los municipios y de sus ciudadanos.