EDIFICIO MALDITO

Los vecinos del bloque Venus de La Mina exigen una actuación urgente en el degradado terrado

Los vecinos de Venus, en el barrio de La Mina, presionan a las administraciones para que agilicen los realojos.

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Con los 750 euros que les pagó Netflix por rodar en su portería algunas escenas de un ‘thriller’ protagonizado por Àlex Monner pintó la entrada e instaló los focos y los buzones. “Mira, estos fluorescentes son nuevos”, señala Abel Gómez Heredia, electricista hijo del bloque Venus, icono del barrio de La Mina y espejo de gran parte de sus males. Tras la puerta entreabierta de una de las viviendas de este rellano del inmenso edificio se ve, a contraluz, una mujer mayor sentada en el sofá con una pierna vendada y un hombre de espaldas terminando de fregar el salón. Es jueves por la mañana y lo que sucede en el interior de ese piso, ese el olor friegasuelos, contrasta con la dureza de la destartalada escalera, y todavía más con lo que sucede solo dos pisos más arriba, en el terrado de la finca.

El acceso a la azotea por la escalera en la que viven los padres de Abel, en la que este se crió, está cerrado con una cadena y un candado, cuyas llaves guarda Paqui Jiménez, el rostro más conocido de la lucha por la dignidad de un edificios y de todo un barrio. "Ese es el primer problema. Esto es una salida de emergencia y tener esta puerta cerrada es una responsabilidad, pero ¿qué hacemos?", expone esta valiente mujer menuda mientras abre la puerta. Las escaleras de hierro para subir al tejado están oxidadas y rotas -"vigila con eso", primer aviso de muchos- y la maraña de cables de fibra y telefonía son solo la antesala de lo que vendrá. 

Abel Gómez Heredia en una de las escaleras del edificio Venus de La Mina.

/ Ferran Nadeu

El terrado de Venus podría ser un lugar privilegiado. Un espectacular mirador sobre Barcelona. Tras los característicos edificios de chapa beige de La Mina salpicados de ventanas forradas de ropa tendida, asoma la punta de la Torre Agbar. También los rascacielos de Diagonal Mar, que desde aquí se antojan arrogantes, y al fondo, al otro lado, el Tibidabo, y girando un copo más la cabeza las Tres Xemeneies de Sant Adrià, su ciudad, que desde aquí arriba no parecen tan altas. Pero, toda esa belleza que brilla en el horizonte choca con la realidad de la propia azotea, sembrada de jeringuillas. El punto más alto del edificio maldito de La Mina esconde todas las miserias que no queda bien que se vean allí abajo, más allá de las fronteras del barrio. Entre las piedras de jardín que cubren todo suelo, además de agujas usadas dispersas por todo el suelo como minas, se mezclan zapatos, colchones, latas, bolsas, muebles, maderas, toallas, sacos de dormir, trozos de antena, muñecas, peluches y ropa, mucha ropa. “¿Crees que las administraciones permitirán que 200 familias vivieran aquí debajo en cualquier otro sitio? Ya les está bien que todo esto esté aquí. Si están aquí no estarán en otro sitio que les moleste más”, pregunta Paqui Jiménez. 

Filtraciones y ratas

“Si todo va como nos dicen, que aquí estamos todos muy desengañados, ya, mucho; el plan es que los primeros realojos sean en el 2023. No podemos seguir así hasta entonces. Tienen que venir a limpiarnos esto ya”, denuncia con las llaves de la azotea en la mano Paqui, una de las impulsoras de la demanda vecinal interpuesta al Consorcio de La Mina y ganada. "Tenemos prisa. No podemos seguir así. No son solo las basuras. Son las ratas y las filtraciones de agua cada vez que llueve”, añade Abel, preocupado por sus padres. Él tuvo un hijo y se marchó, pero ellos siguen allí. 

Las personas mayores tienen que ser las primeras en salir. No las podemos dejar aquí solas cuando el edificio se empiece a vaciar, todavía más desamparadas. No podemos permitir que se nos quede ninguna persona mayor por el camino como ya se nos han quedado unas cuantas, que no han visto el final de Venus. No queremos que sean más”, apunta Paqui, muy cansada, no solo por las jornadas maratonianas -cuando la dejan- en el bar que regenta, a dos pasos de su casa. Bar que es uno de los puntos neurálgicos de la vida comunitaria en el estigmatizado barrio, donde las mujeres pueden bajar a tomar el café con leche -en vaso, por supuesto- en bata de estar por casa y zapatillas y cuyas dos entradas -el bar da a dos calles- siempre están llenas de mujeres hablando o vendiendo ropa en un carro de bebé.  

Paqui Jiménez en la puerta de su casa, este jueves.

/ Ferran Nadeu

“La situación es clara. Queremos que se cumpla con lo que dicta la justicia. Tenemos una sentencia firme. La condena es clara: que se realoje a todos los vecinos y que nos paguen un precio justo por nuestras viviendas”, resume Paqui, quien exige que, en el mientras tanto, las administraciones actúen en el terrado.

Llueve sobre mojado (otra vez)

La pandemia ha sido el enésimo latigazo para un barrio que ya nació condenado. “El desplome aquí ha sido total. Si antes de la crisis ya teníamos un 80% de paro, imagínate ahora que ni los que trabajamos podemos trabajar. Con el covid se acabaron los mercadillos y las ayudas no llegan. Dicen muchas cosas por la tele, pero a la hora de la verdad las ayudas no están llegando. La situación es tremenda. Tremenda”, prosigue la líder vecinal, quien insiste en que “las buenas palabras están muy bien, pero necesitamos que los cambios se empiecen a notar. Que la cosa arranque. Ahora mismo los motores están parados y los vecinos estamos incrédulos tras tantos años de abandono. Tenemos miedo de que la cosa vuelva a quedar en nada, porque no tenemos ningún documento de la nueva hoja de ruta. Ningún papel”, cuenta. 

El plan del que Paqui exige conocer la hoja de ruta fue aprobado por unanimidad el pasado 11 de febrero por el Consorcio del barrio de La Mina, del que forman parte los ayuntamientos de Sant Adrià de Besòs y Barcelona, la Diputación y la Generalitat. Un acuerdo en que todas las administraciones se comprometen nuevamente a derribar el edificio y a realojar a todas las familias, estudiando caso por caso la complejidad de las situaciones a través de una oficina técnica que se instalará en el barrio; todo ellos con un presupuesto ya comprometido de 30'8 millones de euros, y un calendario 2021-2026. El anuncio de la actuación se hizo justo antes de las elecciones autonómicos y tras años de lucha por parte de los vecinos, a quien la justicia les ha dado la razón. Desde de la Conselleria de Afers Socials i Famila, que está liderando la operación, aseguran que se está trabajando en la creación de la oficina para tenerla a punto tan pronto como sea posible y poder empezar a estudiar caso por caso.

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"Nos urge. Para entender un barrio tienes que estar en el barrio. Con una vez que vengas no te puedes empapar de todo un barrio. Cada familia es un mundo, una realidad... Somos más de 200 familias esperando y cada año que pasamos en este edificio significa más degradación. Cada año se nos complica un poco más la vida", concluye Paqui, quien no entiende por qué no pueden expulsar a las personas que se han adueñado del terrado, "mientras en España cada día desahucian a familias de sus casas, incluso con niños".

Tras Venus, en el aparcamiento de la calle Mar, hay otro pequeño campamento, similar al instalado en el terrado de Venus. Justo frente al aparcamiento, la gran biblioteca, equipamiento levantado en el marco de transformación del barrio iniciado en el 2000, igual que la comisaría. Biblioteca que actualmente está rodeada por una valla, para evitar que las personas del campamento de enfrente se instalen en el porche, espacio ya muy degradado.