El testimonio

La enmienda de un taxista a la nueva movilidad barcelonesa

  • Un conductor profesional censura los cambios que el consistorio ha hecho en las calles a raíz de la pandemia

  • Carlos critica la dificultad creciente para conducir por la ciudad y califica de “embudo” la situación actual

El carril bici de la calle de Aragó, que sigue siendo un autopista urbana, pero un poco menos

El carril bici de la calle de Aragó, que sigue siendo un autopista urbana, pero un poco menos / Ferran Nadeu

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Toni Sust
Toni Sust

Periodista

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El taxista está detenido en la parada de Travessera de Gràcia con Bailèn. A propuesta de este diario, acepta recorrer los puntos más significativos de la Barcelona del urbanismo táctico, esa parte de la urbe nacida de la pandemia a lo largo de este último año, y comentar lo que suponen esos cambios de movilidad en la capital catalana para un conductor profesional.

Carlos elige ese nombre supuesto y prefiere soslayar el real, aunque es por discreción, no se esconde. Canta su licencia: 1.594. Se inicia el recorrido en el punto más alto de la calle de Bailén, justo donde el área arrebatada a la calzada a favor de la escuela Univers deja solo un carril para la conducción. “Empiezo a tener estrés de conducir tantas horas en una ciudad que es, cada día más, un embudo. Sorteo patinetes y bicicletas. Mis amigos que usan esos vehículos dicen que respetan las normas. Yo me debo de encontrar solo a los que no lo hacen”, dice, socarrón.

Comienza por la restricción junto a los colegios mientras pasa a su lado: no está a favor. “Lo único que provoca es más congestión de tráfico. La ciudad existía antes que el colegio: que lo hubieran puesto en otros sitios en el que no hubieran coches. Los que no se quejan son los padres que llevan a los niños en coche”. También se acuerda de los transportistas. “Los pobres que llevan una furgoneta de carga y descarga ya no pueden aparcar en ningún lado. Entiendo que lo hagan donde puedan. Las calles se han hecho muy estrechas. Como taxista, tras el confinamiento, me pasé alguna de largo porque con tanto color amarillo no la reconocía”.

Menos carriles

Cogemos Còrsega y seguimos por Bruc hasta la Diagonal, en obras. ¿Otro problema? “No mucho, la verdad. No hay ningún problema de circulación. La gente ha reaccionado muy bien”. En cambio, Bruc le disgusta más, a partir de Mallorca: “Ahora nos encontramos una circunstancia que nadie entiende: pasamos de dos a un carril, y a la derecha dejan un espacio que no es carril bici”. Ahora, dice, no hay tanta circulación en Barcelona. Cuando la pandemia acabe, vaticina, habrá muchos más problemas.

Pasamos por Aragó: el carril bici del lado mar no molesta a taxistas por la implantación del carril de bus y taxi en el lado montaña, argumenta. Otra cosa, añade, es el resto de conductores. Entramos en Pau Claris, una vía que ahora le mosquea: “Era una calle por la que se circulaba muy bien. Han quitado un carril al coche y han puesto el carril bici, que además ha hecho que los de los que quedan para los coches sean más estrechos”. ¿Cree en una ciudad en la que solo circulen taxis y vehículos de carga y descarga con apenas coches privados: “No. En un pueblo sí, en una ciudad, no”.

Tocar lo que ya funciona

Sobre los planes de futuro, la reforma de Via Laietana, augura, colapsará el paseo de Sant Joan de gente que quiere ir en coche a la playa. “Solo tiene un carril de circulación, el otro es para taxi y bus”. “Lo que no veo bien es que toquen cosas que ya funcionaban”, reflexiona Carlos, que lleva 10 años en el taxi: “Es el mejor trabajo del mundo”. Antes tenía un negocio, con personal a cargo. Estaba las 24 horas pendiente, dice. Ahora quita la llave del coche y se acabó pensar en el trabajo.

Sigue por Ronda de Sant Pere y Ronda de la Universitat (“ahora ya no podemos girar desde aquí hacia Pelai”, subraya) y luego Aribau, y acaba dirigiéndose a la supermanzana de Sant Antoni: “Muy mal no la veo, porque permiten circular. Una vez sabes que la supermanzana está aquí. Los taxistas aquí solo venimos a dejar clientes. Es peor la supermanzana de Poblenou. Tiemblo cuando me piden ir allí, no sé como llegar. En la de Sant Antoni tengo que dar una vuelta absurda, pero como ya lo sabemos intentamos evitar la zona”.

Otro punto negro nacido con la pandemia, relata Carlos, es el cruce de Aribau con Diagonal, antes de cruzar: ahora taxis y buses cuentan con un carril preferente, pero tienen que parar en un semáforo que no estaba para que los vehículos privados puedan girar a la derecha.

Consell de Cent, el emblema

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La ruta inicia su etapa final en Consell de Cent: “Si vamos por esta calle hasta Bailén será media hora. Si cortamos por otra calle, cinco minutos”. Esta, constata Carlos, es la vía más afectada por los cambios, aunque ve situaciones dramáticas en varios otros casos: “La calle de València la han desgraciado de por vida. Tenemos que pensar en la velocidad comercial. Si vas por Valencia ya no puedes girar alegremente. Tienes que mirar, comprobar que no viene un patinete o una bicicleta, tienes que frenar y detrás de ti todos van frenando”.

En su opinión, el objetivo de reducir la circulación para que disminuya la contaminación es complejo: “A mí también me gustaría vivir bucólicamente, que no hubiera aire contaminante. Pero no puede ser. Hago todo lo posible. Reciclo. Pero hay cosas que no pueden ser. Vivo en una ciudad”. Del coche eléctrico sostiene que ahora mismo no resulta una opción realista ni práctica por sus limitaciones. Por último, habla de los bloques de cemento en la calzada: “Otra chapuza para que los coches no puedan aparcar”. Y resume su opinión sobre los cambios que ha vivido la movilidad en Barcelona: “ Lo que han hecho impide la convivencia que había antes entre todos”.