Mujeres migrantes

El espinoso acceso a la normalidad

  • La asociación Mujeres Migrantes Diversas ha puesto en marcha a través de Barcelona Activa un proyecto piloto de formación higiénico-sanitaria de personas dependientes

  • Rosario, Ibeth y Rocío son algunas de las mujeres migrantes que han sufrido la precariedad laboral como cuidadoras de personas mayores o con discapacidades funcionales

Dos mujeres mayores con sus cuidadoras, en la plaza de la Catedral de Barcelona.

Dos mujeres mayores con sus cuidadoras, en la plaza de la Catedral de Barcelona. / Enric Fontcuberta / Efe

4
Se lee en minutos
Oriol Lara

Huir del país donde has nacido es difícil. Dejar atrás toda una vida para emprender un viaje con la esperanza de encontrar un futuro mejor aún lo es más. Separarse de familiares, amigos, conocidos… es la consecuencia más directa de las mujeres migrantes que parten hacia nuestro país. Aunque la situación social y el entorno es distinto del país de origen, la realidad con la que se encuentran dista de ser la soñada. Largas jornadas de trabajo, la mayoría sin contrato, condiciones laborales precarias, rechazo y malos tratos son las situaciones con las que tienen que lidiar al llegar.

Para mejorar la calidad de vida y su condición, la asociación de Mujeres Migrantes Diversas puso en marcha a través de Barcelona Activa una formación con certificado para las mujeres que se encuentran en situación de irregularidad. La formación, con una duración de 110 horas, ha ido destinada a las mujeres que se dedican a la atención higiénico-sanitaria de personas dependientes. Este proyecto piloto ha contado con la participación de 41 mujeres en situación de riesgo, de 18 a 61 años, procedentes de Latinoamérica. Rosario E., Ibeth R. y Rocío R. son tres de las participantes de la formación que se han capacitado para entender los derechos y recursos de los que disponen como trabajadoras. 

Sin documentación

El 80% de las mujeres que participaron en el proyecto piloto de Barcelona Activa no tienen la situación laboral regularizada. El principal escollo con el que se enfrentan estas mujeres es que no disponen de la documentación necesaria. Tanto Rosario como Ibeth llegaron a Barcelona en 2017, por lo que ya han pedido el arraigo social al llevar tres años de empadronamiento. Su desembarco en Catalunya se produjo por distintos motivos. En el caso de Ibeth, originaria de Honduras, fue la inseguridad e inestabilidad social de su país. “Algo tan básico como ir al supermercado ya es peligroso, te puedes encontrar un motorista por el camino que saca un arma y te mata”, expone. Rosario, en cambio, vino porque se quedó sin trabajo y conocía a una amiga que estaba en la capital catalana. “En Colombia era auxiliar de enfermería, pero hubo un momento que la situación se puso pesada y empezaron a reducir personal. A mi me tocó en diciembre de 2016 y ya vine para acá el año siguiente”, explica. 

"Algo tan básico como ir al supermercado ya es peligroso en mi país, te puedes encontrar un motorista por el camino que saca el arma y te mata"

Ibeth R. / Originaria de Honduras

Distinto destino tuvo Rocío R., que volvió a empezar de cero cuando ya tenía la documentación. Ella vino en 2011 a Barcelona como turista y vio que aquí tenía más futuro: “Estuve un tiempo aquí y me fui a Perú. Al año y siete meses me salió una oferta de trabajo en Barcelona y me dieron el permiso de trabajo”, explica la mujer. Tras cuatro años trabajando como interna de lunes a domingo, regresó a Perú porque su padre padeció un ictus. Sin embargo, al retornar a España se encontró con que se le había agotado el período de vuelta. “No pude volver porque estuve más tiempo del que debería y no lo sabía. Te daban seis meses para regresar y yo estuve nueve”, cuenta. En 2018, quiso recuperar su residencia y acudió a varios abogados para que la ayudaran, pero no obtuvo solución alguna. Así, en enero, al cumplir tres años, Rocío ha vuelto a pedir la residencia y ya está a punto de regularizar su situación de nuevo. Además, ha encontrado trabajo en una residencia de ancianos, donde le han hecho un contrato laboral conociendo su situación.

Precariedad laboral

Aunque la situación de Rocío se ha normalizado, las tres mujeres migrantes han trabajado como internas, por lo que saben el sacrificio que conlleva vivir y trabajar con las personas que cuidan y la precariedad con la que lo hacen. Muchas de ellas trabajan las 24 horas del día toda la semana. “La gente abusa y mucho. Conozco a compañeras que trabajan de lunes a lunes sin descanso”, afirma Rosario. Ella, que cuida a una señora mayor, tenía un sueldo de unos 400 euros cuando también estaba su marido, que murió por covid. Ahora, hay veces que la cifra es simbólica. “Me dan chocolate. En diciembre me regaló un turrón de yema de huevo con almendras. Es caro, pero yo no he cobrado aún ese mes”, denuncia. 

Noticias relacionadas

Con las formaciones y la ayuda de la asociación de Mujeres Migrantes Diversas, las tres mujeres han podido mejorar su situación pese a no ser suficiente. “Sigo trabajando de ocho de la noche del domingo hasta las nueve del sábado por la mañana”, explica Ibeth, que se muestra reservada. En sus ratos libres acuden a la entidad a ayudar a otras compañeras y a seguir formándose. La misma Rocío ha hecho cursos de limpieza y de geriatría con los que se ha sacado el título de atención sociosanitaria. Con todo, las tres coinciden en la necesidad de reivindicar sus derechos laborales y profesionalizar su ocupación. “Nosotras no podemos cotizar, no es porque no queramos es que el sistema no nos deja”, sentencia Rocío.