barceloneando

Rosa dels Vents sienta Barcelona en el diván

En una ciudad empachada de días históricos nace una colección oportuna como un Alka-Seltzer, con dos primeros libros, uno dedicado a la 'gore' bullanga de 1835 y otro a la enigmática huelga de tranvías de 1951

Un policía armado patrulla por las calles de Barcelona durante una de las jornadas de la huelga del tranvía.

Un policía armado patrulla por las calles de Barcelona durante una de las jornadas de la huelga del tranvía. / Bert Hardy (Getty / Bert Hardy)

6
Se lee en minutos
Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

ver +

Rosa dels Vents ha tenido la muy aplaudible idea de poner en marcha una colección literaria que ha subtitulado ‘Dies que han fet Catalunya’, algo así como tumbar en el diván psiquiátrico una ciudad, país o sociedad para que rememore su vida, o sea, esos momentos que han forjado su carácter, sus filias, sus fobias y hasta sus manías persecutorias. Es un tipo de terapia que ha tenido un notable éxito editorial en otros lugares donde se ha ensayado, como Italia y Francia, y que aquí, coordinada por Agustí Alcoberro, este sello editorial acaba de sacar de la imprenta dos primeros títulos sobre la siempre desconcertante Barcelona, ciudad de paz, dicen ridículamente algunos políticos, pero en verdad un metrópoli abonada a la violencia, por no decir directamente al ‘gore’. En los dos próximos párrafos, la prueba del nueve de tan gruesa afirmación.

El general Pere Nolasc de Bassa intentó defenderse en su despacho con su espada, pero nada pudo hacer contra los cuatro disparos de bala que le descerrajó el jorobado Josep Massanet. En la primera entrega de las aventuras de Indiana Jones hay una escena más o menos así, muy graciosa por inesperada, pero lo que ocurrió en Barcelona el 6 de agosto de 1835 en Barcelona, como clímax de una bullanga de varias jornadas que comenzó el 25 de julio tras una pésima tarde toros, fue en realidad de una brutalidad patológica. Bassa murió en su despacho, en Pla de Palau. Allí tenía su sede entonces la máxima autoridad gubernamental en Barcelona. Él solo era el segundo de a bordo. Manuel Llauder, capitán general de Catalunya, no fue tan insensato como Bassa y se mantuvo fuera de la ciudad mientras ardían conventos e iglesias o, como se dice a veces, giraban a gran velocidad las agujas del reloj del urbanismo barcelonés para que allí donde había conventos se levantaran en pocos meses mercados como la Boqueria y Santa Caterina y coliseos operísticos como el Liceu.

Los asaltantes tiraron el cuerpo de Bassa por el balcón. Le ataron los pies y, cual toro tras la corrida, lo arrastraron hasta la plaza de Sant Sebastià, hoy Antonio López. Desde ahí el humillante pasacalles siguió por la calle Ample, después, Regomir, plaza de Sant Jaume, calle del Call, Avinyó, Ferran, tomó Nou de la Rambla (antes Conde del Asalto) hasta Sant Ramon y luego giró a la derecha por Sant Pau. Ya por fin en la Rambla, el cadáver ardió en una hoguera.

Podían elegirse otros capítulos para destacar el excelente trabajo de documentación que los historiadores Jordi Roca y Núria Miquel han llevado a cabo para escribir ‘La bullanga de Barcelona’, pero es innegable que este episodio subraya sobremanera que en el libro no faltan detalles para narrar y contextualizar un episodio tan crucial como este en la historia de Barcelona y, sin embargo, a menudo desdeñado. En realidad, todo el siglo XIX es a menudo orillado por la memoria colectiva y, un poco también, por no pocos historiadores, muy adictos a la épica de 1714 y a la desgracia de la guerra civil de 1936, pero refractarios a ese siglo intermedio, el XIX, germinal de muchos de los traumas ocultos que arrastra esta ciudad. Este, como dice Alcoberro, es un país con un cierto empacho de días históricos y la colección de Rosa dels Vents es, según se mire, un muy aconsejable Alka-Seltzer.

En aquella bullanga, expresión acuñada años después de forma despectiva, pero que algunos gustan de usar como bandera, ardió también el Vapor Bonaplata, el primer paso en firme que Barcelona daba para adentrarse en la era industrial. No sale esto en libro, es decir, es un obsequio de esta sección, ‘Barceloneando’, pero quienes prendieron fuego a aquella fábrica interpretaban que clero y máquinas de vapor formaban parte del mismo credo. Menudo error. En aquel año, el sillón de San Pedro lo ocupaba Gregorio XVI, uno de tantos papas anclados en el pasado. En su caso, consideraba la máquina de vapor una obra de diablo, hasta el punto de que pretendía excomulgar el ferrocarril, al que en un juego de palabras que hay que aceptar que era ingenioso, llamaba ‘chemins d’enfer’, lo caminos del infierno.

'La patuleia', el otro nombre con que despectivamente se calificaba la bullanga de 1835, tal y como la llevó al lienzo el pintor Antoni Ferran Satayol.

/ Muhba / Antoni Ferran Satayol

El segundo título con que arranca la colección es otra maravilla de lectura, ‘La huelga de los tranvías’, un relato en ‘crescendo’ a cargo del historiador Francesc Vilanova sobre la más ingeniosa y eficaz de las protestas llevadas a cabo en Barcelona, cuando, a instante de no se sabe aún quién, los barceloneses se opusieron a la subida del precio del transporte público con el simple método de ir a pie a todas partes. El domingo 4 de marzo de 1951, cuarto día de la protesta, por poner una jornada como ejemplo, el Barça ganó con más pena que gloria al Santander en mitad de un tempestuoso diluvio, pero al terminar el partido, en contra de lo que previeron las autoridades franquistas, la culerada’ regresó a pie a casa.

Aquella huelga, que en realidad fueron dos, una por los tranvías y, 15 días más tarde, otra general, se dice a veces que fue la batalla en la que con 12 años de retraso plantó cara Barcelona a la entrada de las tropas franquistas del 26 de enero de 1939.

En realidad, según Vilanova, aquella fue más una protesta de hartazgo por la miseria que sufrían los barceloneses día a día (bueno, todos no, claro), pues se consumía la mitad de pan que en 1936, una quinta parte de las patatas de entonces y una sexta parte de arroz. Tan pobre era la dieta que fue en aquellos años, por cierto, cuando el franquismo intentó convencer a los españoles de que la carne de ballena era un manjar, y hasta la consideró pescado para que se pudiera vender los viernes y no contrariar así a los curas.

De la huelga de tranvías se ha escrito sorprendentemente poco desde el punto de vista historiográfico. La última vez, dice Vilanova, lo hizo Fèlix Fanés en 1970, y eso que sigue siendo un acertijo, porque se desconoce quién llenó los buzones de media ciudad de textos mecanografiados que animaban a secundar una huelga que, lo que son las cosas, hasta gozó de las simpatías de una parte de la Falange. En algún archivo policial, gubernamental o privado tal vez aguarde aún a ser revelada la pista definitiva de este cluedo histórico, vamos, el nombre de aquel o aquellos héroes anónimos que se jugaron el alma para poner de pie una ciudad arrodillada y que, año tras año, iba de mal en peor. "La supervivencia se convirtió en activismo", explica Vilanova en el libro. Y lo contextualiza a la perfección. A veces se olvida, pero en 1951 el Ayuntamiento de Barcelona tenía un departamento de nombre realmente orwelliano, Servicio de Represión del Barraquismo.

Fue, hay que subrayarlo, una victoria que algunos, por pocos que fueran, pagaron con su vida. Rodaron cabezas, entre otras, la del propio gobernador civil, Eduardo Baeza Alegría, por si no hubiera tenido suficiente con que los barceloneses se pasearan aquellos días por la ciudad con un lirio en la mano, para ridiculizarle su supuesto amorío con Carmen de Lirio, la mayor vedete del momento y, según decisión colegiada de vaya usted a saber qué expertos, la mujer más bella de España.

Noticias relacionadas

Lo dicho. Rosa dels Vents acaba de publicar dos excelentes Alka-Seltzer. Más, por favor.