’Sexe femení’, dibujo a carbón de Ramon Martí Alsina, fechado en 1870.

El origen del mundo catalán

Carles Cols | 08 febrero 2021

Cuando Gustave Courbet se atrevió con su eternamente controvertido óleo 'L'origine du monde', dos afamados pintores catalanes fueron más allá, al 'big bang', por decirlo eufemísticamente

De acuerdo. El Musée d’Orsay tiene ‘El origen del mundo’. Es un cuadro inmortal. En 1866, Gustave Courbet, perdón por la definición, pintó la foto del carnet de identidad de un pubis femenino sobre un lienzo de 46 por 55 centímetros y no hay año en que por hache o por be esa revolucionaria obra no salte a los titulares de la prensa. La última ocasión fue el pasado septiembre. El museo parisino no dejó entrar a una joven, Jeanne, por vestir un abismal escote. En 2010, otro ejemplo, la ‘performer’ luxemburguesa Deborah de Robertis se sentó frente al cuadro, desnuda de ombligo a pies, con el propósito de mostrar lo que, en su opinión, Courbet no se atrevió a enseñar, el verdadero ‘big bang’, o sea, su vagina con los postigos abiertos de par en par. Fue un gran escándalo. Vale. Lo dicho. París tiene a Courbet, pero esta sección, ‘barceloneando’, se encontró el otro día, de sopetón, frente a lo que merece ser calificado como varias versiones catalanas del origen del mundo. Son un conjunto de obras tituladas sin eufemismos, ‘Vagina’ y ‘Sexo femenino’, por citar dos al azar, ambas fechadas entre 1870 y 1872, o sea, absolutamente contemporáneas de Courbet y atribuidas a dos de los pinceles más notables del arte pictórico catalán de la segunda mitad del siglo XIX. Con pelos y señales, les cuento.

Dibujo a carboncillo de Ramon Martí Alsina, titulado 'Pubis femenino'.

/ Ramon Martí Alsina (Colección Albert Martí Palau)

La cosa comenzó a raíz de una sugerencia del historiador de lo lúbrico Albert Domènech Galderich. Con cita previa, explicó, el anticuario Albert Martí Palau muestra estas semanas al público el altillo de su establecimiento, en el número 1 de la calle de Gràcia, un piso en el que ha montado una estupenda exposición titulada ‘Academias y Ultraacademias’. La idea es realmente muy seductora. Albert atesora una muy nutrida selección de obras gestadas durante los últimos tres siglos en las academias de dibujo. Nada de bodegones y naturalezas muertas. El cuerpo humano. Desnudo, claro. La colección exhibida en ese altillo, como si fuera el Gabinete Secreto de Nápoles, es realmente sorprendente.

Hay piezas muy ancianas, como dos estampas de William Hogarth (algo así como el satírico Jonathan Swift del carboncillo), un torso a lápiz de Juan Antonio Conchillos, un desnudo masculino a cargo de Anton Raphael Mengs…, vamos, en resumen, obras de artistas reputados en su campo.

Seis pies de seis ejercicios de academia destinados a dominar la reproducción de esta extremidad.

/ Colección Albert Martí Palau

En una segunda sala, que tiene su gracia, Albert ha ordenado los dibujos de academia con un simple pero eficaz rigor método de médico forense. En una pared están las narices. En otra, los ojos. La técnica del dibujo al natural se aprende realmente así, con un dominio de cada porción del cuerpo. No hay atajos. En otra pared, que haría seguro las delicias de Quentin Tarantino o Luis García Berlanga, hay solo pies desnudos. La de las manos merece un punto y aparte, porque conduce directamente al sorpresón de la visita.

Entre el conjunto de manos destaca un dibujo a lápiz de Fabián Bisbal, fechado en 1842, y que, vistas las firmas del anverso y del reverso, se deduce que es un examen. Juan Antonio de Ribera, el profesor, le da el pase al alumno. En apariencia, la obra es simplemente el reto de reproducir con buen oficio una mano derecha. El detalle que jamás debería pasar inadvertido es que lo que esa mano sujeta entre el dedo índice y el medio, una teta. Ahí está el intringulís de la exposición del ‘gabinete secreto’ de Palau Antiguitats, ese lento pero inevitable paso a paso en que la simple representación del cuerpo humano se adentra en el terreno del erotismo y, no mucho más tarde, directamente en el de la pornografía.

'Estudio de una mano derecha para una Caridad', dibujo a lápiz de Fabián Bisbal, fechado en 1842, con el visto bueno de su profesor, Juan de Ribera.

/ Fabián Biscal (Colección Albert Martí Palau)

En ‘Matadero Cinco’, la novela que le hizo célebre, Kurt Vonnegut cuenta una historia difícil de corroborar pero creíble. Recuerda que Louis Daguerre dio pie a la aparición de la palabra ‘fotografía’ cuando logró fijar una imagen sobre una placa de metal cubierta de una fina película de yoduro de plata. Eso fue en 1839. Solo dos años después, eso cuenta Vonnegut, un ayudante de Daguerre, André Le Févre fue detenido por intentar vender una fotografía claramente pornográfica en la que, sin entrar en más detalles de los imprescindibles, aparecían en escena una mujer y un potrillo. Le Févre se defendió ante el juez. Dijo que aquello era arte, un representación de algún episodio de la mitología griega, por aquello de la fijación que tenían los dioses del Olimpo a la hora de tomar la forma de animales y fornicar con las mortales. No le creyeron. Murió en prisión.

La cuestión es, según Albert Martí Palau, tal vez sea humanamente imposible poner freno al paso de la academia a la ultraacademia, es decir, a más allá de las fronteras de lo convencional. Gloriosa es, pues, la tercera sala de la exposición, con obras, como era de prever, de Eusebi Planas, dibujante, acuarelista, litógrafo y pornógrafo catalán de aúpa. No solo enseña Albert una selección de su obra enmarcada, sino que incluso tiene un tomo estupendamente conservado de ‘¡Academias de mujer!, un conjunto de 40 litografías subidas de tono tan raro de encontrar que, según Domènech Galderich, solo le consta un ejemplar disponible cara al público en la Biblioteca Lambert Mata de Ripoll.

Dibujo de Eusebi Planas, protopornógrafo catalán decimonónico, de su colección clandestina 'Academias de mujer'.

/ Eusebi Planas (Colección Albert Martí Palau)

Planas fue, con mayúsculas, un pionero en su época, por no decir directamente un Larry Flynt. El uso de modelos desnudas tenía un halo de clandestinidad y, por supuesto, la exhibición de la obra ya terminada, un plus de arrojo y desafío a la convención. En 1893, documenta Domènech Galderich, fueron retiradas varias obras de la Sala Parés y del Ateneu porque ofendieron a la corriente más ultracatólica del modernismo catalán. La visita al estudio de Planas era, al parecer, un viaje en el tiempo, no al actual, que se ha vuelto más púdico de lo que parece, sino al clásico precristiano o, mejor aún, al del ‘shunga’ japonés de los siglos XVII, XVIII y XIX. Planas era un hombre muy bien dotado para el dibujo, pero también para el comercio. Encuadernaba sus obras bajo la apariencia de libros aburridos, ‘El juego del billar’, por ejemplo, para que sus adinerados clientes los pudieran encajar en sus bibliotecas particulares sin despertar sospechas.

Cuatro estampas del incorregible Eusebi Planas (1835-1897).

/ Eusebi Planas (Colección Albert Martí Palau)

Y llega aquí, ahora, lo prometido al principio en el primer párrafo y en el título. El origen del mundo catalán.

Del cuadro de Courbet se subraya, desde el punto de vista de la historia del arte, que no necesita una excusa. Aquel pubis no es el de la Susana bíblica contemplada por los viejos. Tampoco es el de, pongamos por caso, Pasifae, a la que Poseidón condenó a una filia sexual bastante rarita, por no decir bovina. No hay motivo para elegir la temática más allá que el de la sexualidad explícita. Courbet, pintor de bodegones si era necesario, cruzó una frontera no transitada en Europa desde hacía casi 1.800 años, pero lo suyo no fue una epifanía pictórica repentina, sino que como ha estudiado profundamente Ricard Bru, profesor de Historia del Arte en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), Courbet solo fue uno más de tantos artistas decimonónicos que se maravillaron con el desembarco del arte erótico japonés en el viejo continente, sobre todo en París, donde llegó a haber tiendas especializadas en el tórrido ‘shunga’.

'Carmen Bastián', un 'shunga' europeo de Marià Fortuny.

/ Marià Fortuny (Colección MNAC)

En ‘Academias y Ultraacademias’, en la última pared de tercera sala, Martí Palau ha colocado para que brillen con luz propia algunas primeras aproximaciones al origen del mundo que llevan la firma de Ramon Martí Alsina, apodado en alguna ocasión ‘el Courbet catalán’. También él quedó hechizado por el influjo japonés. Albert saca entonces, al final de la visita, un as de la manga. Va su biblioteca personal y vuelve con un libro de Bru bajo el brazo, ‘Erotic japonisme’, un exhaustivo y muy bien ilustrado trabajo de investigación en que se comparan los cuadros de los artistas europeos con obras precedentes del arte erótico japonés. Utagawa Kunisada pintó en 1827 un cuadro realmente muy parecido al que Courbet realizó por encargo en 1866. Martí Alsina recreó alrededor de 1870 la sutileza de la masturbación femenina inspirado en trabajos previos de Kitagawa Utamaro de 1803.

Pero el verdadero origen del mundo catalán es un lienzo de paradero desconocido, pues es de una colección particular no revelada, y que lleva la firma de (palabras mayores) Marià Fortuny. En el libro de Bru está en la página 18. Quita el hipo. Imposible mostrarlo aquí, no solo por cuestión de derechos de imagen, sino porque, si de la versión digital de este artículo se trata, corren tiempos en que la censura la imponen a su antojo los dueños de las grandes compañías de redes sociales. Algunas no perdonan ni un pezón.

Que Fortuny sucumbió al hechizo japonés está sobradamente acreditado. En alguno de sus cuadros más reconocibles así lo demuestra sin tapujos. En el MNAC, por ejemplo, destaca en mitad de su vasta colección un óleo bastante ‘courbetiano’ de Fortuny, ‘Carmen Bastián’, en el que la modelo, vestida, tiene a bien mostrar el pubis al espectador. Bru no está plenamente convencido de aquel sexo femenino de la página 18, pese a la fecha, 1870, y la firma, sea realmente de Fortuny, pero lo que parece indiscutible es que hace 151 años alguien retrató por estas latitudes y longitudes el origen del mundo tal y como Deborah de Robertis sostiene que realmente fue. Con pelos y señales. Y catalán.

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