los nuevos rincones urbanos

Barcelona recupera las puestas de sol de rompeolas

El patio de atrás del hotel W florece como nueva plaza de la ciudad y como mirador de fotogénicos ocasos

Varias personas presencian la puesta de sol en el último punto transitable del nuevo paseo del Rompeolas.

Varias personas presencian la puesta de sol en el último punto transitable del nuevo paseo del Rompeolas. / RICARD CUGAT (Ricard Cugat)

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Carles Cols

En una ciudad tan mal dotada para las puestas de sol como es Barcelona, tiene su gracia como, aunque a paso de caracol, crece la popularidad de un minúsculo rincón en que los atardeceres son tal y como marca el reglamente de la postal, prácticamente sobre la línea del horizonte, casi a ras de mar. En cierto modo, a los barceloneses les han devuelto un espectáculo literalmente celestial que les fue hurtado cuando el antiguo rompeolas fue (por usar un verbo adecuado al uso nocturno que se le daba al lugar) emasculado. Castrado, si se prefiere.

El nuevo mirador está situado en el extremo sur del corto y aún muy desconocido paseo situado más allá del hotel W, el Vela, para la mayoría. El lugar tiene incluso un nombre insulso, en realidad, portuario. Nuevo paseo del Rompeolas. Así se llama. Si algún día se decide darle un nombre adecuado a su inesperada función, es decir, los ocasos vespertinos, no será sencillo, porque Copérnico, Kepler e incluso el Sol ya tienen calle en Barcelona.

Los movimientos de rotación y traslación de la Tierra (lo sentimos, terraplanistas, si los hay entre los lectores de esta pieza) provocan que esa puesta de sol no sea exactamente siempre en el mismo punto del horizonte. En enero, el Sol casi le calienta los pies a la ladera de Montjuïc, pero la montaña finalmente no estropea el espectáculo.

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Lo que ocurre allí cada fin de semana, sin embargo, tiene más recorrido y relato que el simplemente astronómico. El nuevo paseo del Rompeolas es solo la prolongación de la plataforma situada tras el hotel W. Llamarla plataforma, sin embargo, ya no le hace justicia. Al principio parecía que iba a ser un ‘cul-de-sac’ para cuatro patinadores y algunas gente más con ganas de pasear hasta la última frontera de la Barceloneta. Incluso corría el riesgo de ser un lugar poco recomendable, ideal para ladrones de tirón. Nada de eso. Se ha convertido, sin que quede muy claro cuando ha sucedido, en una suerte de nueva plaza de la ciudad, es más, hoy por hoy, en plena pandemia, una de las más vitales de Barcelona. Ya querrían la de Catalunya, Espanya, Cerdà, Universitat o Tetuán su alegría.

Por lo que parece, tampoco ha sido canónicamente bautizada. En los mapas de internet no tiene ni nombre ni apellidos. Solo se apunta que es un tal ‘Mirador del Mediterráneo’. Cuando llegue el verano, según y como, el nombre se le quedará corto.