CUMPLEAÑOS EN PANDEMIA

Oteiza sobrevive a los grafiteros

El Macba celebra su 25 aniversario con la obra que donó el escultor vasco recién restaurada

El toque de queda da una tregua a la pieza cuya gran amenaza es el vandalismo nocturno

La escultura ’La ola’ de Jorge Oteiza limpia y restaurada, ayer frente al Macba. 

La escultura ’La ola’ de Jorge Oteiza limpia y restaurada, ayer frente al Macba.  / RICARD CUGAT

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Natàlia Farré

Los aniversarios no sientan bien al Museu d’Art Contemporani de Barcelona (Macba). Si hace cinco años,  las dos décadas le pillaron con el fallecimiento de Leopoldo Rodés, gran impulsor del proyecto, y la dimisión de su director, Bartomeu Marí, por la crisis desatada por exposición de una escultura que mostraba al rey Juan Carlos siendo sodomizado; el cuarto de siglo le llega en plena pandemia. Así que ahora, como pasó en el 2015,  habrá celebración de perfil bajo: fin de semana, el próximo, de puertas abiertas, e intervención en el atrio por parte del artista Ignasi Aballí. Pero el desastre del covid-19 también da para alguna alegría: no hay amparo nocturno para los grafiteros. En este caso, la agraciada por las restricciones de movilidad y el toque de queda es la escultura ‘La ola’, la pieza de casi tres toneladas (2.758 kilos) de aluminio y pintura negra que Jorge Oteiza donó en 1998 al museo. Y que vuelve a estar en su emplazamiento original tras una profunda restauración.

La obra no luce dentro del centro, sino fuera, en la calle, frente al Macba.  Ubicación que el mismo escultor indicó y supervisó, no en vano la pieza es un diálogo con el  edificio de Richard Meier. Oteiza sentía muy cercano el racionalismo arquitectónico del estadounidense, así que optó por crear una gran ola de aluminio formada por poliedros que juegan con la fachada del museo a partir de las sombras que proyectan. De ahí el aire libre. Estar en el espacio público tiene sus ventajas: permanecer a la vista de todo el mundo; pero también tiene sus inconvenientes: sufrir desperfectos. De eso ‘La ola’ sabe un rato. El vandalismo se ha ensañado con ella desde el minuto uno. No llevaba ni medio año instalada cuando un estudiante de arte, como protesta, le lanzó un cubo de pintura roja. El acto supuso tener que vivir su primera gran restauración.  

La grúa retira la escultura 'La ola' de Jorge Oteiza, llena de pintadas, para llevarla al taller de restauración.

Un coste de 20.000 euros

Esa se hizo sin moverla de su sito, no en vano su traslado requiere una logística complicada. Logística que se llevó a cabo en diciembre del año pasado. Por entonces su aspecto era bastante lamentable y la limpieza a la que periódicamente se somete, a veces semanalmente, era insuficiente para luchar contra su peor enemigo: el vandalismo de los grafiteros. Así que se optó por contactar con los talleres que participaron en su crearon: el de Pere Casanovas y el de Amanci Sala, y decidir un tratamiento. Tras el cónclave, las tres toneladas de Oteiza tomaron rumbo a Parets del Vallés para someterse a una dura intervención. Despintarla, devolverle su forma original, imprimarla, pintarla y recubrirla del mejor ‘antigrafitti’ del mercado. Siete meses y 20.000 euros después (este es el coste de devolver a una obra de arte el aspecto que los gamberros le han robado) la escultura volvió a su emplazamiento original. En ese proceso la pandemia también intervino. El distanciamiento social obligado y el estado de alarma retrasaron su vuelta: imposible cumplir con las medidas sanitarias a la hora de colocarla y trasladarla. Se necesita mucha precisión y muchos operarios para ello.  

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La espera ha valido la pena, pues nueva protección ‘antigrafitti’ funciona, aseguran desde el museo. Lo saben bien porque desde su retorno, en julio, que han tenido que limpiarla en más de una ocasión y el proceso ha sido rápido y efectivo. También explican desde el Macba, no sin cierto alivio, que con la pandemia los ataques con espray se han reducido drásticamente. Lo dicho, el toque de queda no da amparo nocturno a los grafiteros, a estas alturas más corrosivos con ‘La ola’ que los excrementos de palomas y gaviotas. Históricamente el mayor problema de las obras de arte sin cobijo eran las deposiciones de pájaros. Esto ha sido así hasta la llegada de otro tipo de pájaros, los armados con capucha en la cabeza y espray en mano.

Punzón en mano

Nadie duda de que el arte urbano es, valga la redundancia, arte, pero dejar la firma o un garabato en la obra de una figura clave de la abstracción de la segunda mitad del siglo XX es sencillamente vandalismo. El peor de todos. Más dañino que la agresión que sufre por parte de los ‘skaters’ cuando la utilizan como plataforma. Pese a que las rodadas no le hacen ningún favor, la fracturan muy superficialmente. En cambio, sacar las pintadas es mucho más complicado. Aunque lo peor de todo, que también pasa, es cuando algún desaprensivo deja su firma punzón en mano. 

Ignasi Aballí vuelve con la instalación 'Enderroc' de 1996

Aniversario de perfil bajo. Esta es la decisión del Macba para celebrar su cuarto de siglo. Habrá jornada de puertas abiertas, con acceso a las tres exposiciones en curso, y una intervención con historia. El artista Ignasi Aballí –recientemente escogido como el representante de España en la próxima Bienal de Venecia, en el 2022- volverá a instalar su pieza 'Enderroc 'en el museo.

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