27 nov 2020

Ir a contenido

barceloneando

¡Una faquir en la Rambla!

Alexia Doll toma el testigo de leyendas como Koringa y Edith Clifford y ostenta el título de única mujer que en España practica este milenario arte autodidacta y no apto para amateurs, ni siquiera procedentes del BDSM

Carles Cols

Alexia Doll, en la Rambla, sobre una cama de tan solo 19 clavos, una cifra, se mire como se mire, minúscula.

Alexia Doll, en la Rambla, sobre una cama de tan solo 19 clavos, una cifra, se mire como se mire, minúscula. / MAITE CRUZ

Si los faquires son tan pocos que por momentos parecen estar ya en el cuello de botella de la extinción, las faquires, que las ha habido y memorables, como Edith Clifford, contemporánea de Houdini, tragasables en plural, porque se zampaba tres de golpe, son actualmente artistas únicas. Literalmente únicas. Alexia Doll, barcelonesa de 33 años, es la única faquir de España y, en un favor que hay que agradecerle, ha posado para esta crónica nada menos que en la Rambla, en un homenaje que tal vez solo entenderán quienes conocieron esta ciudad en los años 80, porque esa calle fue en aquella década el escenario en el que actuaba Shamir, que pasaba la gorra sentado sobre su cama de pinchos. Un día recogió su turbante y agujas y desapareció sin dejar rastro. Fue un adiós muy teatral, eso hay que reconocerlo.

Pues eso. De entrada, gracias Alexia por la fotografía, un retrato que no se hace en un pispás. Hay que buscar el encuadre y desear que  nadie pase por detrás y rompa la composición. Se detuvo al lado de la fotógrafa alguien que reconoció a Alexia. "Pero si es la reina del Raval", gritó. La cosa tendría su gracia si no fuera porque la cama de pinchos tiene solo 19 clavos. No hay que ser un licenciado en física para deducir que duele, y es que los faquires, a veces porque salen a escena después de un número de prestidigitación, no se cansan nunca de recordar que en su oficio no hay trucos, trampas ni cartón.

Alexia, en estos tiempos de PCR nasales, introduce un clavo en sus fosas nasales. / MAITE CRUZ

Alexia, como otras faquires antes, trabaja con su pareja, Martin Mártir. Por supuesto, ese es su nombre artístico. Sería demasiada casualidad que alguien que se suspende de ganchos (ambos lo hacen) se apellidara así, como predestinado a entrar en el santoral como una San Sebastián moderno. Es, todo hay que decirlo, un tipo muy interesante. Lleva varios implantes de silicona y teflón debajo de la piel, de esos que modifican las formas corporales. Da yuyu, pero él dice que solo es un adelantado a su época. "En el futuro, todos los llevaremos", predice con naturalidad y convicción. Quiere decir, parece, que el iphone número ‘elquesea’ lo insertará Apple debajo de la piel de sus clientes o algo similar. A lo mejor está en lo cierto.

Es un tipo interesante, sí, pero la historia demuestra (lo siento, Mártir) que es muy mal asunto ser pareja de una mujer faquir, algo certificado desde que en los años 30 Koringa, la mujer que comía cristales e hipnotizaba cocodrilos, se subió a los escenarios como ‘partenaire’ del famoso Baclamán y él, poco a poco y con gran pena, descubrió que el público, indisimuladamente, la miraba solo a ella, a Renée Bernard (1913-1976), verdadero nombre de aquella fuerza de la naturaleza que protegida solo con un exótico bañador salía a escena y dejaba a los espectadores en el mismo estado de hipnosis que a los reptiles.

La vida de esta pareja transcurre, salvo por este aguafiestas paréntesis de la pandemia, por los escenarios de ese medio mundo en que se celebran ferias de tatuajes y ‘piercings’ (les han aplaudido en Alemania, Bulgaria, Irlanda, Polonia y en todos los puntos cardinales de España) y se han exhibido en un par de ediciones extranjeras de Got Talent, programa que cuando quiere un pico de audiencia echa mano a veces de los artistas de esta disciplina y si quiere que no hable de otra cosa llama directamente a Alex Magalael tragasables más audaz de todos los tiempos, que se precipita boca abajo a gran velocidad por una barra metálica con una espada metida hasta el cardias, o sea, muy adentro. Hasta ahora siempre ha conseguido detener la caída a escasos centímetros del suelo.

El gran (en todos los sentidos) Eduard fue su mentor, sobre todo en desbrozar el, ¡ay!, camino de la sonda

El género que cultiva Alexia es otro. Considera a Eduard, faquir con cara de bonachón, su gran mentor. Él fue el primero que en España se atrevió a meterse un taladro por las fosas nasales, en marcha, claro está, proeza que impresionará sobremanera a cualquiera que haya pasado estas últimas semanas por una covidiana PCR. Ella ha explorado un poco más esa parte de la anatomía y es una consumada especialista en hacer pasar un globo por el camino de la sonda, esa puerta trasera que separa la nariz de la boca y que en los hospitales solo se abre si el paciente está convenientemente dormido.

En el mundo del faquirismo no hay, por situar las cosas, nadie como Pastora Pavón, la Niña de los Peines, que dominaba todos los palos del flamenco, que son un montón. En este gremio con raíces milenarias, lo común es despuntar solo en un par o tres de palos. Kirman, por ejemplo, venerado y semijubilado faquir catalán, domina el fuego como pocos, tanto que aún nadie entiende por qué no arden su bigote y su perilla cuando escupe llamas con parsimonia por la boca. Célebre es también por insertarse cuchillos en las fosas nasales, pero no le digan que el médico le tiene que hacer una endoscopia, porque se pone a temblar.

El Fakir Testa nos hace el único tutorial que no debes seguir en casa. / ZML / Foto: Joan Cortadellas

Todo lo contrario sucede con Jaime Oms ‘Testa’, salvo que alguien levante la afilada hoja y demuestre lo contrario, el único tragasables español en activo, un tipo entrañable que va camino de heredar la fama de Fachín, que era capaz de comerse una bombilla pero que se negaba a fumar porque era perjudicial para salud, Molist, que se zambullía en un barreño en llamas y, por supuesto, Daja-Tarto, de quien hasta se ha publicado una biografía con un título inmejorable, ‘El faquir que viajó de Cuenca a la fama’.

Alexia Doll forma parte de esta minúscula constelación de estrellas con unos números capaces de quitar el hipo y algo más incluso a quienes no se creen impresionables, y, como muestra, una anécdota. En Barcelona, durante un espectáculo, un espectador pidió permiso para probar esa ‘bizarra’ experiencia de que a uno le atraviesen las carnes con agujas y le cuelguen como más o menos como a Richard Harris le hicieron para que los sioux le consideraran uno de los suyos. Lo de Harris era ficción, pero aquel espectador quería sentirlo de veras, ser un hombre llamado Caballo. Dijo que era un avezado practicante del BDSM, siglas con las que actualmente se conoce el mundillo sadomasoquista. Se desmayó. Fin de la historia. Alexia lo hace a menudo y ahí sigue, siempre despierta.