24 oct 2020

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La Contra

Un invierno con golondrinas

El único miembro de la familia que no migra a África ha criado por primera vez en Barcelona: el año pasado en el Camp Nou, este en la Sagrada Família

Ernest Alós

En primer plano, paneles de la torre de la Verge Maria, en la Sagrada Família.

En primer plano, paneles de la torre de la Verge Maria, en la Sagrada Família. / ALBERT BERTRAN

Si este invierno ve la silueta de una golondrina por los cielos de Barcelona, no se extrañe. No culpe al cambio climático (en principio): las bandadas que estos días están acabando de emprender su viaje a África en busca de sabrosas nubes de mosquitos no volverán hasta la próxima primavera. Pero como cada año, dejarán atrás al único miembro de la familia (para ser precisos, la de las Hirundinidae) que no migra. El avión roquero ('roquerol' en catalán), una golondrina de color pardo y sin hábitos viajeros, que prefiere pasar todo el año allí donde planta su nido. La novedad es que en los dos últimos años lo ha hecho, por primera vez, en la ciudad de Barcelona. Así que otro cambio va en este año tan extraño: un invierno con golondrinas.

De hecho, algún ejemplar podía verse procedente de sus feudos en ciudades vecinas, como un puente en L'Hospitalet. Pero el primer nido con papeles de empadronamiento barceloneses, que revela un curioso gusto por asentarse en los lugares más ajetreados de la ciudad (o ex-ajetreados; quizá sea ese el motivo) se detectó el año pasado en el Camp Nou. Y este año el segundo, en la fachada del Naixement de la Sagrada Família.

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Hace unos días, el ornitólogo Ricard Gutiérrez explicaba en Twitter que había visto revolotear por el templo cuatro ejemplares de esta especie que no consta en el atlas de aves nidificantes de Barcelona.  El naturalista Eduard Durany, responsable del seguimiento de la pareja de halcones peregrinos que habita en la otra fachada del templo, lo confirma. El nido se detectó en abril, y esos cuatro ejemplares podrían ser la familia al completo, después de haber criado con éxito en un recodo de la fachada gaudiniana más añeja, apaciguada esta primavera del trasiego turístico. Al parecer, no tiene nada que temer de tan agresivo vecino: la pareja de halcones prefiere presas menos veloces y con más chicha que compense la persecución, como palomas, tórtolas, cotorras y estorninos. Aunque las noches de las temporadas de migración, añade Durany, parece que los halcones se ponen tibios con las codornices que cruzan la ciudad en silencio y de noche. Vuelos nocturnos de codornices sobre el Eixample. Qué descubrimiento.

Una aclaración sobre el término 'golondrina', por cierto. De esta familia, en castellano dos miembros, las golondrinas propiamente dichas (común y dáurica) llevan este nombre: sus tres primas son 'aviones' (el común, la 'golondrina' que anida bajo los aleros, el zapador y el roquero). En catalán, en cambio, también son 'orenetes' los dos primeros aviones. Y en francés, en cambio, los cinco parientes son 'hirondelles'. Así que quizá sea aceptable aplicar el calificativo de 'golondrina' con cierta generosidad.

Un avión roquero en su medio natural /ERNEST ALÓS

"El avión roquero es un colonizador muy reciente de los espacios urbanos, es básicamente silvestre", explica Durany. Es la 'golondrina' que puede verse en pleno invierno en lugares rocosos y secos de todo el territorio. De los habitantes naturales de acantilados, el último en interpretar como cantiles donde anidar las repisas y huecos de los edificios de las ciudades, y las calles como desfiladeros por los que lanzarse a toda velocidad. Antes que él ya decidieron hacerse urbanas otras especies rupículas, como vencejos, halcones, cornejas, cernícalos, palomas... 

Que halcones y aviones roqueros decidan que la empinada y rugosa Sagrada Família es un acantilado, un espacio natural donde criar, aletear y comer seguramente haría feliz a Gaudí, el arquitecto que fusionaba forma arquitectónica, anatomía animal y estructura vegetal. El giro de los troncos de las adelfas en las columnas de la nave central, bases de tronco de sequoia en la fachada de la Pasión, hojas de magnolia en el techo de las escuelas. Una arquitectura viva y, además, habitada.