29 oct 2020

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La fiesta mayor de la pólvora

Cómo, cuándo y por qué del nuevo piromusical de la Mercè

Cuatro castillos de fuegos idénticos ascenderán desde las cuatro esquinas de Barcelona de forma simultánea

Carles Cols

El piromusical de la Mercè del 2019.

El piromusical de la Mercè del 2019. / FERRAN NADEU

La Mercè del 2020 será, comparada con cualquiera de las más cercanas ediciones anteriores, de bolsillo. A los espectáculos con cita previa habrán podido asistir, como mucho, unas 100.000 personas. Un bolsillo grande, sí, pero comparativamente, lo dicho, un bolsillo. La paradoja resultará ser (si la meteorología no lo impide) que el piromusical, broche final de toda Mercè de la era moderna, tal vez cosechará un récord de público sin igual. Será imposible de cuantificar, pero los fuegos artificiales de la fiesta mayor serán gozables desde todos los barrios de la ciudad y desde gran parte de balcones, ventanas, plazas y calles. Poco menos de 100.000 personas se reunían a veces a los pies de las fuentes de Montjuïc para despedir la fiesta mayor. La cifra parece fácilmente superable este domingo a partir de las 10.03 horas de la noche. ¿Cómo? He aquí lo que hay que saber y, de propina, algo de contexto.

Primera cuestión. Serán los primero fuegos artificiales de Barcelona sincronizados vía satélite. No será esta vez por ese vicio tan barcelonés de ‘épater’. Es por necesidad. Los cohetes pirotécnicos serán lanzados desde las cuatro esquinas de la ciudad. El arsenal en cada uno de esos puntos será idéntico a los demás. Quien desde su calle o balcón tenga un ángulo de visión noroeste verá la misma secuencia que quien viva cara al sureste. Lo que la conexión vía satélite permitirá es que la ignición de la pólvora sea prácticamente exacta en el segundero del reloj.

Primer aviso, una palmera

Segunda cuestión. ¿Hacia dónde mirar? Los lugares de lanzamiento se mantienen en secreto. Eso, al menos, se pretende. Si alguien ve un camión descargar el material, se supone que no debería aventar esa información por las redes sociales. La razón es fácilmente deducible. Se pretende que los fuegos no reúnan multitudes. No hay que ponérselo fácil al covid-19. Unos 15 minutos antes del inicio del castillo de fuegos (expresión en desuso, y es una lástima) se lanzará desde cada uno esos lugares secretos una clásica palmera pirotécnica. Igual que una bengala señala la ubicación de un náufrago, ese será el aviso para el público que indicará dónde sucederá la acción.

Tercera cuestión. El espectáculo será distinto al de otros años por varias razones. De entrada, la duración No serán 30 minutos. Serán 18. La pólvora disponible es la que es, 1.624 kilos, una cantidad nada despreciable, pero que hay que repartirla entre cuatro arsenales. Tampoco serán los mismos cohetes de otras ediciones. Se ha primado la altura. Las explosiones se producirán como mínimo a 100 metros de altura. No habrá nada de esas románticas lágrimas de fuego que se posan en el suelo mecidas por paracaídas. La altura es una solución adoptada para asegurar una mejor visión general.

Música

Cuarta cuestión. No habrá, es obvio, fuentes de Montjuïc, elemento en principio indisociable del piromusical de la Mercè, pero seguirá siendo eso, un piromusical, habrá pólvora y melodía. Será posible la contemplación de las explosiones sin más, a pie de calle, por ejemplo. Es más, el sonido será, se supone, envolvente y más atronador que otros años. Pero lo planificado por el Institut de Cultura de Barcelona es que el público sintonice TV3, que seguirá los fuegos artificiales con 10 cámaras, porque a través de esa cadena se podrá complementar el espectáculo de la pirotecnia con una selección musical de temas con los que crecieron los actualmente mayores de 60 y 70 años. Ese es, claro, un concepto muy ambiguo y que hay que aclarar. Los sesentones fueron jóvenes con los Sex Pistols. Los setentones, con los Rolling Stones. No se refiere a esos gustos canallas el Icub cuando habla del piromusical de este año. El pupurrí, parece, incluirá Nat King Cole, los Sírex y Núria Feliu. Curiosa mezcla.

El resultado final de toda esta reconsideración del piromusical de la Mercè obligada por la pandemia no se podrá evaluar hasta que, a 22.21 horas, finalice la obligada traca final. Los fuegos artificiales son, por una parte, una ciencia exacta. Las sales de cobre, mezcladas con la pólvora, brindan un espectacular color verde. Las de estroncio, una luminosidad escarlata. Las anaranjadas palmeas iniciales deben su característico color al óxido de hierro. Pero los espectáculos de fuego no son, como su propio nombre señala, fríos, hay un factor humano imprevisible. La prueba del nueve indiscutible es el ‘correfoc’, esa suerte de sanfermín infernal que Barcelona reinventó en 1979 (incluso el nombre salió de los despachos del Icub) y que se ha convertido en algo tan esperado y multitudinario de la fiesta mayor como lo pueda ser el piromusical. No ha habido, con el coronavirus, alternativa posible para el ‘correfoc’. Pero la cuestión ahora es otra. La incógnita es si esta suerte de piromusical descentralizado y que ‘atacará’ Barcelona por los cuatro puntos cardinales es, en función de su éxito, una variante que se extinguirá con la vacuna o si, por el contrario, merecerá la pena mantener de un modo u otro en la programación de próximas ediciones.