26 oct 2020

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EL PRÓXIMO 20 DE ENERO EN EL RAVAL

Desahucio en el gimnasio que ofrece ducha y comida a 150 personas al día

El contrato de alquiler del Sant Pau terminó en julio y el ayuntamiento aún no ha comprado el edificio, tal y como se aprobó en un pleno municipal en el 2018

La cooperativa, convertida durante la pandemia en punto de referencia para las personas sin hogar, es un lugar de encuentro de vecinos de toda condición

Helena López

Tere, corazón del Sant Pau, este miércoles en la recepción.

Tere, corazón del Sant Pau, este miércoles en la recepción. / JOAN MATEU PARRA

Teresa Muñoz, la Tere, es un puntal del Sant Pau. Pequeñita, con el pelo recogido hacia atrás, lleva décadas en la recepción del más singular de los gimnasios de la ciudad, en el 46 de la Ronda de Sant Pau, a dos pasos de la plaza de Folch i Torres en una dirección y del mercado de Sant Antoni en la otra. Un viejo gimnasio inaugurado hace ocho décadas, que en los últimos meses se ha reconvertido en un lugar en el que cada día acuden 150 personas sin hogar a ducharse, cambiarse de ropa y de mascarilla y llevarse algo que echarse a la boca. Pero, más allá de este imprescindible servicio público, el Sant Pau es el sitio en el que la Tere, a quien "nunca le ha importado la cartera ni el origen de nadie", saluda a todo el mundo por el nombre como hacía antes de la pandemia y se preocupa de asuntos para muchos invisibles, como si alguna mujer necesita compresas. Una cooperativa que no renuncia a ser gimnasio.

La crisis del coronavirus les ha obligado a centrarse exclusivamente en las tareas asistencialistas, la emergencia aprieta, pero su intención es reabrir el equipamiento a los socios a partir del 15 de octubre, actividad que quieren hacer compatible con el servicio de duchas que se ofrece por las mañanas en un convenio con el Ayuntamiento de Barcelona que esperan renovar hasta final de año. La situación lo requiere. Su situación particular requiere también un paso firme del gobierno local. El contrato de alquiler terminó el pasado mes de julio y pesa sobre ellos una orden de desahucio que ya tiene fecha: el próximo 20 de enero. No es la primera. 

"Cuando llegaron los niños sin referentes y recursos, se adaptaron para acogerles, y con el covid han hecho lo mismo. Están cuando se les necesita"

Enric Canet

Casal dels Infants del Raval

Pese a que el gimnasio echó a andar hace 80 años, ha sido en los últimos ocho en los que el Sant Pau se ha convertido en una importante pieza del engranaje de la vida comunitaria del Raval. El punto de inflexión se vivió en el 2012, cuando, ante el inminente cierre del negocio, sus empleados decidieron convertirse en cooperativa y mantener un gimnasio que era ‘casa’ para decenas de vecinos del Raval. Los trabajadores tomaron las riendas y decidieron, por ejemplo, que ningún niño del barrio se podía que quedar sin ir al gimnasio o hacer clases de karate o de boxeo porque sus familias estuvieran pasando por un mal momento económico. Les decían que si traían buenas notas podían acceder al gimnasio sin pagar, aunque en realidad nunca negaron el paso a ningún niño por un suspenso. Esa flexibilidad es la marca de la casa del Sant Pau, el paraíso de las segundas, terceras y cuartas oportunidades. Flexibilidad y empatía que les hizo adaptar los horarios durante Ramadán o convertirse en el primer gimnasio de España con vestuarios no binarios, tras ver que las personas trans se iban del gimnasio sin ducharse porque no se sentían cómodas.

Un usuario usa un ordenador para hablar con su hermano, en Chile. / JOAN MATEU PARRRA

El Sant Pau es ese lugar en el que puedes ver a un usuario frente al mostrador en vez de tras él porque necesitaba usar internet para comunicarle algo importante a un familiar que está demasiado lejos. Detalles como ese, que podrían parecer menores pero que en absoluto lo son la esencia del Sant Pau. 

El 3 de octubre han convocado una cadena humana desde el gimnasio hasta el ayuntamiento para pedir una solución

Desde el Casal dels Infants del Raval, Enric Canet destaca esa capacidad del Sant Pau de adaptarse a las circunstancias. "Cuando llegaron a la plaza los niños sin referentes ni recursos, el gimnasio se adaptó para acogerles. Con el covid, ahora, han hecho lo mismo, y cuando el barrio necesite otra cosa, se adaptarán y la harán", subraya Canet, quien considera imprescindible una entidad con esa capacidad en un barrio como el Raval.

"Además, por su ubicación hace de puente entre el Raval y Sant Antoni, algo muy necesario para saltar fronteras y tejer alianzas. El ayuntamiento debería aprovechar todo ese capital, comprar el edificio, conservar el proyecto del Sant Pau construir pisos sociales encima como el pleno se comprometió a hacer hace dos años. Barcelona no se puede permitir perder un proyecto así y que lo remplacen pisos de lujo privados", concluye Canet, apasionado de la historia del barrio, quien apunta que, además, el gimnasio se levanta sobre la muralla de la ciudad.

Botellas de agua que el Sant Pau ofrece a los que acuden a ducharse / JOAN MATEU PARRA

Como Canet, Ferran Busquets, director de la Fundació Arrels, consideraría un "error gravísimo" que se dejara caer un proyecto de innovación social como el Sant Pau. "En Barcelona faltan duchas, en general, y, sobre todo, faltan espacios que normalicen como lo hace el Sant Pau las duchas de la gente que vive en la calle. El suyo es un proyecto muy interesante, muy potente por la proximidad a las personas, por la convivencia sin prejuicios", defiende Busquets. "Es como si a la administración no le interesaran este tipo de proyectos, cuando estas iniciativas de base son brutales. No es primer caso así. Ha pasado con otras entidades. Si cierra el Sant Pau decenas de personas se quedarán colgadas. Hay que garantizar su viabilidad. Encontrar una solución sí o sí para que este proyecto funcione", concluye.

"Función social increíble"

El despacho de Maria Assumpció Vila, Síndica de Greuges de la ciudad desde hace una década, da a la ronda de Sant Pau, justo frente al Sant Pau. Cuando habla por teléfono, se asoma por la ventana y ve siempre la cola de gente tan diversa en la puerta. "La función social de este espacio es increíble", señala convencida de la necesidad de conservar el proyecto.

Un hombre entra en las duchas del gimnasio Sant Pau, este miércoles / joan mateu parra

Si de algo saben en el Sant Pau es de resistir. No se han quedado de brazos cruzados ante la orden de desahucio. Para el próximo 3 de octubre han convocado una cadena humana entre el gimnasio y la plaza de Sant Jaume en la que tienen la intención de vaciar la piscina, vaso a vaso, y llevar el agua hasta el ayuntamiento. "La pelota está en su tejado. El compromiso de la compra es del 2018 y no solo habla de salvar el gimnasio; también de conservar la casa-fábrica, patrimonio en peligro si dejan que el desahucio se ejecute y que un privado construya aquí pisos", insiste Ernest Morera, portavoz del gimnasio, cuya campaña de resistencia incluye también un concierto el próximo 8 de octubre en el que ya han confirmado su participación grupos como Mishima y Bajas Pasiones. 

En paralelo han iniciado una campaña de socios. Quieren volver a llenar el Sant Pau de la mezcla de usuarios que siempre lo ha caracterizado y volver a llenar -siguiendo las recomendaciones covid, por supuesto- las instalaciones deportivas, además de las duchas, que no quieren perder. Antes de la pandemia, de hecho, ya ofrecían el servicio de duchas a personas sin hogar (entonces 50 al día, en lugar de 150, como ahora). Estas 50 personas no solo se duchaban, podían también acceder a la piscina, al jacuzzi, a las clases y al resto de instalaciones. Lo de mezclarse aquí es literal.