23 sep 2020

Ir a contenido

sector económico en jaque

La caída del turismo cuestiona el patrón comercial del centro de Barcelona

Expertos defienden replantear parte de la oferta de Ciutat Vella y generar nueva actividad

El sector reivindica moderar los alquileres para ganar diversificación y atraer nuevos públicos

Patricia Castán

Imagen de la calle de Ferran, junto a la Rambla, el pasado viernes.

Imagen de la calle de Ferran, junto a la Rambla, el pasado viernes. / JORDI COTRINA

Cuenta el arquitecto Juli Capella que la estocada que le llevó a dejar de vivir en el Born fue ver desaparecer los taburetes y mesas del pequeño bar donde a diario desayunaba con calma porque el negocio se convirtió en primavera y verano en un 'take away' rápido y mucho más lucrativo. Se sintió expulsado (entre otras cosas) por el afán de muchos comercios de rendirse al turismo, siguiendo la implacable ley de la oferta y la demanda. Pero ese necesario visitante (la enorme oferta de negocios y servicios de la ciudad sería inviable si apuntara solo al barcelonés) ha determinado tanto la fisonomía de algunas calles de Ciutat Vella que la eventual deserción turística por el covid-19 amenaza de muerte a muchos  de establecimientos. Expertos de diversos ámbitos y residentes cuestionan el modelo económico del centro, en la misma medida en que ven una oportunidad para reequilibrarlo.  

El proceso vivido sobre todo  en la última década en el distrito, epicentro de los movimientos de millones de visitantes de todo el mundo, ha tendido a devorar el comercio y restauración de proximidad en pos de muchas propuestas que por contenido o precio se dirigían claramente al visitante. Lo evindencian casos flagrantes como la calle de Ferran, con casi medio centenar de cierres (temporales o definitivos) como informó este diario, porque sin los turistas han perdido su clientela. Apenas hay ciudadanos que acudan a tomarse una cerveza o de compras esa vía, a la Rambla u otras muchas, en las que vecinos y barcelones se sienten ajenos.

La barrera del precio

La mera afluencia masiva de viajeros (potenciales compradores) enloqueció los alquileres en muchos puntos hasta el punto de imposibilitar que se establezcan tiendas de proximidad o incluso o de artesanos o creadores locales (expulsados también del Born por las altas rentas). «Pagar 9.000 o 12.000 euros por cien metros cuadrados –en alusión a Jaume I o Ferran– no se sostiene sin el turismo» , apunta Ruben Costán, responsable de locales de Gramar, que alerta de que la cotización de la segunda línea comercial de Ciutat Vella se había «disparado» y ahora corre peligro. 

La evolución de los alquileres de negocios es aún impredecible por las incertidumbres de la pandemia

Tanto, que Gerard Marcet, socio fundador de la consultora Laborde Marcet aconseja considerar un «replanteamiento del mix comercial», visto en los últimos meses la cantidad de negocios «solo enfocados al turismo» que ahora están en riesgo si no tienen detrás una multinacional que aguante la embestida de la insólita pandemia. Jugar con las rentas es aún complejo ante tantas incertidumbres de futuro, aunque si alguien quiere alquilar «sin ajustar precios será difícil a corto plazo», ante las malas previsiones del otoño.

En la misma línea, el director de asesoría jurídica de Tecnotramit, David Viladecans, sentencia que todo negocio enfocado al turismo «perderá el año» y para paliar el «drama» comercial que se vive de plaza de Catalunya hacia el mar hay que pensar en «crear oferta para el público nativo o afrontar un largo desierto». 

Esa dependencia ya llevó hace unos meses a Barcelona Global, la asociación sin ánimo de lucro que aúna a empresas, emprendedores, centros de investigación, escuelas de negocios y profesionales, a presentar una propuesta para resucitar numerosos edificios históricos en desuso en el centro de la ciudad. Mateu Hernández, CEO de la entidad, mantiene que la actual situación refuerza sus tesis. Si en los últimos 18 años Barcelona ha perdido 720.000 metros cuadrados de oficinas, significa prescindir allí de una enorme masa de trabajadores (también de vecinos), lo que ha dejado aún  más la demanda en manos de los visitantes. O sea, se extinguen el bar de barrio de menú, relevado por el de tapas o reclamos para el viajero, como sucede con tintorerías, peluquerías o ferreterías, a la par que crecen las tiendas de regalos o de compras de capricho. 

Barcelona Global defiende que su plan de resucitar edificios vacíos con nueva actividad ayudaría al equilibrio

«El problema no son los turistas, sino la desaparición de la actividad económica no turísticas. Si se asientan 'coworkings', creadores y nuevas empresas en los edificios vacíos se generaría otra dinámica», mantiene, convencido de que además la pandemia «ha alterado la ecuación». «Con más metros cuadrados disponibles, nuestro plan es más necesario aún», agrega, reclamando al ayuntamiento que potencie ese cambio y le «dé nuevo sentido al centro, no solo prohibiendo sino incentivando otras licencias».

Los residentes de siempre llevan muchos años hablando de monocultivo turístico. «Ha habido una especulación tan brutal que el comercio de barrio no pudo aguantar», opina Mariona Roca, miembro de Resistim al Gòtic, quien no quiere un barrio lleno de persianas bajadas pero  tampoco volver al modelo precovid-19. «Es el momento de plantear qué tipo de economía y servicios queremos y de diversificar el comercio».

Persianas bajadas en la ronda de Universitat / jordi cotrina

Una tesis, la del reset, que también alienta Capella. «No hay que cargarse el turismo, ni los hoteles ni los bares, tan solo pensar también que la ciudad es donde vive gente y el centro había colapsado», afirma el arquitecto, defensor de aprovechar la reconstrucción del tejido comercial con una «regulación inteligente» y que «no quede en manos del mercantilismo».  «Hay que atreverse a innovar y hasta probar experimentos», insiste. Se queja de que no se haya apoyado lo suficiente el comercio singular y la metrópoli se haya abocado a un modelo depredador que «acaba haciendo todas las ciudades iguales».

Diferenciar las propuestas

En ese punto coincide con Nuria Paricio, directora general de Barcelona Oberta, la asociación de ejes comerciales más céntricos, defensora de frenar la clonicidad poniendo en valor la oferta diferencial. A su juicio, Ciutat Vella cuenta con muchos establecimientos singulares, de diseño o artesanales que aportan valor de ciudad, aunque admite que en algunas calles «el peso de la afluencia de visitantes condiciona la oferta». En este sentido, apela a la futura implantación de los APEU (nuevo modelo de gestión comercial por zonas) que permita diversificar y aportar calidad. 

Distintas voces proponen regular y enriquecer la oferta   aprovechando el escenario de transformación 

La experta añade que la crisis que viven diversos ejes céntricos no solo depende de la bajada de viajeros, sino también del teletrabajo que ha dejado sin buena parte de su público a calles como la Rambla Catalunya. Y recuerda un estudio de hace tres años estableció que el volumen de tiendas y restaurantes de Barcelona precisaba una población flotante del 57% (entre turistas y compradores del resto del territorio catálán) para ser viables.

David Nogué, CEO de la consultora Eixos, enfatiza que lo que padece Barcelona es común a los centros de Londres, Nueva York u otras grandes urbes y recuerda que la capital catalana es una de las que tiene mayor densidad comercial, con más de mil negocios por kilómetro cuadrado enalgunas zonas, lo que implica un menor riesgo de pérdida global de servicios del que, por ejemplo, sufre la capital del Reino Unido, en caso de que se consumen muchos cierres.

Basándose en un modelo de cálculo predictivo, Eixos estima que hasta seis de cada 10 bares y restaurantes corren riesgo de cierre, ya que la hostelería es el ámbito de más riesgo en este momento. Con factores como la esencialidad, estocs o la mano de obra, dicen que la crisis en Ciutat Vella se debe a su centralidad y su alto «índice de atractividad», basado en el equipamiento personal, cultura, ocio..., pero no de consumo cotidiano o urgente.