23 sep 2020

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Volar en la 'era covid'

El aeropuerto de El Prat impone nuevas reglas por el coronavirus

Los viajeros se encuentran con puertas cerradas y el regreso de la megafonía

Una normativa europea obliga a los acompañantes a quedarse en la calle

Óscar Hernández

Zona de acceso a la T-1 para los viajeros que llegan al aparcamiento y donde los acompañantes se tienen que quedar.

Zona de acceso a la T-1 para los viajeros que llegan al aparcamiento y donde los acompañantes se tienen que quedar. / Elisenda Pons

Muchas cosas no volverán a ser iguales tras la pandemia del coronavirus. Una de ellas ya es volar. Acompañantes que no pueden despedir ni recibir a los suyos dentro de las terminales, mayoría de bares y tiendas cerrados, cámaras controladoras de temperatura, la vuelta de los avisos por megafonía y la instalación de alfombras desinfectantes de zapatos son algunas de las novedades que han aterrizado en El Prat.

Los cambios empiezan a la llegada en coche a la Terminal 1. Si el viajero deja el coche en el aparcamiento ya no puede acceder directamente al vestíbulo del aeropuerto a través del pasillo de la planta 2, que conecta la zona de Llegadas con los párkings A, B, C, y D. Debe bajar, andando o en ascensor, a la planta 0, donde esperan autobuses y taxis y se coge el metro. Una vez en esa especie de calle al aire libre, tiene que caminar hasta la única puerta de entrada abierta para pasajeros que hay en ese nivel. Ahí los acompañantes ya no puede pasar y el viajero ha de mostrar su billete o la tarjeta de embarque y subir a la planta 1, la de Llegadas.

Esperas al aire libre

"A causa del coronavirus, las normas de la Agencia Europea de Seguridad Aérea (AESA) obligan a todos los aeropuertos a que los acompañantes no entren en los edificios. Deben estar en una zona al aire libre", indican fuentes de Aena. En esa misma puerta, de la planta 0, justo delante de la parada del Aerobus, unas cintas impiden el paso al que no sea viajero.

¿Qué ocurre si se quiere recoger a alguien y el vuelo viene retrasado? El primer problema es que fuera de la terminal, en ese punto de espera o de encuentro, no hay  pantallas con los horarios. Solo hay una medio escondida junto a la parada de taxis. A esto se suma la imposibilidad de acceso a los bares del vestíbulo de Llegadas, los que hay justo delante de las puertas opacas que atraviesan los pasajeros tras recoger sus maletas. Esos bares por cierto siguen cerrados desde el inicio del estado de alarma. 

El bar-restaurante desconocido

Aunque existe una solución, un bar-restaurante casi secreto, una especie de cantina, muchos la llaman así, a la que sí pueden ir los acompañantes sin entrar en las terminales. Diseñado para los empleados del aeropuerto, este restaurante, con menús a bajo precio, está a apenas 50 metros de la puerta de acceso de pasajeros, justo al lado de la cola de taxis de Llegadas. "Aquí puede comer y beber cualquier persona, trabaje o no en el aeropuerto, ya que no necesitan un pase para entrar", explica un trabajador del la T-1.

Una vez dentro de la T-1 el viajero que se va a ir sube de la planta 0 a la 1, la de Llegadas, que debe atravesar cruzar andando por la derecha, para no cruzarse con los que acaban de aterrizar. Dos rampas automáticas le conducen hasta la planta 2, la de Salidas, donde están los mostradores de facturación y el filtro de seguridad previo al embarque, la única entrada a la zona más segura de un aeropuerto.

Si en vez de hacerlo en su propio coche, el viajero llega a la T-1 en taxi o en el vehículo de un conocido, puede entrar directamente en la planta 2 de Salidas desde la calle principal del recinto. Pero sólo una puerta en el centro de la terminal está abierta y también ahí hay que enseñar el documento de viajes. Ya dentro hay un centenar de mostradores de facturación. La inmensa mayoría están cerrados pese a que ahora muchas compañías instan a facturar el equipaje de mano para evitar contacto con otros viajeros al colocar las maletas a los armarios del avión. 

Vuelve la megafonía

Además de los diversos recipientes de hidrogel alcohólico y las muchas cintas y marcas en el suelo para ordenar las colas hay un detalle que llama la atención. Después de años de silencio vuelven a oírse los mensajes por megafonía. Cada cinco minutos Aena recuerda a los pasajeros que deben llevar bien colocada la mascarilla. Hasta ahora los únicos avisos que sonaban eran los dirigidos a los viajeros que esperan justo delante de la puerta de embarque. Para conocer la inminencia de la salida de un vuelo hay que mirar las pantallas, la mitad de las cuales se destinan ahora a consejos sobre el Covid-19. No en vano hay pocos aviones, unos 400 vuelos diarios, menos de la mitad de los 1.100 del agosto anterior.

En los filtros de seguridad hay pocos cambios, salvo que se controla más la fluidez. Hay un detalle curioso. Aena ha renovado todas las bandejas de plástico donde se depositan el bolso, el llavero o el cinturón para poder desinfectarlas cada día. Pasado el control, se entra en la zona de tiendas y restauarntes. Hay  muchas persianas cerradas. Y eso sorprende. Según datos de Aena, en la T-1 han abierto ya 15 tiendas, de un total de 52; 6 resturantes, de 34, y una sala VIP, de tres.

Y es en esa sala para pasajeros con billetes y tarjetas especiales, donde pueden comer y beber gratis y descansar, en la que se ha instalado una alfombra de desinfección de calzado. "La gente nos agradece lo de la desinfección de los zapatos y que no dejemos ya tocar la comida del buffet, pues por seguridad tenemos que servirla a cada uno. Nos dicen que así se sienten más seguros y nos felicitan", cuenta Arnau Ratia, supervisor de la sala Pau Casals, hoy casi vacía.

Ni besos, ni abrazos

De vuelta a la zona central de la T-1 también sorprende la calma. El comandante Eusebi Sape y la sobrecargo Diana Almasque se dirigen a la sala de firmas para despachar su vuelo de Vueling a Palma. "Para nosotros lo que más ha cambiado es la relación social entre los tripulantes. Ya no nos damos abrazos ni besos. Tampoco salimos de los hoteles donde descansamos", explica Sape, quien también ve mejoras: "Hemos ampliado el tiempo de las escalas y se han agilizado el embarque y desembarque". 

Reparto de toallitas desinfectantes en un vuelo de Barcelona a Palma. / ELISENDA PONS

En los aviones ya hay un plan de seguridad por si aparece un persona con síntomas de Covid-19. "Si estuvieramos volando la invitaríamos a ir a los asientos de atrás y se le asignaría un lavabo que solo podría utilizar ella", explica la sobrecargo Almasque, quien, ya en el avión, recibe a los pasajeros con mascarilla y guantes de látex igual que sus compañeros. Estos reparten toallitas desinfectantes con alcohol y una bolsa para residuos a cada viajero, un detalle de esta compañía.

La explicación del aire limpio

Otra medida voluntaria que aplica Vueling en todos sus vuelos (esta no está impuesta por la AESA) es que los comandantes informan sobre la desinfección del aire en el interior del avión. "Les explicamos que todo al aire se renueva casa dos minutos y que hay unos filtros HEPA que atrapan el coronavirus", detalle Sape. Apenas una hora después, con el avión ya en pista, sus pasajeros escuchan su explicación de su propia voz. "No ponemos una grabación porque queremos que reciban el mensaje como algo importante y próximo", aclara Almasque.

"Yo no tenía ni idea de que se filtrara todo el aire y escucharlo me ha tranquilizado mucho", explica el pasajero Sergi Besonias, estudiante de 21 años que vive en Sabadell y vuela a Palma. Solo unas filas más atrás, otro viajero, Marçal Carreras, de 14 años y de Lleida, que ha pasado varias semanas confinado en el Segrià, agradece las medidas de seguridad del aeropuerto y de este vuelo, pero lamenta que en la cola para embarcar, y especialmente dentro del 'finger', "nadie controlaba la distancia entre las personas".

Los cuatro pasajeros consultados, de este y otros vuelos, manifestaron la misma preocupación. Como Nacho Lewin, de 43 años, que, mientras aguarda en El Prat para subir a un avión de Ryanair a Palma, espera sentado en la sala de espera de la T-2 para ser de los últimos. "He rehusado a pagar por la prioridad porque luego la gente de acumula en la cola para subir al avión", indica. De hecho, confiesa que teme contagiarse del covid-19 porque tiene un bebé, y ahora su mujer y el pequeño están con los padres de ella, ya mayores. Añade que vino con su mujer y el bebé de Palma, donde vive, a Barcelona en ferry: "Estaba prácticamente vacío y nos sentimos muy seguros".