12 ago 2020

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barceloneando

La calle de Montcada cae del pedestal

El historiador Albert Garcia Espuche rompe el mito de que esta fue una calle palaciega y levanta un monumental libro sobre la vida cotidiana de los 'montcadins' a lo largo de seis siglos

Carles Cols

Transeúntes por la calle de Montcada de Barcelona, este lunes.

Transeúntes por la calle de Montcada de Barcelona, este lunes. / JOAN CORTADELLAS

Albert Garcia Espuche, el Howard Carter de los archivos documentales, historiador de inagotable paciencia a la hora de reconstruir el pasado local de Barcelona anterior al siglo XIX, le ha salido un libro de 5,4 kilos de peso cuando ha querido realizar la mayor y ‘más-completa-imposible’ anatomía de la calle de Montcada. Es, paradojas de la vida, un libro monumental que lo que en realidad hace es bajar del pedestal la calle de Montcada. Ni fue la calle de los palacios de la ciudad ni fue tampoco el hogar de la crema social medieval y moderna, leyendas ambas, parece, indelebles en el relato colectivo de los barceloneses. Tampoco fue una calle nacida en pago a la ayuda que un tal Guillem Ramon de Montcada le prestó a Ramon Berenguer IV para conquistar Tortosa. Incluso su aspecto actual (“un parque temático de palacios medievales”, según lamenta el autor) no es más que una operación de cirugía estética llevada a cabo por el catalanismo durante el siglo XX para, en palabra de Josep Puig i Cadafalch, “mejorar el pasado”. Pero, una vez fuera del pedestal, es sin duda una calle apasionante desde la perspectiva de la historiografía profesional. Los 5,4 kilos de ‘La gent del carrer Montcada’, presentados este lunes por Garcia Espuche, son una plusmarca documental muy difícil de superar.

A los últimos vecinos de Montcada, los de principios del siglo XX, les daría la risa si supieran que sus casas son hoy tenidas por ancianos palacios

La gran impostura del barrio gótico de Barcelona, un corta y pega de fachadas y a veces de edificios enteros, todo ello remachado con soluciones arquitectónicas grotescas, como esas falsas ventanas medievales que tanto abundan en el centro histórico de la ciudad y, cómo clímax, el anacrónico puente de la calle del Bisbe, fue relatada perfectamente en el año 2011 por el historiador Agustín Cócola en su tesis doctoral de final de carrera, que, desgranada por este diario entonces, causó bochorno en algunos estamentos oficiales. No en vano, algunos de los más vistosos falsos góticos de la ciudad están catalogados como Monumento Histórico Nacional. A Cócola dedica Garcia Espuche un elogioso capítulo en las primeras páginas del libro, pues le sirve para adentrarse en la primera gran equivocación que suscita la calle de Montcada. Los mal llamados palacios, como el que ocupa el Museu Picasso o el Museu de les Cultures del Mòn, supuesto Palau del Marquès de Llió, donde ha sido presentado el libro, eran solo casas grandes, explica el autor, fruto en ocasiones de fusionar varias fincas. Es cierto que Montcada era una calle destacada y que –añade Garcia Espuche— fue una suerte de ascensor social en distintas etapas si sus residentes tocaban las adecuadas teclas comerciales, pero el lugar más noble de Barcelona jamás dejó de ser, por ejemplo, la calle de Portaferrissa o, mejor aún, Ample, que como su propio nombre indica era más espaciosa, un lujo en el interior de una ciudad que permaneció amurallada más allá de lo razonable.

La casa Reart, llamada también Palau de Berenguer Aguilar, en el número 15 de la calle de Montcada, antes y después de las obras de gotificación realizadas en 1965. 

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La ciudad reinventada

La ciudad reinventada

Por Montcada pasaba cada año la procesión del Corpus. Esto, parece, fue un plus de prestigio, suficiente como para que, como si fuera la pamplonica calle de la Estafeta, disponer de un mirador privilegiado fuera indispensable. El Corpus, o el paso de cualquier comitiva real, en ocasiones, hizo que entre los siglos XVI y XVII las ventanas medievales del primer piso fueran sustituidas por balcones. Montcada, por lo tanto, no ha sido, como tal vez le gusta decir a algunos guías turísticos, una calle conservada dentro de una gran gota de ámbar para su disfrute actual. De hecho, sería bastante irreconocible hoy para cualquier residente de principios de siglo, pues en ese proceso de gotificación antes citado se suprimieron, por ejemplo, muchos bajos comerciales, colmados y tiendas de todo tipo, y el espacio de la puerta fue sustituido por ventanales palaciegos.

La autopsia que Garcia Espuche ha llevado a cabo lo revela casi todo de la vida en esta calle, incluso sus vicios, sus crímenes y hasta si tenían esclavos

Esa última metamorfosis es la que ha contribuido maliciosamente a redibuja el pasado de la calle de Montcada como en realidad no fue y que Garcia Espuche trata de enmendar con su colosal trabajo. Experto en sumergirse en los archivos (en el de los notarios habrá consultado miles de testamentos y oros tipo de actas legales), el autor ha realizado una profunda anatomía de la vida social de la calle durante seis siglos. Ha confeccionado los árboles genealógicos de varias de las familias residentes, pero también ha seguido el rastro de muchos de los residentes en régimen de alquiler, algo bastante común, pues el alma rentista de Barcelona viene de lejos. Conoce, tras la investigación, sus filiaciones políticas (en 1714 compartían calle, pared contra pared, austriacistas y felipistas), sus oficios, los muebles que compraron, los cuadros y tapices que colgaban de sus salones, cuántos de ellos tenían esclavos (los hubo, como mínimo en 18 casas), donde tenían ya una segunda residencia para escapar de la ciudad, sus orígenes y, en definitiva, cualquier momento singular de sus vidas.

Joan Aparissi (ahí va un ejemplo de esos que quitan el hipo) acordó en 1564 que su hija Àngela se casaría con Jeroni Galcerán Serapi de Sorribes cuando la pobre cumpliera 12 años. Pasó por el altar, al contrario que Maria Josep Ferran Vives, que el 5 de abril de 1673, en su duodécimo aniversario, denunció en el convento de la Ensenyança que su madre la quería casar con Marià Vedruna. Devolvió el diamante que le había regalado la que iba a ser su suegra y se hizo monja.

Baúl nupcial, un mueble hallado en uno de los palacios de la calle de Montcada de Barcelona.

De Francesc de Junyent i de Sapila ha descubierto Garcia Espuche que tenía una querida, Cecília Caparorta. Parece que era un secreto a voces, pues el virrey en persona le conminó a que pusiera fin a esa relación adúltera. Desoyó la orden, pero tanto no la querría, pues en el testamento que redactó en 1635 tomó medidas para que sus hijos legítimos no perdieran parte de sus riquezas cuando apareciera algún descendendiente indocumentado de aquella relación extramatrimonial.    

Francesc Bou, en 1621, apuñaló 50 veces a su esposa y, por salvar la vida, juró ante los jueces que antes del último suspiro (‘in articulo mortis’, le llaman a esto los abogados) ella le perdonó. No coló y le decapitaron.

Montcada no fue, a pesar de que se diga, la calle más señorial de la ciudad. Era un ascensor social, sí, pero al último piso se llegaba en la calle Ample

La de Montcada, en definitiva, no fue ni una calle de ricos ni tampoco una de pobres. En 1361, según un censo de ‘fogatge’, de todos cuantos allí vivían, un 15% eran ricos, un tercio pobres y el resto, ni lo uno ni lo otro. Garcia Espuche, como si de un geólogo de lo social se tratara, realiza a lo largo de las 1.198 páginas del libro algunas catas. En 1363 vivían en la calle dos caballeros, un ‘ciutadà honrat’, seis servidores reales, 17 comerciantes, un trapero, un notario, dos ‘corredors d’orella’ (agentes comerciales, más o menos), un curtidor, un zapatero, un artesano de las lanzas, un especialista en lanas y dos, parece, tipos sin oficio ni beneficio. En 1640, el cuadro era otro: ocho militares, dos ‘ciutadans honrats’, tres mercaderes, una viuda, tres sastres, dos algodoneros, un cirujano, un vidriero, un tabernero, una artesano de sandalias, otro de medias, un fabricante de cajas y un ‘corredor d’orella’. Es cierto que a lo largo de su historia en Montcada vivieron banqueros y prestamistas, también una veintena de ‘consellers en cap’ de Barcelona, pero no era la calle señorial y principal de la ciudad como a veces ahora se pretende, y mucho menos desde 1714, que al amputar brutalmente Felipe V una parte del barrio de la Ribera quedó de repente descentrada, demasiado cerca de la ciudadela militar construida para amedrentar a los barceloneses.

‘La gent del carrer Montcada, una historia de Barcelona’ es, lo dicho al principio, un libro que vale su peso en oro. Es apasionante y, a la par, desmitificador. Montcada seguirá siendo probablemente para muchos y a pesar de todo la calle de los palacios. La operación de gotificación que allí se llevó a cabo hace menos de 100 años continuará surtiendo el efecto deseado y Barcelona, así, seguirá siendo como la protagonista de la canción que a tres manos escribieron Antonio QuinteroRafael de León y Manuel Quiroga, “la perdición de los hombres, la que miente cuando besa. Ya lo sabe, yo soy esa”.