VIDA MONACAL ALTERADA

Monjas confinadas: "Estamos viviendo una doble clausura"

EL PERIÓDICO habla con religiosas para saber cómo ha cambiado su día a día durante el estado de alarma

Ellas ya hacían una vida propia de una cuarentena, pero ahora extreman las precauciones para evitar contagios

Imagen de archivo de unas monjas planchando toallas.

Imagen de archivo de unas monjas planchando toallas. / EFE / Santi Otero

Se lee en minutos

“Nosotras estamos viviendo una doble clausura”. Con esta frase responde la religiosa María del Carmen, de 81 años, cuando este diario se interesa por su situación en esta Semana Santa alterada por el confinamiento para evitar la propagación del covid-19. Ella lleva 65 años de su vida encerrada de forma voluntaria, obviamente, en el Monasterio de la Purísima Concepción en Chinchón, Madrid.  “Y nunca me arrepentiré de esta decisión”, apostilla esta monja, que este año no podrá vender dulces como el hornazo, tan típico por estas fechas. 

La pandemia global ha tenido su efecto en el día a día de los que habitan los conventos. El virus también se ha colado en sus vidas alejadas del mundanal ruido. “Nosotras vivimos de la repostería. Tienen mucho éxito entre vecinos y gente de los alrededores, aunque ahora no podemos vender”, explica Maria del Carmen, que convive con otras siete religiosas en un convento fundado en 1653, ahora cerrado a cal y canto.  

Al no tener trabajo, las monjas de este convento de las Clarisas han “intensificado” sus rezos y oraciones. “Rezamos por la gente que está mal, que está padeciendo la enfermedad, y también para darle fuerza a las personas que asisten a los contagiados”, precisa la octogenaria, que ahora se está acostumbrando a recibir la eucaristía a distancia, a través de una pantalla. “Esta ceremonia es el centro de nuestra vida y afortunadamente, gracias a las nuevas tecnologías, podemos seguir celebrándola”, explica Maria del Carmen, que si antes solo salía del convento para ir al médico o la farmacia, ahora lleva más de una semana sin pisar el pueblo.

"La eucaristía es el centro de nuestra via y gracias a las nuevas tecnologías podemos seguir celebrándola"

Hermana María del Carmen, del Monasterio de la Purísima Concepción

El virus cruzó la puerta

En otros monasterios siguen recibiendo a los sacerdotes, pero solo los domingos. “Antes venían cada día para la eucaristía. Nuestro día a día también ha cambiado porque hemos dejado de impartir cursos y ya no ofrecemos hospedería”, explica la hermana Coloma, de 62 años, miembro de la Clarisas del monasterio de Sant Benet de Montserrat, situado a escasos tres minutos en coche de la Abadía de Montserrat. Así, ya no solo salen poco, sino que tampoco reciben visitas del exterior más allá del cura para la eucaristía dominical.

Ceremonia en la capilla de Sant Benet de Montserrat / SANT BENET DE MONTSERRAT

El covid-19, no obstante, ha cruzado la puerta de este monasterio rodeado de naturaleza. Una de las hermanas estuvo aislada durante semanas en una de las habitaciones de su modesto hostal, ahora clausurado al público. Sus dos padres, que murieron debido al coronavirus en Olesa, le contagiaron. “Hablábamos con ella por videoconferencia para evitar más infecciones. Fue muy duro, un auténtico drama, porque ni ella se pudo despedir de sus padres ni nosotras podíamos estar a su lado para abrazarla”, asegura Coloma, que también utiliza aplicaciones Skype para hablar con sus familiares. “Hace poco nacieron dos sobrinas -añade- y no he podido ir a verlas”.

Una de las monjas de Sant Benet de Montserrat vive apartada del resto de la comunidad porque tiene el covid-19

Coloma, desde los 22 años en la congregación, recomienda aprovechar estos días de confinamiento forzoso para “estar más cerca de uno mismo”, que luego la vida moderna no da tregua y no nos escuchamos. “Esta crisis debe ser una oportunidad para desconectar y replantearnos cómo vivimos, darle un sentido”, añade. Tampoco es tan duro, asegura la religiosa, que pasó sus 13 primeros años como monja en una clausura prácticamente total. Solo se apiada de los urbanitas que viven en pisos pequeños:  “Eso debe ser horroroso. Conozco a una chica que vive en uno de 90 metros cuadrados con cinco criaturas y entiendo que sea insoportable. Nosotras tenemos mucho terreno y eso nos da oxígeno”.

Consejos para evitar el aburrimiento

Las monjas del Monasterio de Jesús Divino Obrero y San José Oriol de Terrassa, en Barcelona, también tienen espacio para caminar. Ellas no salen fuera, sino que dan vueltas y vueltas por el claustro cuando no están leyendo, rezando o trabajando. “Como ahora tenemos menos visitas por el confinamiento general podemos rezar más, pero también procuramos llamar a las personas mayores que conocemos y sabemos que están solas. Pensamos mucho en estas personas”, asegura la hermana Anna Maria, de 73 años, encargada del teléfono y de la recepción de este monasterio de las Carmelitas Descalzas. 

Anna Maria podría estar horas y horas leyendo libros de teología y sobre espiritualidad, pero alterna la lectura con otras actividades. Es su truco para no aburrirse nunca. “Recomendaría a la gente que piensa que no aguanta todo el día en casa que se organice bien el tiempo, que se marque unas pautas y tareas. Pero sobre todo que haga varias cosas, pero no demasiado rato, para no cansarse”, explica la religiosa. 

"Recomendaría a la gente que haga varias cosas, pero no demasiado rato, para no cansarse"

Hermana Anna Maria, del monasterio Jesús Divino Obrero y San José Oriol

Sin dulces

Te puede interesar

En el convento de Santa Clara de la Columna, Córdoba, también han echado el cerrojo. Apenas salen a la calle, y tampoco siguen demasiado la noticias. “Aquí normalmente solo vemos el telediario el sábado, y el resto de la semana nos informamos un poco a través de las redes sociales. Ahora mismo hay tanta información sobre el coronavirus que puede llegar a desconcertar”, explica la hermana Eugenia, de 41 años, que aconseja tomarse esta crisis sanitaria con mucha calma y apoyarse en las buenas noticias, que también las hay. 

Eugenia lleva media vida de clausura. Entró a los 21 años. “En mi primera visita me fascinó cómo podían ser tan felices detrás de las rejas, cómo vivían con tan poco”, rememora la hermana, una de las más jóvenes y la chófer oficial. “Soy de las que más salgo porque tengo carnet de conducir, pero salimos muy poco, y ahora nada. Estamos aprovechando que no tenemos trabajo para hacer cosas que normalmente no podemos, como hacer limpieza a fondo”, cuenta en referencia a la elaboración de unos dulces que últimamente han regalado para que no se echen a perder. Su especialidad son los ‘repelaos’, a base de almendra, huevo y azúcar. Desde que se declaró el estado de alarma no venden. Y claro, tampoco producen. Estos días rezan, hasta siete veces al día, entre otras muchas cosas para que la pandemia acabe cuanto antes.