30 mar 2020

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BARCELONEANDO

Los guardianes del pis público

Xavi y Óscar se encargan del cuidado diario de los dos urinarios comunitarios más usados de Barcelona

Han visto de todo y no entienden que los usuarios "gasten papel higiénico como si no hubiera un mañana"

Carlos Márquez Daniel

Xavi, pasando revista a los baños públicos que custodia en la plaza del Teatre, en plena Rambla de Barcelona. 

Xavi, pasando revista a los baños públicos que custodia en la plaza del Teatre, en plena Rambla de Barcelona.  / SERGI CONESA

Suele decirse que para desmitificar a una persona tienes que imaginártela con los pantalones o la falda por los tobillos, sentada en el inodoro, con la carótida al borde del colapso y los dientes apretados como japoneses en el metro matinal. Piensen en Isabel II... Funciona, ¿verdad? Hacer pis y caca, en cualquiera de sus formatos, es la cosa más natural y a la vez más animal de nuestras vidas. También es imprevisible. De ahí que las ciudades, pensando en la inmediatez, las prisas, la necesidad, la comodidad, la hospitalidad y la urgencia, tuvieran a bien instalar baños públicos en la calle. Óscar y Xavier son los responsables del cuidado de los lavabos comunitarios más usados de Barcelona, sitos en las plazas del Teatre y de los Àngels, en Ciutat Vella. Han visto de todo, pero esta crónica, por si les pillara comiendo, les evitará los detalles más escatológicos

Los baños de mujeres de la plaza de los Àngels / SERGI CONESA

Este no es el trabajo de sus vidas y no pierden anillos por admitirlo. Pero ello no les quita un gramo de profesionalidad en una tarea, sostienen, "que cada día te tiene reservada alguna sorpresa". Su relato, en el que a menudo encogen los hombros en ademán de resignada resiliencia, también permite comprobar el escaso respeto que se tiene por lo colectivo. Lo que es de todos pero no es de nadie. Esa manía de ser pulcros en casa y auténticos jabalís en la calle, lo que incluye, a menudo, faltarles al respeto. "Nos dicen que nos callemos, que solo somos porteros. Pero yo tengo muy mala leche y les dejo claro que aquí mando yo y que mi trabajo es que todo esté en su sitio", replica Xavi. Los más educados son los turistas (hasta cierta hora..), que incluso se ofrecen a pagar. "Free, free", repiten ellos. Según cifras municipales, estos dos urinarios registran cada año 200.000 usos cada uno, unos 550 diarios. Con su peto amarillo y desde un pequeño recibidor acristalado, Xavier y Óscar saludan a los visitantes, señalizan en función del sexo si intuyen despiste y actúan en caso de que se produzcan incidencias. No es por estigmatizar, pero el distrito más canalla de la ciudad, si de algo va sobrado, es precisamente de sucesos peculiares. 

Clientes fijos

Óscar ha trabajado siempre en la hostelería pero ahora lleva tres años al mando de estos baños callejeros. Cuenta que se ha encariñado de algunos clientes habituales que vienen cinco o seis veces al día, sobre todo personas sin hogar que usan el equipamiento como si fuera su casa. Y de algún modo, lo es durante un rato. Algunos llegan incluso a asearse de arriba abajo, y aunque está prohibido, lo permiten porque no tiene cuerpo para negarles una mínima higiene. No comulga tanto con los patinadores que a diario martillean el perímetro del Macba y que entran en el lugar como si esto fuera un banco de cemento más. Otros, en bici, pedalean casi hasta el retrete. Luego están los que se acercan al cristal para comprar entradas para el museo. Y no, no es aquí. 

Ha tenido que soportar puñetazos en el cristal y algún que otro "te espero en la calle", pero nunca ha sido necesario llegar a las manos. Si hay pelea fuera, que es algo que no pasa todos los días pero tampoco de uvas a peras, cierra la puerta con llave y a esperar a que amaine. Y si hay jeringuillas usadas por los toxicómanos -un puñado a la semana-, guantes, pinzas y al pote que los servicios sanitarios pasan a buscar cuando está a rebosar. Xavi ha tenido que llamar ya tres veces a una ambulancia para que venga a atender a drogadictos inconscientes. "La noche es especialmente dura y la del sábado es la peor con diferencia, con peleas, gente meando en las papeleras, tráfico de drogas". Mucho que atender, pero también tienen tiempo para observar: ambos coinciden en que todo el mundo "consume papel higiénico como si no hubiera un mañana". Cada rollo mide, por cierto, 207 metros. Y sobre lavarse las manos, mucho más ellas que ellos. 

Óscar (derecha), en el baño público de la plaza de los Àngels / sergi conesa

El cometido de estos dos hombres recuerda al del tipo que en las escuelas se encarga de los patios y los pasillos. Ese que pilla a los adolescentes fumando, ese que deja que creas que le has dado esquinazo. "Cuando salen -relata Óscar- les digo que está prohibido fumar. Lo niegan... Entonces les cuento que tenemos cámaras y que he visto el humo salir por la puerta. Pasa lo mismo con los grafiteros. Al salir les entrego el quitamanchas y el trapo".

Luego están los que se mean en Barcelona. Pero ojo: según datos facilitados por la Guardia Urbana, el año pasado se impusieron 4.125 multas por orinar o defecar en la calle. Las sanciones van de los 300 euros (el clásico pis en la esquina sin luz) a los 1.500 euros por infracciones graves. En el 2019 se registraron 11 de esas. Mejor no preguntar detalles.