CRISIS DEL GÒTIC

Premio al mejor acoso inmobiliario

'City for sale', un retrato sobre la inhumanidad de la gentrificación, aspira este domingo al Gaudí al mejor documental sin que el sinvivir de sus protagonistas encuentre consuelo

Joan y Montse, en su casa, donde residen desde 1957.

Joan y Montse, en su casa, donde residen desde 1957. / JOAN CORTADELLAS

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Cronología. En el año 2016, la cineasta Laura Álvarez contacta por primera vez con Montse y Joan, matrimonio que reside en la calle del Pi de Barcelona. Ella prepara un documental sobre la gentrificación galopante que aqueja a la ciudad. La pareja sufre lo que parece un acoso inmobiliario de tomo y lomo. Desde entonces, Álvarez ha rodado la película, ha culminado con éxito un micromecenazgo para financiar la posproducción, la ha exhibido en diversos festivales de Europa y América -también en el DocsBarcelona-, la cinta se ha proyectado en salas de la ciudad, la ha emitido en TV-3 y, como clímax final, este domingo por la noche puede tocar el cielo. ‘City for sale’ está nominada en la categoría de mejor documental de los Premis Gaudí. En esos cuatro años, el sinvivir de Montse y Joan no ha encontrado remedio. Solo buenas palabras. O sea, nada. Ha ido a peor. Ahora sufren la presencia de ratas.

Del catálogo de formas que adquiere el acoso inmobiliario, Montse y Joan los conocen casi todos. Ahora, ratas

La proyección de este retrato de la inhumanidad del rentismo barcelonés nunca deja indiferente. En ‘City for sale’, la narración corre a cargo de los propios afectados. Son varios vecinos de la almendra central de la ciudad los que explican los sinsabores de vivir  ahí. El caso más inaudito es, sin duda, el de Jordi Papell: su piso y su vida cotidiana han sido literalmente engullidos por la construcción de un hotel. A su hogar se accede ahora a través de una planta más de ese establecimiento de la Via Laietana. Es sorprendente, sí, pero no empequeñece el acoso sufrido por Montse y Joan.

Cuando Álvarez pasó varias jornadas de rodaje con ellos, las perrerías que habían sufrido para que renunciaran al alquiler de renta antigua que les ampara ya eran notables. No fueron solo las goteras sin reparar, vamos, el abecé del acoso, ni que los retretes rebosaran en alguna ocasión aguas fecales. Cuando la cerradura de la calle se quedó sin reparar, el vestíbulo se reconvirtió en un improvisado lupanar en el que las prostitutas de calle atendían a sus clientes. Peor fue aún cuando una empresa estuvo a un tris de fumigar la finca sin ser advertida antes de que en uno de los pisos había vecinos: Montse, Joan y el resto de la familia.

Mano negra

Que lo suyo es un caso de acoso inmobiliario no lo dicen solo ellos. En mayo del 2019, el Ayuntamiento de Barcelona denunció este caso ante la fiscalía. Era la segunda ocasión en que el equipo de gobierno iniciaba un proceso judicial por acoso inmobiliario y quiso presumir de ello. Entonces, vista la predisposición de los cargos públicos a para los pies a la propiedad, la pareja explicó entre bambalinas su gran sospecha: que en el distrito alguien movía los hilos para que las obras que un funcionario declaraba ilegales, otro las permitiera a continuación. Pusieron nombre y apellidos a su sospecha. Hoy por hoy, no ha habido respuesta ni oficial ni oficiosa a tan gruesa acusación.

En mayo del 2019, el ayuntamiento llevó este caso a la fiscalía. Todo, no obstante, continúa igual o peor

De todo el catálogo de inclemencias que una víctima de acoso  inmobiliario puede llegar a padecer, este matrimonio conoce en persona sus más inesperadas formas. Por ejemplo (y eso no aparece en el documental, porque ya andaba por los festivales), los dueños les denunciaron por alquilar una habitación a estudiantes. No ahorraron en gastos al explorar esta vía. Pusieron cámaras en la escalera. Sin avisar. El chasco vino al final, pues el contrato de arrendamiento de 1957 especifica muy claramente que puede alquilar una habitación a terceros si así lo desean. No se lo habían leído.

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La última llamada de socorro de Montse y Joan es porque en las últimas obras llevadas a cabo por la propiedad, que pretende poner algún día en alquiler el resto de pisos, se ha abierto una inquietante vía de acceso al subsuelo de la ciudad, con lo que eso comporta. Las ratas suben y bajan a su antojo por la finca. Son huidizas. A veces se dejan ver. Su rastro, excrementos asquerosamente fáciles de identificar, delata a toda hora su presencia.

Laura Álvarez puede ganar un premio en la 12ª edición de los Premis Gaudí que concede la Acadèmia del Cinema Català. Compite contra otros tres buenos documentales. El premio al mejor acoso no está tan disputado.