02 jul 2020

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BARCELONEANDO

La Colmena, en Santa Coloma de Gramenet: el primer teatro sin móviles

La pequeña sala lucha con éxito contra el uso del teléfono durante las funciones invitando a los espectadores a guardar sus aparatos en bolsas imantadas que solo pueden abrir al acabar la función

Mauricio Bernal

Andreu Banús, en la sala La Colmena, sujeta una de las bolsas para guardar el móvil.

Andreu Banús, en la sala La Colmena, sujeta una de las bolsas para guardar el móvil. / MAITE CRUZ

El momento incómodo en que alguien que desconoce el respeto consulta su teléfono en plena representación teatral: porque puede, porque no hay una ley que se lo impida, porque las fuerzas del decoro no operan sobre su privilegiada humanidad. Abundan –porque no es una práctica extendida, pero tampoco marginal– los artículos de prensa que recogen los episodios enojosos a que han dado lugar estos especímenes, como el día en que Josep Maria Pou, en el Teatro Calderón de Valladolid, interrumpió la función de 'A cielo abierto' tras el doceavo timbrazo de un móvil, o cuando Charo López hizo lo propio en Barcelona al oír el irritante ring durante la representación de 'Tengamos el sexo en paz'. La actriz salmantina fue más allá y le espetó al maleducado: "Si es para mí, dígale que estoy trabajando y no me puedo poner". "¿Están los teléfonos móviles destruyendo el teatro?", se preguntaba un reciente titular de 'The Telegraph': porque la mala práctica no es exclusiva de España. Ocurre en todas partes.

La única noticia que había hasta ahora de medidas contra los maleducados llegaban desde China, donde hay inhibidores en los teatros y a la gente que saca el móvil se la apunta con un láser

El artículo del diario británico se refería no solo a los irritantes timbrazos sino a los igualmente irritantes haces de luz, que ostentan igual poder de perturbación. En realidad, dado que la gente ya no llama, el problema son las luces. Todos los actores de teatro han sufrido y han tenido que sobreponerse a esta nueva peste, conocidos y menos conocidos, en salas grandes y en salas pequeñas, y la única noticia que había hasta ahora de medidas decididas contra los maleducados llegaban desde un lugar remoto: China, donde no se andan con chiquitas. Allí no solo han instalado inhibidores de frecuencia –algo que actores como Pou ven razonable–, sino que en algunos teatros los acomodadores van armados con aparatos láser que señalan con su luz roja a los recalcitrantes. Parece que funciona. Los chinos aún tienen vergüenza, y ser señalados en público les sienta mal. En Occidente, en cambio, nadie había hallado una solución. Nadie hasta ahora, pero quizá alguna vez se hable de la pequeña sala La Colmena como el lugar donde empezó todo. El lugar donde la batalla se empezó a ganar. Quién sabe.

"No imponemos nada"

La pequeña sala de teatro de Santa Coloma de Gramenet, de 60 butacas, gestionada por una cooperativa centenaria que en el 2018 fue galardonada con la Creu de Sant Jordi, ha puesto en marcha su propia estrategia. Es sencilla. Han mandado confeccionar 60 bolsas de tela que entregan a los espectadores para que guarden en el interior sus móviles mientras dura la función. El cierre es imantado, y una vez cerrada no pueden volverla a abrir, hasta el final del espectáculo. "Hablamos con el público al empezar la función –explica Andreu Banús, uno de los directores de La Colmena– y les explicamos que ya que somos poquitos vamos a intentar la experiencia de ver la función sin el móvil. Se invita a todos a apagar el móvil, a ponerlo en la bolsita y a cerrarla. El cierre es con imán y solo se puede abrir con desimantador. Eso sí, no imponemos nada. Cada quien es libre de hacer lo que quiera".

En el teatro se plantean recopilar las anécdotas a que ha dado lugar la iniciativa para divulgarlas de alguna manera aún por decidir

Parece que la medida funciona. Salvo un porcentaje reducido de gente que miente bellacamente y luego resulta que ni han apagado el teléfono ni han cerrado la bolsa ni nada de nada ("desde el escenario se ve todo", dice Banús), la mayoría se pliegan, y hasta se pliegan comprensivamente. Por otra parte, un experimento así solo puede desnudar el grado de dependencia de algunos, no tan distante de la mera esclavitud, y se han visto casos de espectadores que hace meses que no apagan el móvil y no tienen idea de cómo hacerlo, y de otros que han olvidado el pin y a pesar de su buena voluntad no pueden. O eso dicen. También ha ocurrido lo contrario: gente que al acabar la función pasa de largo por la sección de desimantación y tienen que ser interpelados por los empleados: "¡Oye!" En la sala están considerando la posibilidad de hacer un recopilatorio de anécdotas para compartirlas de alguna manera que aún está por decidir.

"La luz es muy molesta"

"No somos antitecnológicos, ni contrarios a los móviles –dice Banús–, pero somos actores de profesión, sabemos los conflictos que hay en el teatro y percibimos que una de las principales preocupaciones es esa, que la gente consulta el móvil durante las funciones. Ya no es la alarma del reloj ni que la gente hable. Son las pantallas que se encienden. La gente ya no es capaz de estar una hora y media sin consultar el teléfono". Naturalmente, siempre habrá quien piense que los actores son una gente exagerada, y que una pequeña luz… ¿De verdad una pequeña luz molesta tanto? "Es muy molesto, la luz es muy molesta porque desconcentra mucho. Los inputs visuales son algo que descontrola mucho. Desconcentran al actor. Y la gente no lo percibe, ni lo piensa. Las luces ahora realmente son un problema". Pou explicó en su día que la consecuencia es un espectáculo menos bueno que el que se podría sacar adelante sin las luces distractoras.

"Nuestra ambición es que se contagie un poco", dice Andreu Banús, uno de los directores de la sala

En La Colmena, que si no es la primera en todo caso es pionera en poner remedio a este mal, quieren convertir la práctica de las bolsitas en rasgo de identidad. "Nuestra ambición es que se contagie un poco. Sabemos que igual no es extrapolable a salas grandes, pero en las salas pequeñas es factible". Para el inventario, el artículo de 'The Telegraph' señalaba que los que normalmente incurren en la grosería no son los jóvenes. Suelen ser los mayores.