18 feb 2020

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El señor Lobo de Barcelona se jubila

Tras las bullangas nocturnas del 'procés', la Via Laietana amanecía recompuesta, pues a ese tipo de misiones se dedicó durante 40 años Josep Carbonell

Carles Cols

Josep Carbonell, en la plaza de Sant Jaume.

Josep Carbonell, en la plaza de Sant Jaume. / FERRAN NADEU

Se ha jubilado el señor Lobo del Ayuntamiento de Barcelona, que si esto fuera la versión original de la película de Tarantino se llamaría mister Wolf y vestiría americana y pajarita, pero como es de Hostafrancs, se llama Josep Carbonell y un 15 de enero a las nueve de la mañana, día y hora de la cita para charlar con él, espera en mangas de camisa en una esquina de la calle de Béjar. De acuerdo,  el invierno ya no es lo que era, pero la manga es corta. “Hola, soy el señor Lobo y soluciono problemas”, decía Harvey Keitel en ‘Pulp Fiction’, y en la libretita de mano apuntaba la urgencia: “un cuerpo, sin cabeza…”.  “Llamad a Josep Carbonell”, han dicho durante casi 40 años en el Ayuntamiento de Barcelona. Estaba al frente de la llamada brigada del parche, nombre que se le queda pequeño cuando se repasa el historial de sus misiones. Entre las últimas, y no es de las más morrocotudas, conseguir que tras las noches de bullanga que desencadenó la sentencia del ‘procés’, la Via Laietana amaneciera cada día como si nada hubiera ocurrido. ‘Peccata minuta’ al lado del saber que atesora este hombre, que el día menos pensado nos sorprende con una guía sobre cómo desayunar como un Tarzán en Barcelona. Luego les cuento.

De los tres primeros teléfonos móviles que el ayuntamiento compró en 1986, uno era para Maragall. Otro, para Carbonell

Hubo un tiempo en que el cuerpo funcionarial de la ciudad era más original que el catálogo de los Madelman. Por ejemplo. En el año 2008 se jubiló Salvador Filella, encargado de las taxidermias municipales, dicho eso sin segundas lecturas. Era el responsable de que las fieras más notables del zoo lucieran hermosas tras su fallecimiento, pues parece que los colegios religiosos de la zona alta adquirían más reputación si en su aula de ciencias exhibían eternamente rampante un león o huidiza una gacela. Lo de Carbonell era otro género, no menor, solo distinto.

Entró a trabajar como mozo en el almacén municipal de obras con 15 años. Era 1970. La ciudad estaba por remendar. En realidad, siempre lo está. Aprendió rápidamente. Solo la generación que vio ganar a Massiel en Eurovisión lo puede recordar con claridad, pero las calzadas de Barcelona eran un paisaje lunar. Los coches, la mayoría minúsculos Seat, Simca o Renault, no rodaban, trotaban. Esa fue la primera escuela de Carbonell, el pavimento. Lo que vino después fue esa cruenta etapa de las Barcelona de las explosiones de gas. Se sucedieron varias en pocos años. Tremendas. Las compañías tuvieron que añadir olor al gas para que las fugas fueran detectadas. Le pusieron, claro, olor a gas, que en realidad es inodoro. Aquella etapa se solapó con otra peor, cuando ETA atentó de forma intermitente en la ciudad. Tras cada desgracia, por dolorosa que fuera, había que regresar veloz a la normalidad. Ahí estaba, de madrugada o a la hora que fuera, Carbonell con su libreta, como Harvey Keitel. Retirar coches quemados, reparar un semáforo, hormigonar un socavón… La función debe continuar, dirían en el teatro.

En ocasiones es mejor un detalle y no una exhaustiva explicación para centrar la cuestión. Ahí va un ejemplo. La primera vez que el Ayuntamiento de Barcelona compró teléfonos móviles (puede que fuera en 1986, si la memoria no le falla) encargó tres unidades. Tenían el tamaño y el peso de una caja de herramientas. Llena. Eran un trasto, pero eran mejores que el pitido del busca. Pasqual Maragall tenía uno. El tercero era el de Carbonell. Vamos, que hace 34 años ya era el señor Lobo.

Como Rutger Hauer, ha visto lo indecible, la túneles secretos y un socavón en el que cabría el parque móvil del primogénito del clan Pujol

No es fácil conocer en esta ciudad a alguien que haya transitado por la ciudad subterránea que se esconde bajo la estación de França. Aquí, el que firma esto, lo hizo a finales de los 80. Esta es la primera conversación desde entonces con alguien que también un día paseó, linterna en mano, por aquellos comedores, vestuarios y peluquerías que bajo la playa de vías se construyeron para los trabajadores de la estación.También conoce ese túnel olvidado que parte de la calle de Lleida y cruza por debajo la montaña de Montjuïc. Es la ventaja de ser el perejil de todas las salsas. Estuvo a dos palmos del hundimiento del Turó de la Peira. Viajó con el primer convoy de ayuda a Sarajevo. Ha visto socavones causados por escapes de agua que ni Rutger Hauer más allá de Orión. Delante de casa de Jordi Pujol, en Mitre, apareció uno tan grande en el que, según explica, cabían sin estorbarse dos autobuses o, según se mire, todo el parque móvil de deportivos de Junior, el más 'milhomes' del clan de los Pujoles.

Desayunos con tenedor

Cuarenta años darían para contar un sinfín de andanzas. Pero de todo el enciclopédico saber que atesora Carbonell sobre el manual de uso y empleo de esa gran máquina que es Barcelona, hay que encumbrar uno por encima de los demás. El señor Lobo del Ayuntamiento de Barcelona es una guía andante de lo que en la ciudad se conoce como los desayunos con tenedor. En el resto de Catalunya se les llama simplemente desayunos. ¿Quieren comer callos a las seis de la mañana? Llamen a Lobo. ¿Cap i pota? ¿Caracoles?  Can Ros, Can Vilaró, la Pubilla, el Gelida, Cal Boter, Los Hermanos, Bodega Aragall, el Rebost d’Hostafrancs… Algunos están cerca de los mercados municipales. Otros, lo que son las cosas, son vestigios de cuando en la ciudad había abrevaderos para los caballos, un lugar para parar y comer. Si Carbonell no se anima con lo de la guía, queda prometido un ‘barceloneando’ sobre esta cuestión.