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BARCELONEANDO

Taxi y VTC: guerra de despropósitos

Esta es la crónica de dos negocios enfrentados que son el reflejo de décadas de continuas patochadas

Carlos Márquez Daniel

Un taxi y un VTC, los dos identificados con matrícula azul, circulando juntos por Barcelona, el viernes.  

Un taxi y un VTC, los dos identificados con matrícula azul, circulando juntos por Barcelona, el viernes.   / JORGE GIL

La escena suele pasar inadvertida al gran público pero sucede muy a menudo. Un taxi y un vehículo VTC coinciden en un semáforo. El primero gira la cabeza hacia el coche negro, con una media sonrisa; desafiante, con un rencor que concentra casi cinco años de odio. El segundo se mantiene tieso, contando las décimas de segundo hasta el verde, consciente de que es otra la mano que mece la cuna porque él es un simple peón del tablero. Si sucede dentro de los límites del carril reservado al transporte público, la cosa puede incluso pasar a mayores, con bocinazos y alguna reprimenda verbal, porque los negros de la matrícula trasera azul tiene vetado el uso de este corredor presuntamente rápido. Mal rollo entre dos negocios condenados a convivir. Curiosamente, unos y otros esgrimen los mismos argumentos para defender su parcela: la necesidad de ganarse la vida. Pero con matices. Dicen que esta es una cuestión de modelo económico y productivo. Lo cierto es que es pura supervivencia en una ciudad que quiere ser sostenible cuando su nivel de vida es cada vez más insostenible.

El taxi es probablemente uno de los sectores en los que peor se han hecho las cosas en el último siglo. Porque hubo un momento en el que alguien pensó que sería una buena idea convertir una licencia metropolitana en un bien particular de lujo, en una credencial que podría quedar para los hijos o permitir una plácida jubilación (se cotizan a unos 120.000 euros) cuando en origen no era más que un permiso para desarrollar una actividad privada bajo el amparo de la cosa pública. Tiene lógica que aquel papel adquiriera tanto valor. Era entonces una ciudad sin apenas alternativa de transporte. Con metro, bus y, hasta los primeros 70, también tranvía. Nadie le tosía al único vehículo rápido y cómodo que cualquiera podía solicitar con un simple alzamiento de brazo. Pero se fue musculando el subterráneo, nació el Bicing, se creó el Aerobús, llegaron los patinetes y las bicis eléctricas. Y, sobre todo, nacieron las aplicaciones de alquiler de vehículos con conductor. El taxi pasó de chutar solo a puerta, casi sin portero, a tener que sortear una hercúlea defensa italiana.

Tres taxis y una VTC, en Universitat, el pasado viernes / JORDI GIL

En Aragó con Rambla de Catalunya, un taxi Skoda y un Fiat de Cabify comparten parrilla ante el rojo. La escena habitual. Nervios en ambos volantes, pero un poco más en el de negro. Ambos van vacíos. El taxi avanza un poco, lo mira de reojo, como esperando reconocerle. Arranca y se pone justo delante suyo para cortarle el paso y circular despacio. Las cosas se hicieron mal también dentro del taxi en el momento en el que empezaron a surgir asociaciones y sindicatos cuyo odio entre sí, sobre todo entre sus líderes, solo era comparable a una cena de Navidad conjunta entre diputados de VOX y de Podemos.

Gremio en barbecho

Esa atomización fue de hecho la razón esgrimida por los políticos de turno para no cambiar nada en el gremio. Tarifas y poco más, pero ni un solo atisbo de modernización que pudiera adelantarse, o incluso pisar la manguera, a cualquier intento de asalto que llegara de la mano de las nuevas tecnologías. Si el tipo que te sentaba con una linterna en tu butaca del cine ha desaparecido, ¿por qué no iban a caer también los taxistas? Antes de Uber ya se habló de compartir taxis, de una tarifa única hasta el aeropuerto, de la vestimenta obligatoria de los conductores, de la eliminación de suplementos. Pero siempre sucedía lo mismo: si no se ponen de acuerdo ni ustedes mismos, nosotros no vamos a hacer nada. Y como suele decirse ‘qui dia passa, any empeny’. Fueron años en los que apenas había inspectores, en los que abundaba el timo al turista, la paguita a los recepcionistas de hotel que luego se cargaba al forastero.

Algunos líderes del taxi se pasaron al otro lado y hoy ya son nuevos ricos gracias a la venta de licencias VTC

Súmenle unas plataformas de internet que suelen bailar en los límites de la legalidad y un Gobierno que a principios de esta década decidió ponerse a jugar con la ley que regula el transporte terrestre y abrió un agujero negro de un par de años en los que los listos de la casa compraron centenares de licencias de alquiler de vehículos con conductor a un precio ridículo, menos de 50 euros. Eso hacía volar por los aires la proporción de una VTC por cada 30 taxis, amén de crear nuevos ricos de la noche a la mañana, pues al cerrarse el grifo, en el mercado privado, las credenciales ascendieron a más de 50.000 la unidad. Muchos de aquellos avispados emprendedores eran taxistas. Algunos, como José María Goñi, incluso habían liderado organizaciones del sector como la Federació Catalana del Taxi. Entre el 2013 y el 2015 se solicitaron casi 3.000 credenciales de VTC a las que el Tribunal Supremo ha ido dando salida con cuentagotas. O sea, que a un sector ya de por sí crispado se le sumó una cierta ceguera administrativa.

Todo eso trajo al escenario un nuevo actor: Élite Taxi y su Tony Stark particular, Tito Álvarez, de los que se empezó a hablar en el 2014. El controvertido líder del taxi logró capitalizar el miedo con discursos repetitivos, épicos y bélicos que iban a la raíz del problema; lo dicho: la supervivencia. Con métodos del XIX y del XX para combatir desafíos del XXI, el gremio ha logrado por ahora doblegar la modernez. Amén de un Govern que ha optado por legislar a favor de los taxistas -respaldados por la alcaldesa Ada Colau- para evitar más problemas que los que ya de por sí genera el 'procés' y todas sus derivadas, ecuaciones, divisiones y multiplicaciones. Cabify resiste, pero Uber sigue sin encontrar la manera (la rentabilidad, vamos) de volver. Un año después de aquel decreto que convirtió Barcelona en la pequeña Galia europea del taxi contra las VTC, el sector cree que no se están cumpliendo las limitaciones impuestas. Por eso ahora vuelven a la carga, con el omnipresente Tito al frente. Si les salió bien entonces, ¿por qué no repetir la misma estrategia de presión en la calle?

En todo este cúmulo de despropósitos hay que encajar a una ciudadanía que año tras año teme la llegada del Mobile y sus consecuencias en forma de huelgas en el transporte público. Mientras se intenta salvar la situación en los despachos, el taxista y el chófer de la VTC se seguirán mirando mal en el semáforo. Pero si usted ha leído hasta aquí, quizás se dé cuenta de que ellos no tienen la culpa de todo.