25 oct 2020

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BARCELONEANDO

Pulsa la parada del bus y pide un deseo

Se multiplican por autobuses, metros, calles. Mensajes en pegatinas con 'hasgtag' analógico: #PalabrasPegadas. En papel y rotulador. Ya se han extendido por 57 ciudades de 16 países

Ana Sánchez

Una de las pegatinas callejeras que recoge la cuenta de Instagram @palabraspegadas

Una de las pegatinas callejeras que recoge la cuenta de Instagram @palabraspegadas

Ahí estás, en el bus, una mañana cualquiera: chequeando memes de Baby Yoda e intentando olvidar el nuevo villancico de Leticia Sabater. Hasta que vas a pulsar la parada y lees una pegatina escrita a mano: Pulsa el botón y pide un deseo.

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Se multiplican por autobuses, metros, calles. Mensajes en pegatinas que te levantan el ánimo más que diez tazas de Mr. Wonderful juntas. Disfrutar es un verbo que se conjuga bien contigo. Mira tu reflejo en el cristal de esta puerta y recuérdate lo bonito que sonríes. Arriba, venga, ponte de pie, lo que pasó ya no existe.

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Son frases con hashtag analógico: #PalabrasPegadas. “Contacto humano, a la vieja escuela”, define quien las pega. En papel y rotulador. Palabras de paso que te dan palmaditas en la espalda, quizá una colleja, puede que te agarren de la solapa. Al sentarte en el metro (Asiento reservado para soñar). Al beber de una fuente (Sed de ti). Por el barrio (La única heroína que debería haber en El Raval es mi madre). En una cabina (Al ver que no sonaba el teléfono supe de inmediato que eras tú).

¿Su objetivo? "Crear un efecto de microabrazo"

Las etiquetan por internet como #arteurbano#streetwords#caligrafiaurbana#accionpoetica. “Escribiendo palabras y pegándolas”, resume su biografía de Instagram. Hace año y medio que aparecieron en calles y redes. Hoy superan los 9.000 seguidores. Se han extendido por 57 ciudades en 16 países, lleva la cuenta quien ideó el hashtag. ¿Su objetivo? “La sonrisa –responde-. Alegrar. Acompañar, generar emoción. Crear un efecto de microabrazo”.

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Responde por escrito. Por mail, no con pegatinas. Se nota que escribe también sin pegar y que tiene en casa menos libros de los que querría. Se aferra al anonimato, dice. “Soy consciente de que lo que hago está considerado como vandalismo. Y tiene su multa”, se justifica. Pero eso es lo que le gusta de #PalabrasPegadas. “Que no tiene género, ni edad. No tiene nombre, ni egos. Quizás eso ayuda a que cada persona que las encuentra imagine a su gusto quién hay al otro lado. Cuando te acercas a algo y lo vives sin etiquetas, la interacción se convierte en algo íntimo, personal”.

Todo empezó entre trayectos de médico a médico por Barcelona. Verano del 2018. “Una época de serios problemas de salud que se alargaron en el tiempo –recuerda- y me llevaron a perder el trabajo y a estar al borde del abismo”. Un día, ordenando papeles, aparecieron unas pegatinas en blanco. “Las llené de palabras –relata-. Y las empecé a pegar en los trayectos que hacía para ir a las diferentes consultas sin imaginar que la gente despegaría sus narices de los móviles y las vería”.

19 caligrafías solo en Barcelona

Las vieron. Y se le unieron otras “caligrafías”, así las llama. Solo en Barcelona ha contado 19. Lleva el recuento de países y ciudades en un mapa. “No tenemos una relación, ni un ideario, ni somos un movimiento organizado. Simplemente son personas que han encontrado en el # un espacio donde comunicar (se)”. Es algo balsámico adictivo, confiesa.

“Cambié el acudir al psicólogo por escribir en las calles”, le da la razón una caligrafía de Getafe. “Es un acto con poder terapéutico”, asiente otra de Bérgamo. “Es una acción sin censura que acerca el arte, la música, las letras y los corazones de las personas”, añade la de Euskadi. “Esas palabras que te recuerdan lo que olvidaste”.

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La cuenta de Instagram acumula más de 6.000 pegatinas con hashtag. Publica las fotos que la gente encuentra, cuelga o le mandan. Suele añadir una docena al día. Siempre tiene cola de espera.

Hay pegatinas que no duran ni 24 horas de una pieza. Otras llevan viajando en bus desde el verano del 2018. Han aparecido en baños, ventanillas de avión, en las cataratas del Niágara. Sigue un “código ético no escrito”: “No pego en patrimonio artístico ni en monumentos”, promete. “Incluso hay conductores de bus y trabajadores de TMB que en privado me animan a que siga haciéndolo”.

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Se leen microtextos de impacto: CortázarBenedetti, una conversación de la pescadera de la Boqueria. Canciones que forman parte de la banda sonora de otra vida. Mensajes motivacionales que huyen del coelhismo. Frases leídas, oídas, alguna propia. Una de las más reposteadasAsientos reservados para gente que sonríe tan bonito como tú.

“Recuerdo un ‘María, casémonos’, una petición de matrimonio a través de una pegatina en el bus. O una persona que encontró un mensaje volviendo del funeral de su padre. ‘Señales’ -me dijo-. ‘Sé que es un mensaje tuyo y es tu letra, pero déjame que sienta que estas palabras se cruzan conmigo en el momento adecuado y me las manda mi padre’”.

Siente “vértigo”, confiesa. Muchas veces, “piel de gallina”. Hasta un instituto de la provincia de Sevilla ha usado #PalabrasPegadas como herramienta pedagógica, cuenta. “Es esperanzador ver que en los tiempos de los filtros y los móviles –apunta- algo tan sencillo como un papel y una caligrafía sigue provocando emociones en la gente”.